Deportados de Postville expresan su dolorosa experiencia en el teatro

Los ojos vidriosos por las lágrimas contenidas de Jaime Tzoy son el retrato hablado del dolor que siente cada vez que cuenta la historia de su llegada a Estados Unidos, su estadía y su violenta deportación en el 2008, cuando fue capturado en la sorpresiva redada en la fábrica Agriprocessors.
 
En la obra de teatro: La otra cara de la Moneda, ¿estamos cabales?, los guatemaltecos deportados de Postville actúan y reviven el trauma de la explotación por parte de los dueños de la fábrica y luego el maltrato del que fueron objeto por las autoridades migratorias estadounidenses antes de ser deportados. Es una forma de sacar fuera el dolor, de llorar por aquellas experiencias vividas, de superar todo lo que han dejado atrás.
 
Durante los dos años que Jaime trabajó allá, se convirtió en un carnicero experto. Destazaba reses con un cuchillo y sacaba cortes de carne finos.  Seis años después de su regreso a Guatemala como un deportado más, sus habilidades no le sirven en su país.
 
“No lo contratan a uno. Para todo piden como mínimo diploma de tercero básico y yo no terminé la primaria”, cuenta con decepción.
 
Su aventura sólo le dejó deudas y le quitó a su familia. “Ese día le había dicho a mi esposa que no fuera a trabajar porque estaba algo enferma.  De todos modos fue, la agarraron pero al final no la deportaron.  Ahora ya vive con alguien más, desde hace dos años no veo a mis hijos y ya no me llaman”, dice con visible tristeza.
 
Jaime llora sobre el escenario al recitar una líneas que relatan que la última vez que se fue como indocumentado, sus hijos y su esposa iban enfermos y que allá se curaron.
 
"El Presidente" sobre las tablas
 
El discurso del presidente es revelador. “Váyanse a los Estados Unidos y manden sus remesas”, es la línea que Florencio Hernández recita al representar “al Presidente” dentro de la obra, quien pronuncia un cruel discurso en el cual asegura que la pobreza y la ignorancia es el mejor capital político del país.
 
Florencio se siente triste y defraudado porque al regresar al país no le ha quedado más que trabajar como agricultor, pero este trabajo no le alcanza para salir de la deuda que adquirió para llegar a Estados Unidos.
 
Florencio Hernández aún tiene esperanza de regresar a trabajar a Estados Unidos para pagar la deuda de su primer viaje. (Foto: Luis Barrios/Soy502)
Florencio Hernández aún tiene esperanza de regresar a trabajar a Estados Unidos para pagar la deuda de su primer viaje. (Foto: Luis Barrios/Soy502)
 
Además de la larga caminata a través del desierto, recuerda su odisea para llegar con su hijo a Iowa, estuvo unas semanas secuestrado en Texas, y las peripecias que tuvo que vivir para huir de sus captores.
 
Dos años de trabajo como conserje y manejar un tractor para sacar basura terminaron con los largos cinco meses en prisión luego de la redada.
 
La obra rememora el trauma que vivieron los guatemaltecos en 2008, cuando fueron deportados desde Postville, Iowa.  (Foto: Luis Barrios/Soy502)
La obra rememora el trauma que vivieron los guatemaltecos en 2008, cuando fueron deportados desde Postville, Iowa. (Foto: Luis Barrios/Soy502)
 
La zanja que retrasó la captura
 
“Mi mamá estuvo dos días escondida en una zanja para que no la encontraran los agentes de migración. Cuando regresó a la casa tenía las rodillas hinchadas porque se cayó”, cuenta Allison Gómez, de 16 años.
 
Allison se vio obligada a regresar a Guatemala con sus hermanos y su mamá porque a su papá lo deportaron y desde la redada su mamá ya no pudo regresar al trabajo.
 
En la obra le tocó interpretar a un obrero de Agriprocessors.  En la realidad, estudia el quinto grado de primaria y quiere labrarse un mejor futuro.
 
“No nos daban refugio en ningún lado, porque en todos lados sólo ayudaban a los que tenían puesto el brazalete en el tobillo”, dice la adolescente.
 
La vida de los deportados de Postville es una cara distinta de la moneda.  Se fueron en principio porque en Guatemala no habían oportunidades.  En Postville, ganaban hasta US$7 la hora y a diario trabajaban hasta 12 horas, pero les pagaban sólo 8 a cambio de no despedirlos y quedarse sin nada.
 
Regresaron y están igual que antes de irse, algunos más viejos y desanimados, otros, con la esperanza de regresar al norte para salir de penas económicas, pero si lo hacen y los capturan, pasarían hasta 10 años en la cárcel.

12 de marzo de 2014, 19:03

cerrar