De cómo la renuncia de un fiscal evidencia la debilidad del Estado

Varios periodistas lo sabíamos desde hace tiempo, pero respetamos la decisión del fiscal Julio Prado de anunciar su dimisión en el momento que él lo dispusiera. 

Eso sí, una cosa era estar enterada y otra, muy distinta, leer el titular con el verbo “renuncia”, en blanco y negro sobre la pantalla.

Es triste que la Fiscalía Especial Contra la Impunidad, FECI, haya perdido, a partir de este mes de noviembre, a una pieza clave como Prado. Y es más triste aún que no sea éste el primer funcionario que se retira de la unidad.

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Hace algunos meses, también tomó la decisión de apartarse el fiscal Antonio Morales, que por fortuna el Ministerio Público logró conservar en otra posición.

Lamentamos estas pérdidas de la FECI porque funcionarios como Prado o Morales encarnan la idea del servidor público que tanto necesitamos: profesionales honestos y talentosos, que conocen su trabajo y defienden con coraje y transparencia los intereses de la sociedad. 

En los meses que siguen, en los juicios de La Línea y Cooptación del Estado, somos muchos quienes extrañaremos a Prado en la mesa de los acusadores.

Tanto él como otros de sus compañeros, han sabido ganarse la confianza de la ciudadanía, al mostrar con evidencia --audios,  fotos, cheques y documentos-- la forma omnímoda en que la corrupción nos ha engullido, desde las ventas de la 19 calle hasta la Casa Presidencial.

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En esas audiencias, ha sido reconfortante comprobar que en el mismo MP, donde se han dado casos de fiscales acusados de pertenecer a las mafias, también hay personas que trabajan por convicción y lo hacen con heroísmo, como si fueran cazadores de dragones, no burócratas que se limitan a cobrar el sueldo o peor aún, mercenarios. 

Yo ya no recuerdo cuándo conocí a Prado, si fue en el set de Canal Antigua o en la Universidad Rafael Landívar. De lo que estoy segura es de haberlo descubierto por internet: en su bitácora de Plaza Pública, donde narraba con detalle los desafíos de buscar justicia en un país que se la niega sistemáticamente a la mayoría.

La forma en que Prado describía algunos casos procesados en la Fiscalía Contra la Trata de Personas era conmovedora. Retrataba con precisión el mundo de la administración de justicia, con sus edificios derruídos y corredores tomados por vendedores de tacos, con sus policías gordos y duros que le temen a la brujería, sus delincuentes temibles pero capaces de gestos de ternura y sus víctimas siempre frágiles, indefensas, solas en el mundo.

Julio me cayó bien desde entonces, porque esos textos eran la prueba irrefutable de que había gente en el sistema que entendía la magnitud de su tarea: buscar la reparación de la justicia para gente que a menudo no tiene más razón para seguir viviendo que esa. 

Lo que me consuela de la pérdida que significa Prado para el MP es que hay más fiscales con esa disposición.

La FECI hoy está en manos de Juan Francisco Sandoval, que ha demostrado garra y compromiso. Por experiencia personal, me ha tocado conocer a otros investigadores y fiscales por quienes solo tengo admiración, respeto y gratitud. Pienso especialmente en el equipo de los fiscales que se ocupan de los casos de secuestro y no los nombro, por prudencia, pero ellos saben quiénes son. Me consta que dejan la piel en las dos dimensiones de su trabajo: la persecución criminal y la atención a la víctima.

Lo frustrante es que  ese tipo de funcionarios no son la norma aún y que ni el MP, ni el Organismo Judicial, ni mucho menos en otras instituciones más olvidadas, han logrado construir estructuras para retener a esas personas.

En el MP, los sueldos siguen siendo bajos para las responsabilidades asignadas, y los riesgos, inmensos. No digamos las horas de trabajo: está claro que los fiscales de la FECI no han tenido vida desde el 16 de abril del año pasado.

Es urgente que la sociedad entienda esto: que necesitamos generar un andamiaje legal y administrativo robusto para el servicio civil, con reglas claras de reclutamiento y ascenso, con método para evaluar resultados y un régimen de disciplina implacable.

Para que funcione, ese esquema requiere de salarios dignos y condiciones ventajosas y transparentes. Sólo así  se podrá atraer talento, cultivarlo y nutrir con ese capital humano instituciones sólidas y respetables.

Ojalá en el futuro, personas como Julio Prado puedan volver al servicio público.

Mientras tanto, solo queda agradecerle a él, y a los funcionarios como él, el tiempo que le han dado al país, cargado de sacrificios que solo ellos y sus familias conocen: las ausencias en fechas importantes; las salidas a media noche para intentar la captura de un Juan Carlos Monzón entre los matorrales de una finca; las amenazas y los brincos insolentes de los criminales y algunas veces, hasta de sus abogados; la disposición a llevar, como alguna vez me dijo Prado, la carga del silencio en el curso de una investigación y el vértigo de contemplar ese abismo donde la sociedad parece consumirse.

No es poco hacerlo por 15 años y no se sale indemne de ello. 

Gracias a Julio y a todos los que no es prudente nombrar aquí, pero que como él, nos han devuelto la esperanza.

*Las opiniones publicadas en las columnas son responsabilidad de su autor, no de Soy502

07 de noviembre de 2016, 08:11

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