¿Hipócritas los corruptos o hipócritas todos?

El jefe de la CICIG, Iván Velásquez, criticó al sistema de Justicia por retrasos en antejuicio. (Foto: Alejandro Balán/Soy502)

El jefe de la CICIG, Iván Velásquez, criticó al sistema de Justicia por retrasos en antejuicio. (Foto: Alejandro Balán/Soy502)

El jefe de la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala (CICIG), Iván Velásquez, causó revuelo esta Navidad con un tuit donde le dice “¡hipócritas!” a los corruptos.

“¿Cómo podrán los corruptos invocar permanentemente a Dios y al mismo tiempo robarse el dinero de la salud de niños y ancianos? ¡Hipócritas!”, fulmina el colombiano.

Recuerdo que cuando comenzó el proceso de La Línea, los fiscales del caso me comentaron que si uno sigue toda la palabrería de las escuchas telefónicas de los acusados de corrupción, podría hacer un estudio fascinante sobre la psicología de estos personajes.

Muchos de los residentes VIP del Mariscal Zavala eran personas “religiosas”: asistían a la iglesia, elevaban sus manos al cielo para orar, clamaban por la interseción del Espíritu Santo y eran capaces de citar la Biblia a conveniencia y con fluidez, mientras llenaban sus caletas con dinero de los contribuyentes.

Sería interesante que un equipo multidisciplinario de psicólogos, sociólogos y antropólogos estudiara alguna vez esas conversaciones completas, para ver si existe un patrón o perfil común en este tipo de criminales.

Este análisis nos permitiría también entender cómo hacen los corruptos para conciliar su absoluta falta de escrúpulos con los paradigmas occidentales de conducta aceptada; no solo en política, sino en general (es decir, no robar, no matar y demás convenciones básicas).

En tanto alguna institución académica emprenda ese estudio, me animo a aportar algunas observaciones, basadas en mi experiencia periodística y el conocimiento que me ha dado de algunos de sus corruptos, los conspicuos y los solapados.

Sin miedo a equivocarme, puedo afirmar que muchas de las personas que han detentado el poder en Guatemala padecen de algún grado de megalomanía; es decir, tienen una idea agrandada de sí mismas.

Ya sea porque se sienten superiores de facto, por la jerarquía de su linaje, o porque según ellas se han “ganado” ese derecho al remontar los enormes obstáculos de la exclusión prevaleciente en Guatemala; lo cierto es que suelen estar convencidas de que no hay ley, norma o decálogo de mandamientos que aplique para ellas.

Habría que ver qué piensan en sus horas oscuras: si en algún momento enfrentan la realidad de sus acciones, si entre ellos hay alguno que se reconoce transgresor y acepta que está en deuda con la sociedad.

Solo ellos saben cómo lidian con su consciencia; pero si me preguntan a mí, yo creería que muchos de ellos son inmunes a la culpa.

De hecho, pongo en duda que sean “hipócritas”, como ha dicho el Comisionado. Esa, en todo caso, es una interpretación etic, dirían mis colegas antropólogos, un punto de vista externo; pues el hipócrita por definición es un actor: finge sentimientos o cualidades que sabe muy bien que no tiene.

En cambio, buena parte de los corruptos que yo conozco van más allá: son mitómanos. Y como muchos de esa especie, de tanto mentir y mentirse a sí mismos, empiezan a confundir las fronteras entre lo que es cierto y lo que inventan.

Por lo que yo he podido ver, este tipo de personas se pasan enfrascadas en un ejercicio permanente de auto justificación.  Lo he visto en criminales de guerra, tiranos y corruptos de poca o mucha monta: son expertos en acrobacias mentales para exculparse.

El propósito de su defensa es desarrollar una narrativa distinta a la que dictan los hechos y el sentido común; un discurso que no solo los justifique sino que incluso los eleve, acomodando o adornando los hechos según les convenga.

De esta manera, no solo persuaden (más bien engañan) a otros, sino que se convencen a sí mismos de que son una suerte de héroes victimizados y no los villanos de la historia.

Por esa razón es que el difunto Byron Lima usaba sus camisetas de preso político, Juan de Dios Rodríguez ahora se cree profeta y guía espiritual de los presos y Otto Pérez Molina no pierde oportunidad de recordar que él detuvo al Chapo Guzmán y no le cobró mordida.

Los guatemaltecos de hoy pueden apreciar el cinismo del expresidente Pérez Molina, porque todavía recuerdan sus “juguetes” de lujo –aviones, helicópteros, lanchas, motos, carros-, sus mansiones y su finca de aguacates. ¿Qué militar decente se compra todo eso si vive con el cheque de su pensión?

Lo malo es que pasan los años y luego la gente vuelve a escuchar a estos sujetos. Por si fuera poco, no solo les empieza a creer los embustes, sino que les encuentra virtudes.

Quizá habría que preguntarse si no es Guatemala entera la hipócrita, la que se dice cristiana y solidaria, pero que está dispuesta a tolerar la corrupción con pretextos acomodaticios y timoratos, como “todos roban” o “así es el sistema”.

¿Durante cuántos años no estuvimos dispuestos a aceptar, a regañadientes quizá, pero a tolerar en fin, todas las canalladas que han salido a luz en los juicios iniciados por el MP y la CICIG, pero que todos sabíamos perfectamente que ocurrían de esa manera? ¿No es eso hipocresía o incluso complicidad?

El ascenso social es tan difícil en nuestro país, que vivimos bajo el mito de que la prosperidad y la riqueza tienen forzosamente un origen ilícito. De esto hay numerosos ejemplos en la tradición oral urbana y rural, si alguien se interesa por investigar.

Y de ahí a pensar que la conquista de la fortuna y el poder lo justifican todo, incluso el hambre de los niños y la miseria de los ancianos, solo hay un paso.

Si algo nos debería preocupar, más que la hipocresía en el Mariscal Zavala, es eso: sanar el ethos de este país que se nos pudrió hasta la médula, devolverle la conciencia y los referentes morales y asegurarnos, vía la recuperación de la justicia y la cultura de la legalidad, que quienes usan el poder o violan la ley para enriquecerse están destinados al repudio colectivo y a perder los oropeles que soñaron. 

Ojalá podamos entender también que ni las sentencias, ni la prisión, ni la extinción de dominio, bastarán si no nos comprometemos activamente a combatir la pobreza y mejorar de forma sustancial los servicios y las oportunidades para que Guatemala cuente con vías legítimas, tangibles, y creíbles, hacia una vida más próspera.

Con la misma pasión que los corruptos intentan justificarse, nosotros también deberíamos aplicarnos en cambiar la narrativa para hacer posible, y plausible, aspirar a más: por que muchas personas, en especial las que hoy son más vulnerables, nos demuestren con su historia de vida que con talento y trabajo se puede mejorar, ascender y prosperar; sin que para ello hay que convertirse en una rata, de esas que le repugnan a Iván Velásquez y a muchos de nosotros. 

27 de diciembre de 2016, 12:12

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