Armarios vacíos

Para Louisa Reynolds, descubrirse y aceptarse fue un duro proceso. (Foto: Christine Kane.com/How to be free)

Para Louisa Reynolds, descubrirse y aceptarse fue un duro proceso. (Foto: Christine Kane.com/How to be free)

Estaba parqueándome cuando sonó el teléfono. Era mi exnovio. Nos habíamos separado después de ocho maravillosos años de convivencia en los que fue mi mejor amigo, mi compañero de vida, mi confidente.

Quedamos como amigos, amigos de verdad, de esos que se cuentan todo, no de esos que dicen “seamos amigos” y pasan años sin hablarse.

Yo le había dicho que había un camino que yo tenía que recorrer y que eso solo podía hacerlo sola. Durante mucho tiempo, él pensó, erróneamente, que lo había dejado por otro. 

“Sé lo que estás pensando, pero te juro que en mi vida no hay otro hombre”, le dije, anticipando la pregunta.

“Lo sé… No quieres estar con otro hombre”, fue su inesperada respuesta. Esta vez, su tono de voz no era apremiante sino sosegado. “Quieres estar con otra mujer, ¿cierto?” 

Guardé silencio. Luego le pregunté cómo lo sabía y me contestó que fue atando cabos, y que por fin había entendido mis impulsos autodestructivos, la cólera que a veces sentía en contra de mí misma y por qué a veces llegué a decir que daría cualquier cosa por ser igual que todo el mundo. 

Esa conversación me dejó con sentimientos encontrados. Pocas veces me había sentido tan expuesta y vulnerable, como si me hubieran arrancado la ropa y me hubieran dejado desnuda a media calle. Me ensimismé y en la siguiente llamada fui hosca y cortante. 

Después sentí alivio, como si me hubiera quitado un peso de encima, porque ya no había nada que esconder.

Los meses siguientes fueron una vorágine: momentos de depresión profunda, relaciones tormentosas con mujeres, con hombres, con ambos a la vez. Sentía miedo, como si estuviera caminando sobre arenas movedizas.

En mis días más oscuros pensé en asistir a una de esas terapias que ofrecen algunas sectas cristianas que prometen “rehabilitarte”, algo tan absurdo como obligar al zurdo a ser diestro. 

Hasta que un día, después de tanto luchar contra mí misma, me miré al espejo y por primera vez en mucho tiempo me sentí cómoda en mi propia piel. Soy lo que las tribus norteamericanas llamaban “una persona de dos espíritus”: hay una parte de mi ser que puede amar a un hombre y otra que puede amar a una mujer.

Esa calma que finalmente llegó después de la tormenta fue la certeza de saber que al final de mi vida podré decir, como dijo Frida Kahlo, que he sido “auténtica” y que he logrado ser “lo más parecida a mí misma que he podido”.

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06 de julio de 2017, 05:07

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