La caída de Dilma y la urgencia de crear una opción distinta

Dilma Rouseff ha sido cercada por otros políticos, también señalados de corrupción. (Foto: EFE)

Dilma Rouseff ha sido cercada por otros políticos, también señalados de corrupción. (Foto: EFE)

En abril de 2015 había pocos en Guatemala que pudiesen afirmar que el Gobierno del Patriota caería. En abril de 2016, hay pocos en Brasil que puedan afirmar que el Gobierno de Dilma no caerá.

En principio, relevar del poder a un gobernante bajo cargos de corrupción a partir de medidas constitucionales, suena como a una gesta ciudadana o cuando menos republicana. En Brasil nada podría ser más lejano a una apreciación similar, y para ello hay que saber quiénes están detrás del golpe disfrazado de "impeachment". Pero antes hay que saber por qué Dilma.

En el cálculo político de Lula y de la gama más progresista del Partido de los Trabajadores, no había mejor opción que Dilma Rousseff: tenía la experiencia, el recorrido y el carácter. Pero en una sociedad machista, como todas las latinoamericanas, el de Dilma podría haber sido mucho carácter.

El Partido de los Trabajadores no logró nada sólo, sino mediante una serie de alianzas cuidadosamente generadas a partir del coraje y la experiencia de Lula, pero también de guardar bajo el tapete continuas y sonoras sospechas de corrupción de miembros y aliados.

Mientras Lula se caracterizaba por negociar y pactar, a Dilma se le percibe como una mujer fría y directa, que más bien trazó una línea divisoria con muchos políticos. Esas formas le ganaron una especie de guerra fría con el Legislativo. Hoy, ese conflito es tan agudo que la propia alianza que permitió la reelección en 2014 se ha esfumado en la Cámara Baja, y todos señalan a Dilma como la responsable. A Dilma no se le ha logrado demostrar vinculación con el sonado caso de corrupción en la estatal Petrobras, y la causa del juicio político no es uno que se vincule con la corrupción. La clase política brasileña va por la cabeza de Dilma para tener al chivo expiatorio perfecto de un sistema que se resiste a morir.

La cara más visible de la batalla contra Dilma es Eduardo Cunha, Presidente de la Cámara de Diputados, a quien la Corte Suprema de Brasil sí investiga por delitos de corrupción y lavado de dinero vinculados al caso de Petrobras. En Guatemala conocemos las caras del cinismo, y recordamos cuando la misma Roxana Baldetti tenía a su cargo el control administrativo de los procesos por extinción de dominio; o cuando Pérez Molina y los ex SAT salían a defender la baja recaudación y la atribuían sólo al contrabando; o cuando la misma Baldetti habló de una cruzada contra la corrupción. Cunha es eso mismo en Brasil.

Pero el golpe tiene otras caras obscuras, como es el caso de Jair Bolsonaro, un diputado de Río, tristemente célebre en Brasil por acostumbrar utilizar frases racistas y machistas como amenaza contra políticos y funcionarios. En diciembre de 2014 expresó de María do Rosario Nunes, exministra de Derechos Humanos y legisladora que “jamás la violaría porque es muy fea”. Pues el congresista Bolsonaro dedicó su voto, a favor del "impeachment", al coronel Carlos Alberto Brilhante Ustra, torturador (y abusador) de Dilma Rousseff en sus años de detención durante la dictadura de Brasil. Es sabido que durante la dictadura Dilma fue detenida y abusada físicamente en reiteradas ocasiones, por lo que llegó a perder gran cantidad de sus dientes a causa de las torturas.

Pues con héroes así, el supuesto "impeachment" no suena como a un triunfo de la democracia, y no lo suena porque no lo es. Muchos brasileños, incluso algunos que se oponen al golpe, consideran que Dilma le ha fallado a Brasil y antes que su Presidenta el Partido de los Trabajadores (PT) también lo hizo. El Partido les falló por no ser enérgico en la depuración de sus propios corruptos, por acoger alianzas a cambio de votos que permitieran la continuidad, aún cuando fueran alianzas sucias.

Pero la caída del PT y de Dilma, temen, vendrá acompañada de corruptos comprobados a cargos para los que no fueron votados. No para luchar contra la corrupción sino para hacer que ese sistema que se tambalea no caiga. Para que la piñata del Estado no deje de ser piñata y para que la cabeza del Ejecutivo no sea una mujer terca que se niega a aceptar sus términos.

Para las juventudes brasileñas la urgencia es la organización para que no existe una sola opción política que no traiga tras de sí a un río de corruptos; una urgencia que no se verá reflejada en el corto plazo. Muy similar a la Guatemala que vio caer al Partido Patriota y que ahora acaba de celebrar un año del #25A.

06 de mayo de 2016, 08:05

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