Daños colaterales de los atentados en Bélgica

Despertar de madrugada, revisar Twitter y descubrir que Bruselas es la más reciente ciudad víctima de un desalmado atentado terrorista es lamentable. Los recuerdos de lo ocurrido en Francia meses antes aún estaban frescos en la mente colectiva del planeta. De nuevo, el Estado Islámico, ese inescrupuloso “heredero” de Al Qaeda, hace temblar al mundo. Los muertos suman más de 30 y los heridos, incluidos cuatro guatemaltecos, superan los 200. 

Las fotografías de polvo y sangre, las velas encendidas, la Torre Eiffel y otros edificios históricos luciendo los colores de, en esta ocasión, la bandera de Bélgica: el ceremonial se repite de forma casi idéntica desde 2001, cuando Nueva York y Washington nos estrenaron en el rostro que ha adoptado la guerra en el Siglo XXI. 

Mira aquí: Monumentos del mundo se tiñen con los colores de la bandera de Bélgica

Luchar contra el fanatismo religioso nunca ha sido fácil. Entender el potencial de destrucción que tiene el Estado Islámico tampoco. Sin embargo es importante recordar que en esta guerra, como en todas, puede haber muchas más víctimas de las contabilizadas en Bruselas. Este ataque terrorista ocurre porque una guerra civil, la de Siria, ha permitido que radicales islámicos tomen el control de enormes porciones de terreno en ese país y en el vecino Irak. Gracias a ello, tienen acceso a recursos, su capacidad de reclutamiento es alto y sus aptitudes para hacer daño han aumentado progresivamente con el tiempo.

De este mismo conflicto huyen, aterrorizados, miles de personas todos los días. Sin rumbo fijo. Se trata de la tragedia humanitaria de mayor escala desde la Segunda Guerra Mundial y, hasta ahora, ni Europa ni Estados Unidos han sido capaces de abordarla con eficiencia. Las imágenes que se recogen en Grecia, lugar hacia donde muchas de estas personas han llegado, son de pánico. Y, como señala un análisis de la revista Time, estos refugiados podrían ser las próximas víctimas de las bombas de Bruselas.

El temor, en múltiples ocasiones, surge del desconocimiento. La rabia que estos ataques, justificadamente, genera en la población europea les puede hacer creer que es cerrando las fronteras como se blindan de potenciales ataques futuros. Pero se olvidan que, salvo uno de los terroristas involucrados en los ataques de París, el resto de victimarios son ciudadanos europeos. Los hermanos El Bakraoui, los kamikaze del metro y aeropuerto de Bruselas, eran belgas. ¿Recuerdan los atentados de Londres en 2005? Ingleses, también. Los miles que huyen no llevan una agenda oculta para destruir la ciudad que al fin les de asilo. Solo buscan sobrevivir.

Por otra parte en esta ocasión, como ya ocurrió el año pasado en Francia, una de las tendencias, también nacidas de la ignorancia, es culpar al Islam y a los musulmanes. El hashtag #StopIslam fue “trending topic” a nivel mundial, porque claro, un puñado de fanáticos representa a todos los practicantes de esta, la segunda religión más importante del globo, después del cristianismo. Y el xenófobo de Donald Trump, el casi seguro futuro candidato republicano a la presidencia, pide a gritos que  “hagan más por acabar con estos ataques”.

La ignorancia no solo ofende. También tiene el potencial de generar más muerte, más destrucción y más violencia. Si los líderes del mundo no actúan con responsabilidad lo que hemos visto en Paris y en Bruselas en los últimos meses será la punta del iceberg. El odio genera más odio. Es así de sencillo. 

24 de marzo de 2016, 17:03

cerrar