El micrófono aguanta con todo

En cualquier país del mundo medianamente civilizado al Ministro de la Defensa, Williams Mansilla, lo hubiesen despedido de manera fulminante después de unas declaraciones tan desafortunadas, machistas, misóginas y ofensivas como las que pronunció para “justificar” que a una niña de 15 años la hubiesen violado en el Instituto Adolfo V. Hall.

Decir que cometer semejante delito no es un crimen porque “ella tenía una relación sentimental con él desde hacía un tiempo” es propia de esta cultura patriarcal en la que, por desgracia, aún estamos inmersos, y que deberíamos de hacer hasta lo imposible por desechar, liderados por las más importantes figuras de nuestro escenario político.

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Pero no. En Guatemala como nos ha quedado totalmente claro, el micrófono todo lo aguanta. Este funcionario, como tantos otros, se mantendrá en su puesto sin siquiera sufrir de una sanción simbólica.

Hace apenas unas semanas el revuelo mediático lo provocaba José Moreno, el viceministro de Diseño y Verificación de la Calidad Educativa y su tesis sobre los hombres solteros. El asunto se quedó en nada. Mucho ruido y ni una sola nuez. ¿Qué esperar distinto si hasta el mismo presidente, Jimmy Morales, minimiza la ola de violencia que hemos vivido en los últimos días y al referirse al bombazo que dejó dos fallecidos en un bus de San José Pinula aseguró que “actos terroristas los han tenido hasta los países del primer mundo”?

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En las últimas horas mataron a dos hermanas, Claudia María y Dulce María Saquic. Gustavo Adolfo Arrecis fue asesinado frente a sus alumnos: el sexto maestro ultimado este año. Un cuerpo desmembrado (¡uno más!) apareció en la zona 10 de Mixco. Sobran ejemplos. La nuestra es una cultura de violencia. Y en una cultura así, minimizar una violación o justificar que hasta en Francia tiran bombas no contribuye a resolver la problemática que arrastramos desde hace décadas.

Estoy consciente que ni Mansilla ni Morales son directamente responsables de lo que pasa: ellos solo heredaron una nación que se desangra desde hace mucho. También sé que las estadísticas, como apuntó el mandatario, muestran que los índices de homicidios van a la baja. Pero en momentos de zozobra, más que darnos palmaditas en la espalda y argumentar que o no estamos tan mal o que la cosa no es tan grave si hay cariño de por medio, lo que la sociedad necesita son acciones concretas. Planes. Estrategias.

Y en medio de todo este dolor, toda esta sangre, todo esta agonía, en vez de escuchar planes o estrategias vuelven a retumbar los tambores de quienes abogan por “reactivar” la pena de muerte. Esa que el primer mundo está luchando por eliminar. Esa a la que se opone el Papa Francisco.

Abogo porque los micrófonos de nuestra clase política, que todo lo aguantan, más que lanzar mensajes poco claros y dispersos con respecto a este tema se empleen para comunicar las acciones a poner en marcha para acabar con las violaciones y los asesinatos. ¿Más muerte? Dudo que esa sea la salida. Nunca lo fue. Guatemala lo ha comprobado en carne propia.