Jimmy y la marcha militar que no tuvo gracia

El presidente Jimmy Morales se volvió a equivocar al intentar revivir el desfile del Día del Ejército.  Fue un error anunciarlo para luego suspenderlo, y sobre todo, fue un error marchar, a son de broma, como integrante de la Tropa Loca, en la exhibición militar que al final se llevó a cabo en la Fuerza Aérea el domingo 3 de julio.

El mandatario no midió la oposición de algunos grupos al desfile del día del Ejército y tampoco calculó si estaba dispuesto a mantener su posición, pese a las protestas. Cuando la polémica subió de tono, Jimmy terminó cancelando el desfile --"al cabo que ni quería", le faltó decir-- y quedó mal con todos los involucrados. 

El presidente debería ser más estratégico –y menos voluble-- en sus mensajes políticos. Él no es un ejecutor de esta administración: es quien fija el rumbo. Ya a estas alturas debería saber hacia dónde quiere llevar al país.

Para lograrlo, lo principal es que el presidente siente cabeza con un grupo consistente de asesores políticos y le ponga un norte a su administración, para alinear las decisiones con la comunicación y los actos públicos.

Si Jimmy ya comprobó que la cercanía con ciertos militares recalcitrantes le hace daño a su gestión, debería poner distancia y escuchar otras voces, en especial aquellas que lo han animado a tomar decisiones que luego producen resultados positivos.

Si por el contrario, quiere dormir en los brazos de los veteranos, que se atenga a las consecuencias.

Ahora bien, no es cuestión de que un día llama a "la juntita" de militares y al otro día, a los civiles progres. No funciona así: la presidencia no puede parecer esquizofrénica.

Por incómodo que sea, Morales debe entender que no puede quedar bien con todos. De hecho, si el presidente se obstina en buscar esa meta imposible, solo conseguirá seguir debilitándose a sí mismo y a su equipo de gobierno. La incoherencia acabará socavando la confianza de todos sus allegados, que ya no sabrán qué esperar de él.

Jimmy Morales cuenta con una ventaja que ningún presidente de la era democrática había tenido: tiene muy pocas deudas políticas.

Llegó al poder de carambola, sin haber realizado una inversión publicitaria que lo lastre con financistas y sin que lo hayan impulsado significativamente otras figuras políticas.

Que un grupo de militares retirados le haya cedido a Jimmy Morales la ficha de un partido, sea. Pero hasta ahí. El presidente no debe seguir asumiendo el desgate totalmente innecesario que le endosan los militares de su guardia pretoriana, como este asunto de revivir el desfile del 30 de junio. 

Estamos iniciando el segundo semestre del año. El tiempo se acaba y el mandatario va tarde. A estas alturas, tendría que decidir, ahora o nunca, cuáles son sus objetivos políticos y avanzar en esa dirección.

El presidente Morales demostró en las últimas semanas que puede tomar decisiones acertadas. Debe hacer más de eso y evitar que lo manipulen, o tan siquiera la apariencia de que lo están manipulando

En el proceso, se entiende que Jimmy Morales no puede renegar de su esencia y él se hizo como comediante. El humor puede ser una gran arma política, pero a lo Winston Churchill. El ridículo, en cambio, es quizá uno de los pocos lujos que el poder no puede darse.

04 de julio de 2016, 09:07

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