A 20 años de la paz, la conversación que nadie quiere tener

Alvaro Arzú, del gobierno, y Rolando Morán, de la insurgencia, en las ceremonias de la firma de la paz, en 1996. (Archivo: AFP)

Alvaro Arzú, del gobierno, y Rolando Morán, de la insurgencia, en las ceremonias de la firma de la paz, en 1996. (Archivo: AFP)

Hace 20 años, el 29 de diciembre de 1996, mientras en el Palacio Nacional se preparaban para firmar la paz, yo salí un momento de la redacción de Prensa Libre para reunirme con una fuente: un capitán de alta en la Dirección de Inteligencia.

No recuerdo qué me tocó escribir para la edición del día siguiente, pero recuerdo muy bien esa conversación.  ¿Era posible una auténtica reconciliación después de 36 años de matarse entre militares e insurgentes con tanta saña? ¿Había que voltear la página y ver hacia adelante, como argumentaba el oficial, para evitar venganzas entre ambos bandos? ¿O era acaso necesario realizar algunos juicios, como insistía yo, para no repetir los horrores del conflicto?

Hablamos con pasión, pero sin mala voluntad, y nos despedimos sin llegar a un consenso.

Total, el Congreso acababa de promulgar una ley gris, con incisos contradictorios para quedar bien con unos y otros, que no resolvía el problema de fondo pero que removía el último obstáculo para que ese día se pusiera fin a una guerra de 36 años, la más larga entonces en América Latina.

En ese momento no me pareció que aquella charla fuera premonitoria ni que encerrara un problema fundamental. Aquello era, según yo, un asunto polémico, pero de coyuntura; un trago amargo que había que dar pronto y seguir adelante. 

Los Acuerdos de Paz marcaban una ruta para transformar el país a largo plazo: eso era lo importante.

Había que lograr un crecimiento económico anual sostenido del 6%; proveer educación gratuita a todos los niños desde preprimaria hasta tercero básico; reducir la mortalidad materno infantil en 50% antes del año 2000; y terminar con la exclusión de la población indígena, por citar solo algunas de las ambiciones más notables.

Sabíamos que no sería fácil: que la sociedad no se había apropiado de los Acuerdos, que soldados y combatientes los habían visto siempre con recelo y que el sector empresarial estaba decididamente plantado en contra.

Todavía hoy, el doctor Armando de la Torre ataca los Acuerdos cada vez que puede y con la misma fogosidad; aún cuando 20 años más tarde sabemos que ni siquiera todos los signatarios estaban convencidos de llevarlos a la realidad.

No es de extrañar entonces que se hayan cumplido poco y a paso de tortuga.

Por ejemplo, sí se aumentó y reestructuró el presupuesto nacional, de tal forma que el gasto militar ya no devora hoy la mayoría de recursos. Pero el dinero se fue al barril sin fondo de la corrupción y los servicios siguen sin llegar a quienes los necesitan.

Logramos mejorar la cobertura de la educación primaria, que ronda ahora el 80%, pero con una calidad paupérrima. De la preprimaria y el ciclo básico, no hablemos: la cobertura de ambos está entre el 45 y el 49%, lejos de la universalidad que soñaron los negociadores de la paz.

Las tasas de mortalidad materna e infantil también se han reducido desde 1996, pero no al ritmo exigido por los Acuerdos. Las metas trazadas para el año 2000 las estamos arañando ahora, con 15 años de atraso.

A eso hay que añadir que la desnutrición crónica sigue prácticamente igual que en 1995: afecta al 50% de los niños menores de 5 años.

La reforma política que los Acuerdos señalaban respecto a los pueblos indígenas quedó en el limbo con el fracaso de las reformas constitucionales de 1999, quizá el golpe más certero al proceso.

Y luego, en 2012, el juicio por genocidio que condenó en primera instancia a 80 años de prisión al general Efraín Ríos Montt vino a poner la tapa al pomo, porque partió al país en dos y ha promovido la remilitarización.

Todos los esfuerzos realizados para acercar a quienes habían peleado en uno y otro bando, por construir puentes entre rivales ideológicos, se hicieron añicos.

Hoy, el país está más polarizado que en las últimas etapas de la guerra. Casi 30 años después de la caída del muro de Berlín, cuando parece inminente que los nuevos mejores amigos del mundo son Donald Trump y Vladimir Putin, muchas de las discusiones políticas entre guatemaltecos tienen el tono –y el vocabulario—de la Guerra Fría. ¡Tanta sangre derramada para regresar a 1960!

Por eso es que a menudo he vuelto a pensar en esa charla inconclusa que tuve con un capitán del Ejército --hoy coronel retirado-- en un café del Centro Histórico.

Quizá esa es la conversación que necesitamos tener con serenidad los guatemaltecos. No para repetir posiciones irreductibles o fingir falsos acuerdos, como el que hicimos ley, sino para negociar de verdad.

Al cabo de dos décadas, puedo decir que mi punto de vista cambió.

Sigo pensando, como entonces, que no podemos --ni debemos-- olvidar los horrores del conflicto armado: la memoria de los caídos y de las víctimas debe honrarse. 

En cambio, llegué a la conclusión que los guatemaltecos nos hicimos tanto daño en 36 años de guerra, que no podemos cobrarnos esas facturas en tribunales porque no terminaríamos nunca.

Eso sí, no se vale decir que “vamos a ver hacia delante” si lo hacemos como hasta ahora, si pretendemos que las condiciones que hicieron posible la guerra se van a remediar solitas, por arte de magia; si no entendemos que hay problemas, como la desnutrición crónica, que hay que erradicar, pero ya.

Hoy, a 20 años de la firma de la paz, yo convengo en decir que está bien, que pasemos la página; pero eso sí, resolvamos los problemas de pobreza y exclusión que tienen al país paralizado.

Caminamos irremediablemente hacia la violencia, hacia la ruptura institucional e incluso del territorio si seguimos negándonos como mulas ariscas a dar soluciones políticas y administrativas a esos temas.

Pasemos la página, sí, pero en los asuntos de la guerra nada más. Eso de pedir impunidad para los casos de corrupción, es el colmo del cinismo. ¡Olvídenlo! 

En los últimos 20 años hemos gozado de mayores libertades políticas, pero estas no sirven de mucho si somos incapaces de crear partidos políticos reales, si los gobernantes siguen saqueando al país, si nos empecinamos en que la ley sea una ficción hecha a la medida de los poderosos de turno y si el único camino que le dejamos a nuestros hijos para aspirar a la prosperidad y la paz, es el que los lleva lejos de aquí.

*Las opiniones publicadas en las columnas son responsabilidad de su autor, no de Soy502

29 de diciembre de 2016, 10:12

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