La historia de un hogar que sufrió el alcoholismo

Una historia similar, pero distinta para todos. (Foto: Wilder López/Soy502)

Una historia similar, pero distinta para todos. (Foto: Wilder López/Soy502)

Me llamo Carlos* y vengo de una familia, valga el eufemismo, dada a la bebida. Mis dos abuelos tenían problemas con el licor, aunque ninguna de mis dos familias lo miraba de esa forma. En cambio, a mí me queda claro, después de escuchar a mi papá y mamá hablar de ellos, que eran alcohólicos.

La Secretaría Ejecutiva de la Comisión Contra las Adicciones y el Tráfico Ilícito de Drogas (SECCATID) define esta condición particular de dependencia de licor como un “problema de salud que se puede encuadrar dentro de una enfermedad física y emocional, más que una cuestión de insuficiente fuerza de voluntad"

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Concuerdo con la SECCATID en el sentido que parecía que mis abuelos no tenían la voluntad de dejar de beber. Me parece que disfrutaban emborracharse. Quizás por eso nunca buscaron ayuda, porque no lo miraban como un problema para ellos. Aunque para todos los demás sí lo fuera. 

Mi abuelo materno, Rolando, tuvo tres hijos con mi abuela, Grace. Se separaron cuando mi mamá tenía 13 años y mi tío apenas tenía unos meses de nacido. Su divorcio estuvo en buena parte motivado por el temperamento abusivo y violento de Rolando cuando se ponía borracho, lo cual era frecuente.

(Foto: mosesalbert.com)
(Foto: mosesalbert.com)

Mi madre aún recuerda, incluso adulta, los gritos y las peleas de Rolando y Grace. Nadie me puede asegurar si había golpes, porque no les gusta hablar del tema. Lo cierto es que todos recuerdan bien que era un mal augurio que mi abuelo pidiera sus cervezas. Y la imagen de él borracho era algo que podía asustar mucho. 

Mi abuelo paterno, Jorge, por otro lado, sí golpeaba; pero no a mi abuela, Mirna. Él le pegaba a sus amantes cuando estaba borracho. Mirna lo dejó cuando se le agotó la paciencia, pero eso no detuvo a Jorge: se volvió a casar con una mujer más permisiva. A su nueva esposa, al igual que a Mirna, le gritaba y maltrataba después de unos tragos.

Mientras tanto, mi padre tuvo que crecer con un progenitor ausente que trabajaba durante el día y bebía en la noche, y una madre que nunca lo quiso porque no era de su misma sangre. 

(Foto: starmedia)
(Foto: starmedia)

Los núcleos familiares de mis dos papás se rompieron por el alcohol; no obstante, no tuvieron problemas de formar uno sano y alejado de esas adicciones. Tal vez por eso no me gusta tomar mucho, a lo mejor tengo miedo de terminar como uno de mis abuelos

Según la Organización Panamericana de la Salud, en 2015 la tasa de muertes directamente causadas por el alcohol en Guatemala se posicionó en 22.3 por cada 100 mil habitantes. Las enfermedades del hígado son la causa principal del fallecimiento, seguidas por los desórdenes neuropsiquiátricos. Si bien no es una tasa tan alta comparada con la de otros países, es casi tan alta como la de las muertes por violencia, situada en 29 por cada 100 mil habitantes. 

Tasas de mortalidad atribuible al consumo de alcohol (por cada 100.000 habitantes), por sexos, en los países de las Américas (2012). (Fuente: OMS)
Tasas de mortalidad atribuible al consumo de alcohol (por cada 100.000 habitantes), por sexos, en los países de las Américas (2012). (Fuente: OMS)

A mis dos abuelos no los mató el trago. Rolando murió por la diabetes y a Jorge le dió un paro cardíaco. Ya de viejos, como dice mi familia, “se calmaron” y dejaron de beber. Fue un proceso paulatino en el que todos, de forma inconsciente, superamos su alcoholismo. 

Al final lo único que queda son los recuerdos de mis dos abuelos borrachos. Aunque ya no queda nada por lo que sentir remordimiento, está claro que el alcoholismo le arruinó la vida a mis abuelos y a su familia.

*Este relato fue construido a partir de una entrevista con la persona a la que hemos llamado Carlos, un nombre ficticio. 

30 de diciembre de 2016, 08:12

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