Ali, el magnífico

El más grande murió hace pocos días. Muhammad Ali, el que "flotaba como mariposa y picaba como abeja”. El mejor boxeador de la historia. El dueño indiscutible de las peleas del siglo. ¿La Mayweather-Pacquiao del año 2015? Un chasco, comparado con lo que representó el combate Ali-Frazier del lunes 8 de marzo de 1971 en un Madison Square Garden repleto. Era tanto el atractivo del combate que Frank Sinatra se quedó sin entrada, así que se empleó como fotógrafo para la revista Life. Smokin’ Joe salió avante en 15 rounds, por decisión unánime. Ali empezó a desfallecer en el décimo primer asalto. Era, sin embargo, su primer enfrentamiento importante después de haber colocado a sus convicciones en primer lugar y al deporte en segundo plano.

Ali fue mucho más grande fuera del ring que dentro de él. Cuatro años antes de “La Pelea”, como fue bautizado el combate con Frazier, era el campeón indiscutido de los pesos pesados. Y un bravucón  articulado: tan rápido con los puños como para dar respuestas mordaces, inteligentes y demoledoras. Entonces, la Guerra de Vietnam se interpuso en su camino. Tenía 26 años. Su palmarés incluía el oro olímpico en Roma, así como triunfos sobre Sonny Liston y Floyd Patterson, entre otros. Tenía frente a él una brillante carrera, con millones de dólares asegurados. Pero se negó en redondo a ser reclutado para ir a combatir al sudeste asiático. “No tengo nada contra el Vietcong” dijo. “Ninguno de ellos me ha llamado nigger”.

Por esa negativa, en 1967, el Estado de Nueva York decidió quitarle la licencia para la práctica del boxeo. Un Gran Jurado Federal lo declaró culpable de deserción y fue condenado tanto a cinco años de cárcel como a pagar una multa de 10 mil dólares. La mitad de estadounidenses lo consideró un héroe. La otra mitad, un traidor. En 1971, después de “La Pelea”, la Corte Suprema de Justicia, en forma unánime, revirtió la condena.

Regresó, de nuevo, tres años después. El escenario: Zaire (hoy, República Democrática del Congo). El rival: George Foreman. La pelea, “The Rumble in the Jungle”, es narrada de manera brillante en “When we were kings”  (Cuándo éramos reyes), ganadora del Oscar al mejor documental en 1997. En éste se muestra la importancia que Ali tenía para Africa. Regresaba, dijo, a sus raíces. Diez años antes se había quitado “su nombre de esclavo” (Cassius Clay) y se había convertido al Islam.

Ali ofendía. Sus reivindicaciones raciales, polémicas y abrasivas no le caían bien a muchos. Décadas después confesó que se arrepentía de algunas. “El hombre que opina del mundo a los 50 años de la misma manera que a los 20 ha perdido 30 años de su vida", dijo en una ocasión. Así que sus posturas se moderaron. Aunque no del todo. Cuando Donald Trump empezó su cruzada contra la inmigración y el Islam, una de las más lúcidas respuestas fue la que Ali publicó en su página de Facebook este año.  Finalizaba así: “Lo único que han hecho los candidatos presidenciales que han propuesto negar la entrada de musulmanes a Estados Unidos es obstaculizar el camino de muchos que quieren aprender acerca de lo que realmente se trata el Islam”. Un verdadero KO verbal.

La palabra ícono le quedó corta a Ali. Marcó a generaciones que jamás lo vieron sobre un cuadrilátero.  Fue un rebelde. Un luchador. Un fuera de serie. Dicen que cuando muere un grande, nace una estrella. ¿Qué pasa cuando muere el autoproclamado “más grande” de todos? Surge una constelación. 

07 de junio de 2016, 13:06

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