El niño que lloraba en el recreo

Este niño se aleja solo del Hogar Virgen de la Asunción, luego de la tragedia donde murieron 40 niñas. (Foto:Jesús Alfonso/Soy502)

Este niño se aleja solo del Hogar Virgen de la Asunción, luego de la tragedia donde murieron 40 niñas. (Foto:Jesús Alfonso/Soy502)

Tenía unos 13 años y estaba llorando de rabia en medio del patio de recreo: solo, con la cara roja y el pelo húmedo de sudor, después una sesión más de humillación y tortura colectiva.

No sabría decir si esa vez también le pegaron, porque me fijé en él cuando sonó el timbre y yo levanté la vista del libro que me tenía embebida.

Lo recuerdo ahí, con la mirada enfurecida, tratando de contener los sollozos, sin la ayuda de nadie. Esa imagen la han avivado las noticias y las redes sociales, ahora que se han concentrado en un jovencito que llevó un arma a un colegio, con cauda de un disparo detonado, por fortuna sin lastimar a nadie.

He pensado en ese niño que lloraba en el recreo, porque cuando yo fui testigo de su tormento, ni dije nada en mi casa ni a las autoridades del colegio ni enfrenté a los agresores ni le ofrecí mi ayuda o simpatía. Simplemente cerré el libro y seguí en lo mío. 

El acoso escolar –y otros tipos de abuso contra los jóvenes—han existido siempre, pero parecen haber tomado una dinámica y una dimensión más graves. Hemos visto crímenes en centros educativos y también suicidios. Ahí está el caso espantoso del niño de once años que murió en Huehuetenango en 2012, luego de que le inyectaran aire comprimido por el ano.

La sociedad debe reaccionar ya, no solo para proteger a sus jóvenes, sino para analizar las causas del problema y crear ambientes más sanos.

En el caso particular del muchacho que llevó un arma a un colegio de Carretera a El Salvador, no dudo que su familia encontrará las herramientas para ayudarlo.

El problema es que la enorme mayoría de jóvenes que están en situaciones difíciles, incluso desesperadas, carecen no solo de recursos sino incluso de un entorno familiar que pueda arroparlos. 

El gobierno no ha si capaz de prevenir los crímenes y abusos que se cometen reiteradamente contra niños y adolescentes. Como único y tardío remedio ofrece entidades que se parecen más a un campo de concentración que a un refugio, como el Hogar Virgen de la Asunción donde acaban de morir 40 niñas quemadas.

Es momento de que todos asumamos la responsabilidad que nos corresponde para proteger a niños y jóvenes: desde las familias y las comunidades educativas hasta el Estado en su conjunto. En especial, es hora de reconsiderar el marco regulatorio de protección a la niñez y la juventud y reorganizar las instituciones y recursos que hoy se le asignan.

Los niños y los jóvenes lo reclaman, como ese niño que yo ví, hace tantos años, llorando de rabia en medio del patio de recreo. No puede ser que a tantos como él, les sigamos dando la espalda con nuestro silencio e indiferencia.

*Las opiniones publicadas en las columnas son responsabilidad de su autor, no de Soy502

19 de marzo de 2017, 05:03

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