Cuando el odio se arma

Omar Mateen fue acusado de maltratar a su ex esposa. Trabajaba como guardia de seguridad. (Foto: El País)

Omar Mateen fue acusado de maltratar a su ex esposa. Trabajaba como guardia de seguridad. (Foto: El País)

El domingo 12 de junio, un terrorista estadounidense segó la vida de 49 personas que disfrutaban de música latina en Pulse, un club nocturno de Orlando, Florida.

Una de las víctimas fue Mercedez Marisol Flores, de 26 años, hija de guatemaltecos, que había ido al lugar acompañada por su mejor amiga, Amanda Alvear. El menor de los fallecidos tenía 18 años y el mayor, 50. El promedio de edad de quienes murieron en el lugar: 30 años. Les quedaba, por delante, la vida entera.

Nadie que vaya a una discoteca a bailar y cantar puede concebir que la noche acabará con ríos de sangre recorriendo los pasillos. Pero ocurrió en Estados Unidos. Y sucedió también en la sala Bataclan, en París, Francia, hace menos de un año cuando, el 14 de noviembre de 2015, tres hombres armados irrumpieron en un concierto y dispararon sin misericordia hasta que los muertos sumaron 90. En ambos incidentes, el Estado Islámico se atribuyó la autoría, aunque en el ataque contra Pulse el vínculo entre el asesino y la organización fundamentalista no ha podido establecerse con claridad.

De hecho, no se sabe aún por qué Omar Mateen convirtió a la noche latina en el infierno sobre la Tierra. El asesino había estado varias veces en Pulse. Había empleado aplicaciones para concertar citas de parejas, usualmente utilizadas por la comunidad gay. Pero también estuvo en la mira del FBI por presuntas conexiones a organizaciones fundamentalistas islámicas y, según las autoridades estadounidenses, se habría “radicalizado” en los últimos tiempos. Estos antecedentes no le impidieron, sin embargo, comprar un rifle automático AR-15 con una capacidad tan letal que se le considera el hermano menor del M-16.

Una situación como la vivida en Orlando despierta temor e incertidumbre. Y Donald Trump, aprovechándose de ello, sacó de nuevo la artillería racista para reafirmar que lo suyo es exigir que no entren más musulmanes a su país. Obviando, eso sí, que Mateen nació a escasos 15 kilómetros de Queens, Nueva York, lugar donde el magnate inmobiliario dio su primer alarido. 

También prometió que, de llegar a la presidencia, jamás impulsaría leyes que restrinjan la compra de armas como la empleada en Pulse, o en la masacre a Virginia Tech (32 muertos) o en la matanza de Sandy Hook (27).  Yo, a la fecha,  no logro  entender el vínculo entre “legítima defensa” y poder adquirir, sin mayores controles, máquinas de matar con capacidad para disparar 30 municiones por minuto. 

Estoy consciente de que, en este país, los 50 fallecidos en Pulse son nuestro recuento de homicidios de pocos días. Y precisamente por ello abogo por políticas tendientes al desarme. A menos armas, menos muertos. Estadísticas como las de Australia lo confirman.  En ese lugar no se registra ningún tiroteo masivo desde 1996, cuando se prohibió adquirir pistolas y rifles de grueso calibre.

Por otra parte, nadie tiene por qué disponer de un arsenal en su casa. Y menos, personas cuya estabilidad mental pueda estar en entredicho.  ¿Fue lo de Orlando un crimen motivado por el odio? Lo más seguro es que sí. ¿Y cómo se responde al odio? Ese domingo trágico, Broadway elevaba a los altares a un artista, puertorriqueño de origen, cuya obra titulada "Hamilton" se alzaba con 11 premios Tony. El tenía la respuesta: “Y el amor es amor es amor es amor es amor es amor es amor. No puede eliminarse. No puede arrasarse”. Solo el amor desarma al odio.

 

15 de junio de 2016, 13:06

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