César Barrientos, entre las presiones y el chantaje

El magistrado César Barrientos en el Congreso de la República. (Foto: Esteban Biba/Soy502).

El magistrado César Barrientos en el Congreso de la República. (Foto: Esteban Biba/Soy502).

El suicidio es un tema que me toca de cerca. En mi familia ha habido y no sólo uno, ¡varios!. El domingo, cuando se difundió la noticia de la tragedia acaecida en torno al magistrado César Barrientos, la tristeza me saltó a la yugular. Demasiado sé de cómo vive una familia esos momentos cuando la incredulidad, el horror, la culpa -y a veces también la rabia-- nublan el entendimiento.

Amigos cercanos, que pudieron trasladarse a Mazatenango de inmediato para acompañar a los deudos de Barrientos, me decían, impresionados: "Los hijos están en shock. Mudos, como idos". El sepelio, según describieron los compañeros de labores del magistrado, fue multitudinario y las muestras de aprecio, desbordantes. 

La población de San Francisco Zapotitlán se volcó a honrar la memoria del magistrado César Barrientos. Ni las altas autoridades del Ejecutivo y la Corte de Constitucionalidad asistieron al entierro. (Foto: Nuestro Diario).
La población de San Francisco Zapotitlán se volcó a honrar la memoria del magistrado César Barrientos. Ni las altas autoridades del Ejecutivo y la Corte de Constitucionalidad asistieron al entierro. (Foto: Nuestro Diario).

A veces, cuando estas desgracias mayúsculas se vuelven noticia, intuimos apenas el dolor de las víctimas porque la imaginación no alcanza para dimensionarlo. En el caso de la familia del magistrado, me conduelo con ellos y les extiendo mi solidaridad: nadie debería pasar por semejante pena. 

En los medios de comunicación, el suicidio se evita por norma deontológica. Se ha estudiado --eso me enseñaron en la escuela de periodismo-- que informar acerca de las personas que se quitan la vida funciona como detonante para otros suicidios. Se toca el tema sólo cuando resulta imprescindible por la magnitud del hecho, como sucede en este caso, por tratarse de un magistrado de la Corte Suprema de Justicia que dedicó su vida a la reforma penal no sólo de Guatemala, sino de Centroamérica.

En cierta forma, al magistrado Barrientos sí lo mataron. No enviaron a un gatillero a ejecutarlo, pero hay quienes de manera despiadada lo orillaron a la desesperación.
Dina Fernández
, columnista

Debido al contexto trágico de la muerte del magistrado Barrientos, no voy a cerrar los ojos sobre actuaciones suyas con las que estuve en desacuerdo y que señalé en su momento. Eso sí, me parece infame que ahora haya quienes pretendan denigrar al magistrado con una saña propia de canallas y cobardes, pero sobre todo, de personas enfermas, podridas de odio. 

Esas diatribas en contra de Barrientos me llevan a reflexionar sobre las circunstancias abrumadoras, avasallantes, que arrinconaron a este abogado hasta tomar una decisión desesperada. Sabemos que dos de sus hijos se encontraban sumidos en conflictos legales de gran calado, de orden criminal, y que su hermano también estaba en medio de otro torbellino político.

César Barrientos Aguilar, hijo del fallecido magistrado, fue acusado el año pasado de pertenecer a una red de trata de personas. (Foto: Nuestro Diario).
César Barrientos Aguilar, hijo del fallecido magistrado, fue acusado el año pasado de pertenecer a una red de trata de personas. (Foto: Nuestro Diario).

Pese a ello, el magistrado Barrientos decidió permanecer a la cabeza de la cámara penal, hasta que fue removido tras el cambio de presidencia en la Corte Suprema y pasó entonces a la vocalía segunda. Esa determinación suya, con la que se puede estar de acuerdo o no, lo colocó en una posición vulnerable. Durante la elección de nuevas autoridades de la Corte Suprema, en reiteradas oportunidades escuché comentarios de colegas suyos que señalaban lo deprimido y agobiado que se veía.

En ese período de presiones descomunales para lo magistrados de la Suprema --presiones que provienen de los factores de poder-- quien más sufrió fue Barrientos. "Está mal", comentaban sus compañeros, "no sabemos si va a aguantar". ¿En qué consistían esas presiones?, preguntarán ustedes. En chantaje: se exigía su voto, so pena de gravísimas amenazas para su familia.

Al final, no cedió, pero está claro que la situación acabó por quebrarlo. 

Me pregunto ahora, ¿qué pensarán quienes están detrás de estas presiones? ¿Les remorderá en algo la conciencia?

Lo dudo. Me consta que a los operadores del poder --verdaderos sicarios de la política, que acechan desde distintos nichos, disfrazados de todas las profesiones-- no les importa destruir vidas o matrimonios o familias. Pasan sobre todo por alcanzar sus objetivos.

Así que de cierta forma, al magistrado Barrientos sí lo mataron. No enviaron a un gatillero a ejecutarlo, pero los hechos hacen suponer que se le orilló a la fatalidad. Hace un mes, solicitó una pistola al Organismo Judicial. El 10 de febrero firmó de recibido por una Smith & Wesson calibre 38, que según todo parece indicar, fue la que utilizó contra sí mismo.

César Barrientos ya no está con nosotros y de su vida y de su obra, que son significativas, habrá de rendir cuentas. Pero también quienes de forma despiadada contribuyeron a su muerte.

 

*Las opiniones publicadas en las columnas son responsabilidad de su autor, no de Soy502

04 de marzo de 2014, 22:03

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