Qué necesitamos para que el cambio termine de nacer

Para que las cosas cambien, las reformas deben ser de fondo. (Foto: Jesús Alfonso/Soy502).

Para que las cosas cambien, las reformas deben ser de fondo. (Foto: Jesús Alfonso/Soy502).

El 2016 ya se ha mostrado como el momento de prueba en los consensos sociales para fortalecer el Estado. Cerramos el 2015 sintiendo que la lucha contra la corrupción nos hermanaba a todos, pero es justo recordar que no todo fue miel sobre hojuelas y no siempre estuvimos en la misma sintonía. Las posturas en contra y a favor de la renuncia de la Vicepresidenta se fueron encontrando hasta el contundente vuelco a favor, pero las voces para exigir la renuncia del Presidente, entre mayo y septiembre, dividieron a los distintos sectores hasta el recordado 27 de agosto.

En 2015 vivimos algo diferente, cuando parecía que sin remedio nos dirigíamos a continuar el ciclo de desgaste y que las prácticas descaradas de la política estilo Líder y Patriota se perpetuarían. Los ya bautizados “140 días de primavera” nos dieron un enorme respiro. Hablar de un proceso de cambio no es exagerado, pero hablar de un cambio consolidado es ingenuo.

Siempre me pareció atractiva la propuesta de Foucault según la cual la mejor forma de estudiar las dinámicas de cambio social consiste en analizar lo que sucede entre el centro y las periferias. La propuesta incita a concebir un eje central (núcleo) y todos aquellos elementos que se suscitan a su alrededor.

En el caso de una sociedad, el eje central estaría conformado por todas aquellas instituciones, colectivos e ideologías que dan soporte a la vida en sociedad: es la postura hegemónica de quienes concentran poder económica, social y políticamente.

El margen más periférico lo conforman todos aquellos disidentes, excluidos, vulnerados o menos beneficiados de esa dinámica social; que en el caso de nuestra linda Guatemala son esa mayoría de población creciente, que la ENCOVI 2014 identifica como personas en situación de pobreza.

Hay una vieja política que no termina de morir, y hay un despertar ciudadano que no ha terminado de nacer. La vieja política no es necesariamente ideológica, sino una enfermiza y delincuencial dinámica que cooptó la representación social para hacerse del Estado y sus recursos.

Y ese despertar ciudadano no es necesariamente uniforme, pero además tiene el reto de descubrir formas de organización que nuestra sociedad no ha visto en décadas. Esas posturas están llamadas a reñir, a encontrarse y enfrentarse hasta que una reduzca a la otra; o hasta que en malévola armonía decidan danzar sin verse a los ojos.  

Ya el 2016 nos mostró divididos y en pugna por algo que en 2015 parecía habernos encontrado en consenso, la pequeña escaramuza por las reformas a la Ley Orgánica del Ministerio Público es un resquemor innecesario, con desatino de quienes apostaron por detenerlo.

Si las reformas requerían mejoras se debió tener un debate técnico y transparente, pero la opción fue más bien el de la práctica legislativa vivaracha y opaca. La presión ganó esta vez, pero si seguimos así no se augura armonía.

Regresando a Foucault podemos augurar que sólo habrá un verdadero cambio social en la medida en que conciencia ciudadana  se incline por los cambios fundamentales que cambien las condiciones de la mayoría de población viviendo en la periferia en pobreza. Si la conciencia es real, y buscamos una nueva forma de política, el despertar ciudadano debe hacernos voltear a la periferia y acompañar caminando a esa mayoría marginal de población en pobreza hacia un nuevo centro más amplio para todos los guatemaltecos. Debe llevarnos a descubrir una realidad hegemónica en donde haya país para todos, sin quitarle país a nadie.

Por eso hay que terminar de nacer, nacer en conciencia pero sobre todo en organización.

*Las opiniones publicadas en las columnas son responsabilidad de su autor, no de Soy502

25 de febrero de 2016, 20:02

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