Morir (decapitado) en Canadá

El motín tuvo lugar la tarde del domingo último en la Granja Penal Canadá. (Foto: Carlos Caljú/Nuestro Diario)

El motín tuvo lugar la tarde del domingo último en la Granja Penal Canadá. (Foto: Carlos Caljú/Nuestro Diario)

Vivir en Guatemala implica que, en algún momento de nuestras vidas, seremos víctimas de la delincuencia. Nadie está inmune a eso. Todos hemos pasado, en menor o mayor medida, por los sentimientos de impotencia, frustración, rabia, tristeza, cólera e incluso odio que nos provoca que otro ser humano atente contra nuestra familia, nosotros mismos o nuestra propiedad. El luto sobra, jamás escasea. Las cárceles repletas nos pintan como lo que somos: una sociedad donde no reina la paz, ni siquiera durante la temporada navideña.

Ahora bien,  sociedades como las nuestras decidimos, desde hace décadas, lidiar con quienes nos causan daño de una forma mucho más “civilizada” y humana de cómo lo hicieron nuestros antepasados. Al menos en el papel. Repudiamos la Ley del Talión que, con categórica claridad, establecía a la venganza como la mejor forma de resarcir un daño “ojo por ojo, diente por diente”. Prohibimos que las ejecuciones, ya fuese por medio de hoguera o guillotina, se convirtieran en espectáculos públicos en los que podía insultarse al condenado. Como raza humana, dejamos las decapitaciones por un lado. Al menos en el papel.

Optamos por la vía de la redención y de la reeducación de quienes atentan contra nuestra sociedad. Le apostamos a la institucionalización de los reos. A recluirlos en sitios donde el trabajo les dignificara y les diera una oportunidad de resarcir el daño causado. Pero resulta cada vez más claro que todo ello sólo ha quedado plasmado en papel. En las cárceles nadie parece rehabilitarse. Y se corre el riesgo de morir, aunque la condena diga otra cosa.

Esta semana se inició con la noticia de un incidente en la Granja Modelo de Rehabilitación Canadá, en Escuintla, que dejó una cauda de 17 muertos. Esta trágica historia es dolorosamente habitual en Guatemala y en muchos otros países de Latinoamérica. En estos días, la BBC presentó un reportaje sobre los “horrores” que se viven en los penales de Brasil. El panorama en México, El Salvador y Honduras es igual de aterrador. En todos estos sitios el diagnóstico es el mismo: cárceles hacinadas, guardias mal entrenados y peor pagados, y un sistema penitenciario colocado en el sótano de las prioridades presupuestarias.

De esta manera alimentamos un círculo vicioso del que no hay salida posible. En la Granja Modelo Canadá tres personas, según el viceministro de Seguridad Elmer Sosa, murieron decapitadas, a la usanza más salvaje. Otras catorce fallecieron por diversas heridas. Ninguna estaba condenada a la pena capital y su muerte a duras penas genera indignación. Total, eran "mareros". Ahora bien, la mayoría de los reclusos saldrán tarde o temprano de sus centros de reclusión cuando cumplan su condena. Y si fue imposible rehabilitarlos, porque ya solo le apostamos a esta posibilidad en el papel, ¿qué podemos esperar de ellos? ¿un poco más de lo mismo? Me temo que sí. 

 

 

 

 

 

03 de diciembre de 2015, 08:12

*Las opiniones publicadas en las columnas son responsabilidad de su autor, no de Soy502
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