La ingrata guerra de nuestros tiempos

Hace 100 años, el mundo estaba inmerso en lo que, en su momento, se conoció como “La Gran Guerra”. La que no debía de repetirse jamás. La de los gases tóxicos y la muerte en las trincheras. La que aniquiló a una generación de europeos y acabó con imperios enteros.

La Primera Guerra Mundial dejó una cauda estimada de entre 15 y 17 millones de fallecidos. Condenó a centenares de miles a vivir con lesiones horrendas por haber sido víctimas de ataques con fosgeno o agente mostaza. Y aunque se prometió paz eterna después de 1918, la más trágica consecuencia que tuvo este conflicto fue la siguiente conflagración. 

Hace 70 años, el mundo volvía a jurarse a sí mismo que no podía caer en otra pugna de dimensiones planetarias, porque la Segunda Guerra Mundial, que finalizó en 1945, superó con creces los horrores de la Primera. Nos demostró que los humanos eramos capaces de desarrollar eficientes campos de exterminio y, empleando Zyklon B, matar hasta a 8 mil personas en cuestión de horas. O bien, con las recién nacidas armas atómicas, aniquilar dos ciudades y a 246 mil almas, con tres días de diferencia.

Pero el mundo nunca ha vivido en paz. Los seres humanos parecemos estar predispuestos para la guerra. Los conflictos, por lo general, tienen causas comunes: conquistar territorios, imponer una religión sobre otra, o una mezcla de ambas. Suelo y fe. Credo y tierra.

El Papa Francisco recién ha advertido que podríamos estar viviendo la Tercera Guerra Mundial. Tres aterradores ataques en los últimos días podrían ser la prueba. Un avión lleno de turistas cae del cielo después de que sus ocupantes vacacionaran en el Sinaí. Un barrio en el sur de Líbano es sacudido por dos bombas suicidas detonadas en una mezquita y una panadería. Una ciudad entera, la inmortal y luminosa París, es tomada como rehén por yihadistas que atentan contra su corazón.

Todas las víctimas, empero, eran inocentes. Ni una de ellas ha sido un combatiente capaz de defenderse de su agresor. En las últimas tres semanas murieron más de 495 personas, provenientes de alrededor de 15 países. Ni una sola de ellas es soldado, funcionario o ministro. Eran hombres, mujeres y niños que regresaban de un balneario, iban a comprar pan, o querían cenar, asistir a un concierto o ver un partido de fútbol. No iban armados. No sabían que un fanático del Estado Islámico les estaba esperando con una bomba, un cinturón de explosivos, un Ak-47 o una Kalashnikov. 

La guerra actual, la del Estado Islámico, también está motivada por las mismas razones de todas las anteriores. Suelo y fe. Credo y tierra. La duda es si habrá que combatir igual. Quizá sea el momento de pensar distinto. De plantearse alianzas insospechadas. De formar coaliciones donde no solo rijan los criterios de Occidente. El Estado Islámico es también enemigo del Islam. Solo cree en su visión fanática del mundo. Y nosotros no podemos (ni debemos) enfrascarnos en una Tercera Guerra Mundial,  porque de la Primera y de la Segunda, a duras penas salimos vivos. Y cuando hablo de "nosotros", me refiero a la Humanidad. 

 

 

19 de noviembre de 2015, 08:11