Darle la espalda a los fanáticos

El atentado dejó más de 20 personas muertas. (Foto: EFE)  

El atentado dejó más de 20 personas muertas. (Foto: EFE)  

El horror se inició en Estambul, la capital de Turquía. El escenario: el aeropuerto de Ataturk, el 28 de junio, a las 22:00 horas. La terminal aérea estaba repleta cuando incursionaron tres suicidas, armados de bombas, fusiles Kalashnikov, pistolas Glock y granadas de mano.

Todos eran miembros del Estado Islámico, nacidos en territorios rusos y seguidores de Ahmed Chatayev, combatiente checheno. Venían de Raqqa, ciudad siria que ha caído bajo lo que los radicales denominan el nuevo califato. Para cuando finalizó el episodio de sangre, el más violento que este país ha vivido este año, los muertos sumaban 45 y los heridos, casi 250. El presidente Tayyip Erdogan calificó a los militantes responsables como “una daga hundida en el corazón del Islam”.

Tres días después, la pesadilla llegó a Dacca, la capital de Bangladesh, país de mayoría musulmana en la que no son habituales los ataques terroristas. El Estado Islámico se hizo presente por medio de 8 atacantes que irrumpieron en un restaurante, el Holey Artisan Bakery-O’Kitchen, al que por lo general acuden extranjeros.

La angustia duró once horas. Los terroristas, todos nacidos en ese país, tomaron el sitio por asalto durante la noche. Para cuando las fuerzas armadas irrumpieron, los muertos sumaban 28, incluyendo a los ocho atacantes. De ellos, 18 eran extranjeros, asesinados con armas punzantes, entre las que había hachas. La reacción de la primera ministra, Sheikh Hasina, fue contundente: “¿Qué tipo de musulmanes son estas personas? Ellos no tienen religión”.

Lo peor, sin embargo, estaba por venir. Apenas 48 horas después de la atrocidad bangladesí, un atacante suicida detonaba un camión repleto de explosivos en una zona comercial del vecindario de Karada en Bagad. Murieron 213 personas, entre las que figuran niños y familias enteras, en el peor ataque que ha vivido este país, devastado por la guerra, desde 2003. El responsable, de nuevo, el Estado Islámico. El primer ministro, Haider al-Abadi, calificó al ataque como “ruin” y “cobarde” a la vez que decretó tres días de duelo.

En medio de esta ola de terror y de muerte, el sábado 2 de julio murió el ganador del Premio Nobel de la Paz de 1986, Elie Wiesel. Era un humanista, sobreviviente de dos campos de concentración nazis. Dedicó su vida  a preservar la memoria de las víctimas de la Shoah y a abogar para que nunca más se experimentase una pesadilla parecida a la que a él le tocó vivir.

Cuando aceptó el Nobel dijo a la concurrencia:  “Un joven chico judío descubrió el Reino de la Noche… Recuerdo que preguntó a su padre: ¿Puede ser esto verdad? Esto es el siglo XX, no la Edad Media. ¿Quién puede permitir que se cometan crímenes así? ¿Cómo puede el mundo permanecer en silencio?”

Ya cambiamos de siglo y se siguen cometiendo delitos así. ¿Matar gente a hachazos, cuando acude al mercado o va hacia el aeropuerto? ¿Masacrar a población desarmada, cuyo único error fue estar en el lugar incorrecto en el peor momento posible? 

Nadie, como decía Weisel, puede permanecer en silencio. Y todos, sí, tendríamos que aprender lo importante que es pelear las batallas que merecen ganarse.

Este país, el nuestro, se desangró de manera cruenta durante 36 años. Y mientras en Medio Oriente estallaban las bombas, aquí salió a flote, de nuevo, y como ocurre cada cierto tiempo, una nueva muestra del camino que nos falta recorrer por alcanzar la reconciliación. Un fracasado desfile militar, revestido de polémica, sacó a luz nuestras profundas divisiones. Hacemos poco por reducirlas, por entender de dónde surgen nuestras desavenencias y por comprender nuestra historia.

“Sin memoria, no hay cultura”, decía Weisel. “Sin memoria, no habría civilización, no hay sociedad, no hay futuro”. Tenemos que saber de dónde venimos para comprender hacia dónde queremos ir. Pero, para ello, este planeta y este país deben por lo menos intentar superar las viejas discordias. Darles la espalda, pero para dejarlos atrás. Y también a los fanatismos. Especialmente, diría yo.

*Las opiniones publicadas en las columnas son responsabilidad de su autor, no de Soy502

07 de julio de 2016, 09:07

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