En defensa del descanso

Hay que robarle momentos al día para descansar. (Foto de Renan Reyes, cortesía de Henry Lewin de @greenrushgt)

Hay que robarle momentos al día para descansar. (Foto de Renan Reyes, cortesía de Henry Lewin de @greenrushgt)

No es verdad que uno regrese de las vacaciones con más ganas de trabajar.

Miente quien llegue el lunes encendido en patrio ardimiento laboral. Tampoco vuelve uno amargado, hay que decirlo: es un aterrizaje forzoso. No es fácil. Está demasiada cerca la paz cómplice de cientos de miles organizados para postergar, porque sí, la carga laboral ha transformado aquello que entendíamos por descanso en pura postergación: la fuerza potencial de lo que hay que hacer y que, durante las vacaciones, pacta con la autoridad interna para hacerse la loca.

Sería lindo acostumbrarse a descansar. Sería maravilloso aprender a lidiar con la necesidad de trabajar y la urgencia de descansar. Es una tentación iniciar una revolución desde la cama, diría Oasis, aunque bien sabemos cómo termina esa historia.

No sé ustedes pero la luz no es la misma después de Semana Santa, por ejemplo, pega más duro el sol, duelen los ojos. El tráfico es más pesado. El café se enfría más rápido. Los buses tardan más en llegar, o en irse, o en quitarse de la mitad de la calle. La velocidad se altera, el tiempo se altera, el cuerpo quisiera seguir descansando pero es lunes, es martes, es miércoles y el trabajo lo sabe.

Tiene su ventaja esta prolongación del descanso, el berrinche existencial, son buenos estos días del retorno para fijarse en esos pocos, nimios, casi extintos espacios de reposo que brinda la ciudad. No hay jornada laboral, o académica, o mandadera que no pueda ser interrumpida por un justo e improvisado descanso. Aún quedan algunos árboles de pie en la ciudad, pararse a su sombra, observar hacia arriba y ver la inmensidad de la vida en medio del concreto.

Todavía más complicado de encontrar, pero hay: uno que otro parque perdido por ahí que pide a gritos, o a seductores susurros, la presencia de un obrero añorando unos minutos de paz, de distancia, de verde.

Las bancas sí son casi imposibles. Bancas se me ocurre que hay en la Sexta peatonal, en la Simeón Cañas –mis bancas- y paro de contar. Cualquier banca en espacio público que no sea parque será un verdadero hallazgo.

Finalmente, las banquetas. Podríamos pensar que de estas sobran, pero que no tengan carro enfrente, que no sean un asqueroso baño público, con sombra y seguras es ya mucho pedir.

Toma algunos días reponerse del descanso, es verdad, y cuesta encontrar donde reposar en la ciudad. Pero hay que insistir, descansar es una lucha que nos debemos, y acaso la unidad mínima del reposo sea una ventana, y acaso sea esa nuestra más cercana pausa, la esperanza.

17 de abril de 2017, 13:04

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