Soñar con las estrellas

La tragedia del Challenger, sucedia hace 30 años, trae recuerdos a muchas personas que presenciaron el evento y que de alguna forma impactó en sus vidas. (Foto: Archivo)

La tragedia del Challenger, sucedia hace 30 años, trae recuerdos a muchas personas que presenciaron el evento y que de alguna forma impactó en sus vidas. (Foto: Archivo)

Recuerdo vívidamente dónde estaba cuando me enteré que el transbordador espacial “Challenger” había estallado en el aire. Everardo, el papá de mi amiga Miriam, nos lo contó al salir de clases, el 28 de enero de 1986. Han pasado treinta años y no se borran de mi mente las imágenes de los cohetes propulsores hechos humo. Y me sigue impresionando, cada vez que lo escucho, la estoicidad con la que el controlador de la NASA solo atinaba a decir: “esto es obviamente una falla mayor”. A bordo iba una maestra, Christa McAuliffe, por lo que la audiencia estaba garantizada. Y miles de escolares, observaron con horror, en vivo y en directo, como siete astronautas perdían la vida 73 segundos después de haberse iniciado lo que era un sueño acariciado por todos desde hacía  tiempo.

El habernos embarcado en la exploración espacial es, a mi criterio, una de la hazañas más impresionantes de la Humanidad. Un ejemplo perfecto de lo qué puede lograrse cuándo se traza una meta con un objetivo claro y se dispone de talento, valentía y recursos. Cientos de científicos estudiaron, durante décadas, la manera en cómo podían desafiar a la gravedad para permitirle a un ser vivo atravesar la órbita del planeta Tierra. Otras decenas estudiaron cómo hacer que un módulo fuese capaz de irse de aquí pero, quizá lo más importante, pudiera regresar a casa. 

Y están las decenas de personas que estuvieron dispuestos a arriesgarlo todo, literalmente, por la conquista de la última frontera. Los primeros hombres y mujeres de las estrellas iban a bordo de cápsulas minúsculas en donde apenas cabían, viajando a velocidades que desafiaban no solo a la imaginación, sino a sus cuerpos. La Vostok, de Yuri Gagarin, era de 2.4 metros de diámetro y se incendió en el reeingreso, cuando se convirtió en el primer ser humano en ver a nuestro planeta desde arriba, el 12 de abril de 1961. La Freedom 7, de Alan Shepard, medía 2.9 metros y regresó sin contratiempo. 

La exploración espacial no ha sido una excentricidad. Gracias a ella tomó fuerza el movimiento para la protección del medio ambiente. Sin satélites no estaríamos conectados, como lo estamos, 24 horas al día, siete días a la semana. El GPS surgió como resultado del Sputnik, el programa soviético lanzado en 1957. Los propulsores que impulsan las naves se usan hoy para combatir incendios. Ejemplos sobran. Pero sobre todo, nos demuestra que, si nos concentramos en un objetivo, somos capaces de alcanzar las estrellas. A todo nivel. Queda la reflexión para analizar todos los temas apremiantes, urgentes, y postergados de este país. Tenemos talento y tenemos valentía.  Y deberíamos de tener recursos. Lo nuestro no es llegar a la Luna. Con acabar con el hambre de los niños tenemos más que suficiente. 

*Las opiniones publicadas en las columnas son responsabilidad de su autor, no de Soy502

02 de febrero de 2016, 07:02

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