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Dos mujeres en la Catedral

Se llaman Brenda y Gabriela y desde el viernes 14 de agosto están viviendo en una tienda de campaña en el atrio de la Catedral.

Desde el viernes a las dos de la tarde, están en huelga de hambre por nosotros, el pueblo de Guatemala.

Este sábado, miles de personas se acercaron a ellas para darles las gracias. Querían saber cómo estaban, cuál era su ánimo si tenían lo suficiente para pasar el frío, el agua y sueros que necesitan para sobrellevar la tarea que se han impuesto: poner su vida y su salud en riesgo para decir, para gritar, que así no podemos seguir.

Que queremos justicia y que ésta debe empezar por el mismo Presidente de la República, si así es necesario.  

Otto Pérez Molina, en vez de marchitarse en esa silla desde donde está claro que ya no puede hacer nada –nada productivo, salvo borrar las huellas de sus negocios, tarea en la que me imagino que pasa afanado—debe perder su inmunidad, debe dejar el cargo y someterse al imperio de la Ley, que es el único principio superior a todos nosotros. 

Lo segundo que estas mujeres exigen, con acciones que son más fuertes que nuestra voz, es que debemos rescatar la decencia en la administración pública y en el sistema político. 

Con nuestro silencio y nuestra indiferencia, sobre todo con nuestro miedo, hemos permitido que la corrupción se adueñe de nuestras instituciones. En el proceso, hemos perdido los recursos que deberían utilizarse para brindar servicios a la población, en especial a los más vulnerables. Pero lo más grave es que también hemos perdido a las instituciones mismas, ahora enfocadas en repartirse el dinero y el poder de contratos, obras y plazas, en lugar del cumplir la misión para la que fueron creadas.

Las consecuencias son nefastas. Hay niños que mueren por falta de insumos en los hospitales. Niños que crecen con sus capacidades disminuidas por el fracaso de los programas sociales para erradicar la desnutrición crónica. Niños que no tendrán nunca acceso a educación de calidad y que por lo mismo, verán sus oportunidades laborales disminuidas.

Así perdemos recursos, perdemos institucionalidad y perdemos generaciones.

Ya no más, dicen Brenda y Gabriela, frente a una plaza que nuevamente se llenó con la indignación ciudadana el sábado 15 de agosto.

El Congreso la semana pasada nos declaró la guerra al salvar a Otto Pérez Molina de perder su inmunidad y aprobar unas reformas tibias a la Ley Electoral. El camino que han elegido los diputados, que pasa no solo por ignorar a los ciudadanos sino por actuar en contra de sus exigencias, es peligroso y equivocado. 

La chispa de estas masas que han salido a las calles la prendió una persona: el seminarista que llegó a la proclamación ilegal del Partido Patriota y levantó, en solitario, un cartel de protesta.  Nos demostró que uno solo basta para decir “hasta aquí”. Eso fue en septiembre de 2014.

En octubre, la magistrada Claudia Escobar dio otro paso al frente y renunció a su cargo, denunciando las presiones y sobornos que enfrentó como tantísimos jueces. Y ella, acompañada de dos juezas, también dijo “hasta aquí”.

Seis meses después, en abril de 2015, llegamos miles a la Plaza, convencidos de que no podemos permitir que el mal suplante al bien, el crimen a la justicia, el interés particular a la ley.

Dos mujeres, Brenda y Gabriela, hacen huelga de hambre en ese atrio de piedra de la Catedral para que lo recordemos. 

Dos mujeres están dispuestas a hacer ese sacrificio con lo último que tienen, su carne y su cuerpo, para que “los poderes que son” entiendan que el pueblo es quien delega en ellos el mandato de gobernar, en ejercicio de su soberanía.

El pueblo otorga el mandato y el pueblo lo retira. La huelga de estas dos mujeres es un campanazo en la Catedral.

Advertidos están.

17 de agosto de 2015, 22:08

*Las opiniones publicadas en las columnas son responsabilidad de su autor, no de Soy502
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