La boda

Mi hermana Melissa y yo, en el día de mi boda. (Foto: archivo personal).

Mi hermana Melissa y yo, en el día de mi boda. (Foto: archivo personal).

La primera recién nacida que yo cargué, enmudecida de asombro por ese regalo de vida que cayó en mis brazos, pataleando y viendo al mundo como si pudiera ya interpelarlo, no fue mi hija mayor. Fue mi hermana.

Entonces yo estaba por cumplir 15 años y con Melissa aprendí muchas cosas invaluables: a cambiar pañales, hervir pachas y que a los bebés les gusta que los carguen boca abajo.

Como los ciclos se repiten, Melissa también ha estado a mi lado en los momentos decisivos. Ahí estaba, cuando me pusieron el velo de novia y cuando salí del hospital con mis dos hijos recién nacidos.
Dina Fernández
, columnista

Lo que más agradecí, sin duda, fue que la experiencia de cuidarla me enseñó que yo quería esperar para tener mis propios hijos porque eso de ser madre era tarea aparte.

Desde entonces, he visto a Melissa pasar por todas las ceremonias emblemáticas de la vida. Recuerdo el gorrito blanco de su bautizo, el paso decidido con que se fue al colegio, cómo se pintó el pelo de morado para su fiesta de 15 años, los bailes anuales de flamenco y la forma cómo salió al encuentro de su vocación profesional e inauguró su tienda.

Mi hija mayor, de bebé, con su tía Meme. (Foto: Archivo personal).
Mi hija mayor, de bebé, con su tía Meme. (Foto: Archivo personal).

Como los ciclos se repiten, ella también ha estado a mi lado en los momentos decisivos. Estaba conmigo cuando me pusieron el velo de novia. Y cuando salí del hospital con mis dos hijos, ella venía con nosotros en el carro y me ayudó a cuidar a los recién nacidos.

Hace unos días,  entré a la habitación de Melissa para acompañarla en una de las transiciones más importantes de su vida. La ayudé a vestirse, a ponerse un tocado de flores y a colocarse el mismo collar que usamos el día de nuestra boda mi mamá, mi hermana María Cristina y yo.

Últimamente, cada vez que pienso en ella vienen a mi mente las clases  de antropología del doctor Boremanse y la definición de los ritos de pasaje. Quizá porque cuando estaba ahí, viendo a Melissa prepararse para salir de su habitación el día de su matrimonio civil, no podía dejar de pensar que cada gesto nuestro era la repetición de otro, ejecutado por generaciones de mujeres.

Seguro, casarse hoy no es lo mismo que para la bisabuela Delfina, a quien casaron en Cobán a los 14 años con un señor que le doblaba la edad, cuando Estrada Cabrera se paseaba en carroza bajo los templos de Minerva, exigiendo que lo llamaran el “Benemérito de la Patria”.

Los términos del matrimonio no son hoy iguales que cuando nos comunicábamos por telégrafo o los Beatles se escuchaban en la radio. Pese a ello, en los preludios de una boda las mujeres seguimos pasándonos la estafeta, reinterpretada, de  lo que significa hacer vida en pareja y fundar una familia.

Este sábado, cuando Melissa salga de la iglesia del brazo de Diego, ya no será cuestión de formalidades legales o asuntos burocráticos. Y cuando repiquen las campanas, vamos a celebrar porque las bodas constituyen un acto de fe en el futuro, en la afirmación de la vida y en la fuerza de un gran amor.

Sé que me va a costar mucho mantener los ojos secos y de antemano pido disculpas.  Me imagino que tampoco podré decir mucho. Pero ahí estaremos las mujeres del clan, las que podemos hacernos presentes y las que no, como la bisabuela Delfina a quien sólo conocimos como foto y leyenda, doña O, la tía Grace y la Umá, para arropar a Melissa y Diego y desearles una vida plena.

Que los guíe Dios, que los acompañe el amor, que siembren y cosechen en ese surco que están por iniciar. 

¡Vivan los novios!
¡Vivan los novios!

*Las opiniones publicadas en las columnas son responsabilidad de su autor, no de Soy502

16 de febrero de 2014, 22:02

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