Cuando todos se van, o casi todos

La ciudad respira en Semana Santa y fin de año. (Foto: Wilder López/soy502)

La ciudad respira en Semana Santa y fin de año. (Foto: Wilder López/soy502)

Sucede solamente un par de veces al año, durante Semana Santa y en la celebración del fin de año.

La ciudad entra en una especie de hibernación necesaria, los buses extraurbanos se llenan hasta el rebalse y quienes pueden hacerlo agarran su carro y se van de esta ciudad a tomar aire, visitar a la familia, a asolearse.

Nos vamos en grupos por ahí, a abrir la boca, a sentir que la vida no es nada más trabajo y trabajo, exceptuando que, efectivamente, para que alguien descanse, o en este caso para que muchos descansemos, hay un montón de gente trabajando. La cosa es más o menos así, bien lo sabemos: la sociedad es una máquina dislocada que está de acuerdo en que no puede parar aunque casi nunca esté de acuerdo hacia donde carajos se dirige.

Pero bien, volviendo a las calles vacías. La ciudad en la madrugada es, técnicamente, la misma que cuando un montón de gente se va o simplemente no sale, pero nadie se atrevería a decir que sea la misma.

La ciudad en la madrugada es un cuerpo asustado que trata de dormir con un ojo abierto y otro cerrado: la oscuridad y las calles no se llevan, la noche y la ciudad es un cuento de miedo que ya nadie cuenta porque para qué hablar de ello, si ya se sabe, si hay que estar demasiado borracho o demasiado loco para salir a abrazarla, para acariciar la cabeza de este cuerpo de hormigón y fierro y decirle “todo está bien, puedes descansar”. Las calles vacías con luz son ese mismo cuerpo pero sin miedo, y acá cualquier movimiento que sea sin miedo es ganancia, y gran ganancia.

Caminar por las calles de Guatemala es más agradable cuando amaina el tráfico por el feriado. (Foto: Jesús Alfonso/Soy502)
Caminar por las calles de Guatemala es más agradable cuando amaina el tráfico por el feriado. (Foto: Jesús Alfonso/Soy502)

Pensemos en la Semana Santa, en el Centro Histórico concentrando el grueso de la población que se queda, mientras el resto de la ciudad está feliz, sin gente, sin carros, solita Guatemala de la Asunción, respirando. ¿Acaso no debería ser un derecho de todo el mundo poder salir a respirar, sacar la cara del lodazal, sacar el cuerpo de las sombras y tirarse a tomar el sol? Debería.

Compartimos este espacio. Repitamos el mantra, compartimos este espacio. Unos se van, otros se quedan, agarramos el carro, nos amontonamos en la camioneta, nos quedamos echando punta, y algunos nunca dejamos de echar punta. Compartimos este espacio, tenemos algo en común: alguien que no estás viendo ahora mismo hace posible que, en medio de toda esta locura, estés ahora en ese espacio: la playa, las procesiones, el descanso, la ciudad vacía. Hay muchas personas que lo hacen posible y no las ves, la ciudad no está vacía, solo es que a veces respira.

11 de abril de 2017, 05:04

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