El ganso que se hizo un "cuco"

Una de mis primeras mascotas fue un ganso que llegó a casa envuelto en papel kraft. (Foto: bcampdera.wordpress.com)

Una de mis primeras mascotas fue un ganso que llegó a casa envuelto en papel kraft. (Foto: bcampdera.wordpress.com)

A simple vista, mi madre aparenta un temple rudo, ácido e incluso amargo. Sin embargo, en el fondo; muy en el fondo, esconde el oso cariñoso que lleva dentro.  ¡Bah! Tampoco crean que estoy presentándoles al villano de la historia. ¡Es mi madre! Por Dios, creo que la presenté mal.  En realidad es genial.

Digo esto porque siempre fue "el muro de Berlín" que prohibía entrar animales a la casa.  Sin embargo, toda frontera tiene sus puntos ciegos, y en el momento menos esperado, algún indocumentado ingresaría a conquistar un gran país. ¡Ja!

Mi mamá heredó su carácter a Max, mi perro salchicha café; ya les contaré, porque aún no hemos entrado en detalles sobre mis cuatro mascotas revoltosas.

Hoy les contaré la historia del ganso más increíble del Universo. Lamentablemente mi memoria necesita servicio mayor, y he olvidado un detalle importante; su nombre.  Creo que lo bautizamos como "Cuaki" o "Coqui", no estoy segura.

Las crías de ganso son amarillas. ¡Así era mi Cuaki! (Foto: noticias.latam.msn.com)
Las crías de ganso son amarillas. ¡Así era mi Cuaki! (Foto: noticias.latam.msn.com)

Una nochebuena a principios de los noventa, una tía paterna decidió ser muy creativa con sus regalos. Al principio, pensé que  eran dulces o chocolates de los que no venden en Guatemala.  La verdad, estaba emocionadísima. El azúcar siempre ha sido bienvenida en mi organismo. El envoltorio consistía en una simple bolsa de papel Kraft en donde resaltaba una pequeña moña improvisada.

Las agujas del reloj cojeaban porque las doce se veían demasiado lejos. ¡Yo no aguantaba la ansiedad para abrir mis dulces "gringos" y comérmelos todos de un solo bocado!

La cohetería, los abrazos y el típico "Feliz Navidad", fueron el principio de esta "Ganso-aventura".

La infancia de Cuaki se me hizo eterna. Yo sentí que tardó mucho en convertirse en un ganso hecho y derecho. (Foto: oculto.eu)
La infancia de Cuaki se me hizo eterna. Yo sentí que tardó mucho en convertirse en un ganso hecho y derecho. (Foto: oculto.eu)

La etiqueta de aquel envoltorio Kraft decía "Para la familia Tal". Esos regalos son desalentadores para un niño porque cuando se generaliza la sorpresa, comienzan los líos familiares y seguro te imaginas un adorno para la pared del baño de visitas.

Un tanto desanimada, tomé el regalo. Mi corazón casi se detiene al sentir un pequeño saltito en mis manos. ¡El regalo se movía!  Definitivamente no era un juguete, ni dulces gringos, ni adornos de baño... ¡Era algo con vida! ¡Una mascota!

No quise emocionarme tanto para no alterar a mi mamá, quien ya había comenzado sus sospechas mucho antes que yo.

Un hermoso ganso bebé asomó tímidamente su diminuto pico.

Era amarillo puro; y sus alas, un poco más blancas que el resto de su cuerpo.  ¡Una belleza! Parecía ganso de caricatura.   Lo que nos conquistó a todos, incluso a mi madre, fue su torpe, ronco e inocente graznido.  Caminaba con las patas abiertas y tropezaba con todo.  Era demasiado tierno para ser cierto.

Cuaki se ganó nuestro corazón con su voz: era ronca, áspera, un poco torpe. (Foto: mascotas.com)
Cuaki se ganó nuestro corazón con su voz: era ronca, áspera, un poco torpe. (Foto: mascotas.com)

Todos los primos sonreíamos de oreja a oreja.  Estoy segura que los demás tíos, no tanto.  "A caballo regalado no se le mira el diente".  Mi tía decidió darnos un ganso para cuidarlo bien, había que aceptarlo y punto.  Yo no tuve ningún problema.  Mi mamá no estaba cien por ciento convencida.  Como era Nochebuena, solo nos advirtió que el ganso debía dormir afuera y permanecer en el jardín.  Con tal de tenerlo, ¡lo que fuera!

Coki o Cuaki se convirtió en el dueño de la casa, y eso que sin vivir adentro.  Su infancia se hizo eterna para mí.  El gansito no crecía tan rápido como normalmente sucede con las aves.  Este ganso era especial.  Tenía una peculiaridad muy simpática; sabía la hora y el rol exacto de cada uno de la familia. 

Graznaba a la hora en punto para levantarse; voznaba justo a tiempo para abrirle la puerta a la Tina, nuestra Nana (Que en paz descanse) y cada vez que algún extraño se acercaba al jardín, Cuaki inmediatamente corría a gritarle y a amenazarle para que huyera.  Su voz se había comenzado a poner un poco áspera y ronca; pero era normal en su crecimiento. ¡La adolescencia!, pensé.

Todas las tardes lo sacábamos a pasear dentro del condominio.  Le colocábamos un lazo simulando una correa y Cuaki era feliz dando vueltas por todos los garajes.  A veces yo conducía mi bicicleta y él me seguía sin perderme de vista. ¡Era muy listo! Le encantaba seguir a las personas con sus pasos torpes pero firmes.

Los gansos son muy inteligentes y resultan buenos animales de granja. En ocasiones se les prefiere a los perros porque son guardianes. (Foto: comunidade.sol.pt)
Los gansos son muy inteligentes y resultan buenos animales de granja. En ocasiones se les prefiere a los perros porque son guardianes. (Foto: comunidade.sol.pt)

El cuco

Una tarde común dentro del condominio, en donde todos los niños salíamos a jugar después de almorzar, decidí salir con mi bicicleta azul BMX con rueditas.  Iba con Cuaki.  Recuerdo que ese día había muchos niños afuera. 

Una amiga vecina también daba vueltas con su cicle de rueditas. De pronto comenzó a pedalear más rápido y más rápido. Yo le dije que se detuviera porque iba a lastimar a mi ganso.  Ella prefirió su dosis de adrenalina que escuchar mis súplicas...  ¡Pum! Cuaki había perdido su paso. 

La llanta pequeña le había pasado completamente encima de la cabeza.  Solo vi a Cuaki dar una vuelta entera en el piso. Lloraba de dolor. ¡Gritaba como oso perezoso! En su pequeño rostro amarillo se veía el sufrimiento. Tenía mucha sangre en su cabeza. Su pico naranja se abría más de lo normal.

En aquellas épocas no era muy accesible conseguir veterinarios.  No sabía qué hacer. Todo el vecindario guardaba un silencio sepulcral.  Los demás niños veían al pobre gansito retorcerse de dolor.  Sin embargo, aún me seguía a donde caminara.

Llamé a mi mamá y llegó corriendo con una botella de alcohol,  metafen y bastante algodón.  El metafen era aquella pintura anaranjada que nos ponían en los raspones. ¡Ardía como fuego! Pero sanaba los cucos, como decían las abuelitas.

No creí que fuera a funcionar.  Pensé que Cuaki iba a morir esa misma tarde.  Pero después de la limpiada con alcohol y la mancha naranja en toda su cabeza, Cuaki vivió muchos años más. 

Su herida sanó y nunca dejó de ser el guardián y la mascota juguetona.   Eso sí; le quedó una pequeña cicatriz en su cabeza.  Pero ni la de Harry Potter era tan peculiar como la de Cuaki.

El ganso comenzó a crecer apresuradamente y sus plumaje amarillo se convirtió en blanco.  Sus graznidos ya no eran torpes como el trombón; eran más finos y sin cortes.  El patio le quedó muy pequeño y era obvio que necesitaba algo más parecido a su hábitat.  Sabía qué nos deparaba el destino: despedirnos de Cuaki. 

Mis padres fueron muy prudentes con este proceso.  Recuerdo una tarde que volví del colegio.  Entré corriendo, lancé mi bolsón y lonchera en el camino y cuando abrí la puerta del patio... estaba vacío.  Nadie me recibió con gran escándalo.  Sobre la grama ya no estaba más aquel balde rojo donde Cuaki nadaba y bebía agua.  Evidentemente, Cuaki se había ido.

Un día me tocó decirle adiós a Cuaki. Mi casa ya no era un lugar apropiado para él. (Foto: static.blogo.it)
Un día me tocó decirle adiós a Cuaki. Mi casa ya no era un lugar apropiado para él. (Foto: static.blogo.it)

Lloré amargamente pero comprendí que hubiera sido peor despedirme de él. En seguida me enteré que Tina, mi nana, se lo había llevado a su casa en donde tenía más espacio.

Años más tarde, cuando el duelo pasó, le pregunté a mi nana por Cuaki.  -Se nos cayó del techo y se murió-.  No daba crédito a lo que estaba escuchando.  Le cuestioné qué habían hecho con él. -Nos lo tuvimos que comer- asintió.  Casi me da un patatús.  

En realidad, nunca supe si de verdad había caído del techo o si solo me dijeron esa falacia para no pensar que su destino en esa casa era un seguro plato de mesa.  Cuaki no era tonto como para tirarse del techo.

¡Ay Cuaki! Qué buen ganso.  Al menos sé que tuvo calidad de vida pese a que no tenía un estanque de verdad.

No sé si ustedes recuerdan una canción infantil famosa que se llamaba "Cuaqui era un patito".  La primera vez que la cantamos en el colegio, lloré.  Y eso que no soy de las que regala lágrimas donde sea.

 

11 de marzo de 2014, 21:03

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