¡Es la globalización, estúpida!

Mientras veía el debate de los candidatos a la presidencia de los Estados Unidos, de pronto, el tema me golpeó la cabeza, como si alguien me hubiera dado un manotazo para que pusiera atención.

Pensé entonces en la frase que se hizo famosa en la elección de 1992, que llevó al primero de los Clinton al poder: “¡Es la economía, estúpido!”, decían entonces, al criticar la gestión de George Bush padre.

Quizá el debate entre la ex senadora Hillary Clinton y el millonario de Manhattan, Donald Trump, no nos ilustró mucho en cuanto a las políticas que ambos podrían ejecutar, pero sí me hizo entender cuál es el “zeitgeist” de la campaña.

Puede que varios de ustedes ya hubieran llegado a esa conclusión, obviando el parloteo que ha dominado esta carrera por la Casa Blanca, pero concédanme la licencia de decir “aaahhh” o “es la globalización, estúpida”. 

El asunto se desprende del propio lema de campaña de Trump: “Make America great again”, o “Hagamos a América grande otra vez”. El eslogan entraña un profundo desencanto por la idea misma de la globalización, no digamos por las políticas, la institucionalidad y las regulaciones que le permitieron ganar terreno a partir de la segunda guerra mundial, pero sobre todo, tras la caída de la Unión Soviética.  

¿Se recuerdan de las protestas en Seattle, en noviembre de 1999, cuando la Organización Mundial del Comercio llevó a cabo su segunda reunión anual para impulsar una nueva ronda de tratados internacionales?  Más de 40 mil personas salieron a protestar a las calles, encadenándose a los edificios y bloqueando calles, argumentando que los acuerdos de la OMC perjudicarían a los trabajadores.

El alcalde de Seattle tuvo que declarar estado de emergencia. La policía salió a desmantelar la protesta con gas lacrimógeno y arrestó a más de 600 personas.

Pues bueno… Esas semillas de descontento son las que pueden llevar a Trump a la Casa Blanca.

Si Trump ha llegado hasta donde está, es porque hay una masa importante de personas que está sufriendo, que se siente traicionada por el sistema y le echa la culpa, no solo a los migrantes latinoamericanos, sino a la globalización.

Esas personas, parte considerable del electorado en Estados Unidos, son las que apoyan la idea de erigir un muro en la frontera de México y exigen de Washington un viraje abierto y sin excusas hacia el proteccionismo. Poco importa que los Estados Unidos sean una nación de inmigrantes, que Kennedy haya proclamado en la puerta de Brandenburgo “ich bin ein Berliner”, o que siempre se hayan cuidado las espaldas en sus tratados comerciales (porque me van a decir ustedes, ¿quiénes suelen llevar la peor parte ahí?). 

Ante un descontento que es real, “the Donald”, como le dicen a Trump, promete poner reversa.  Dice que acabará o renegociará tratados acordados hace décadas, argumentando que él es un macho alfa: que puede doblarle el brazo a los chinos, obligar a empresas como Apple a reinstalar sus operaciones de manufactura en Estados Unidos, resucitando millones de puestos de trabajo y recreando fábricas que, según él, podrán vender sus productos al resto del mundo, a precios más altos.

En el mundo donde ha prosperado la candidatura de Donald Trump, lo que vale para la economía, también aplica en política. El candidato republicano también está listo para tirar por la ventana las alianzas que moldearon al mundo en la segunda mitad del siglo XX. De ahí que ponga en duda la utilidad misma de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, OTAN, uno de los pilares de Occidente, porque el día de hoy Europa está en crisis, Rusia ya no es el enemigo, y encima de todo, los antiguos aliados nunca han pagado suficiente por ese acuerdo de mutua defensa. ¿Cuál es el problema entonces?

Lo paradójico de esto es que fueron los Estados Unidos, no un gobierno demócrata o republicano, sino su liderazgo político en pleno, los que han promovido durante décadas el paradigma de la los beneficios de la globalización.

En la era del internet y de la economía post industrial, no creo que sea posible simplemente poner reversa a todo esto, en especial, con los resultados que el señor Donald Trump anticipa. 

Estamos ante nuevas realidades –desde el terrorismo islámico hasta el comercio electrónico—que plantean desafíos políticos enormes que no atañen solamente a los Estados Unidos, sino que rebasan las fronteras. En ese contexto, dudo mucho que funcionen respuestas aisladas y menos aún, soluciones impuestas.

Puede que la bulla en las redes y los medios se haya decantado por lo anecdótico en este primer debate entre Clinton y Trump, pero lo cierto es que nos mostró cómo se presenta uno de los grandes cambios políticos que definirá al siglo XXI. 

De más está decir que el panorama no se ve muy alentador. El desencanto no se circunscribe además solo a América: hace apenas semanas, el Reino Unido también puso en jaque a Europa al votar "sí" al Brexit.

Ojalá que en medio de esta discusión, quienes hacen las reglas donde se parte y reparte el mundo, no pierdan de vista que las épocas de prosperidad y florecimiento intelectual siempre han estado marcadas por el intercambio de ideas y la apertura hacia los otros

27 de septiembre de 2016, 17:09

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