La vendedora de dulces y los muertos invisibles

La prensa no pudo darle un rostro ni contar la historia de la vendedora de dulces que murió en una balacera en la Zona Viva. (Ilustración: Ana Lucía Meneses/Soy502)

La prensa no pudo darle un rostro ni contar la historia de la vendedora de dulces que murió en una balacera en la Zona Viva. (Ilustración: Ana Lucía Meneses/Soy502)

Octubre de 2010. Era domingo y estaba de turno en la redacción del diario donde trabajaba. La noticia que acaparaba los titulares ese fin de semana era una balacera ocurrida el sábado a las dos de la madrugada, en una taquería de la Zona Viva. Un grupo de sicarios, fuertemente armados, había desatado una ráfaga de disparos sobre los comensales, dejando tres muertos y ocho heridos. 

Semanas después se supo que el blanco del ataque habían sido dos de las personas que resultaron heridas y que el resto de las víctimas, incluyendo a los tres muertos, habían sido víctimas colaterales. No recuerdo si el móvil del ataque se esclareció.

Entre los tres muertos se encontraba una joven de 28 años que había recibido una beca para cursar una maestría en una universidad extranjera y acababa de regresar al país para trabajar con un organismo internacional. Las otras dos víctimas mortales eran un hombre de 36 años y una vendedora ambulante de dulces, de 15.

Así se veía la calle donde ocurrió el crimen que le costó la vida a tres personas inocentes. (Foto: Archivo/Nuestro Diario)
Así se veía la calle donde ocurrió el crimen que le costó la vida a tres personas inocentes. (Foto: Archivo/Nuestro Diario)

La prensa le asignó a la joven de 28 el papel de actriz principal en la tragedia recién acontecida. Tenía un apellido anglosajón y sus fotos, en las que lucía bella y sonriente, pronto se convirtieron en el rostro de la balacera de la taquería. Sus profesores y amigos elogiaron su inteligencia, talento y simpatía y expresaron dolor y tristeza por su muerte.

El diario donde trabajaba le dedicó una página completa al perfil de la prometedora joven. Era el caso que tocaba las fibras del lector urbano clasemediero.

De los otros dos no se supo más que el nombre y la edad. Eran como los extras de la película.

Las tres víctimas habían muerto en el mismo lugar, sus cuerpos perforados por las mismas balas pero el trato que recibieron fue marcadamente diferente, lo cual me recordó la frase atroz que días antes había pronunciado la compañera que cubría temas de seguridad: “Aquí sólo se hace nota roja cuando se trata de un muerto VIP”.

Cuando protesté ante la invisibilización de los muertos que no merecían la distinción de VIP, la editora de turno me dijo que si quería podía escribir el perfil de la vendedora de dulces.

Con libreta en mano, llegué a la 2ª avenida y 14 calle de la zona 10, donde el restaurante todavía se encontraba acordonado por el Ministerio Público.

Recorrí toda la cuadra preguntando a los trabajadores de cada bar y restaurante si recordaban a la vendedora de dulces. Todos se encogían de hombros. “Ay seño, aquí entra tanto patojo…”

Los administradores y meseros con los que hablé posiblemente habían sacado a la niña vendedora de sus locales, en más de una ocasión, exhortándola a dejar de molestar a su clientela. 

Ahora nadie la recordaba. La niña se diluía en el paisaje como los adoquines grises de la banqueta. El historiador Mark Curtis acuñó un término para estas personas invisibles: the un-people, las personas que no son personas. 

Mientras hablaba con administradores y meseros, pasaron varios niños cargando exhibidores repletos de celulares o cajas de dulces, chicles y cigarros amarrados al cuello con un lazo. La niña que fue alcanzada por una bala en la taquería mientras trabajaba a las dos de la madrugada podría haber sido cualquiera de ellos

Regresé a la redacción con una hoja en blanco. Obtuve el número de celular del padre de la niña. No recuerdo cómo. Lo marqué varias veces hasta que me contestó una voz masculina. Era el hermano mayor. “Disculpe pero fíjese que la familia prefiere no hablar. No queremos que conviertan la muerte de mi hermana en un circo”. Colgó.

Los familiares de la niña hicieron bien al rehusarse a hablar sobre su muerte, ya que de haberlo hecho una turba de linchadores, sentados cómodamente detrás de una computadora seguramente los hubiera tachado de malos padres por haber obligado a su hija de 15 años a trabajar, en altas horas de la noche, vendiendo dulces para ayudar a su familia a sobrevivir. 

Llamé a la representante de una organización que vela por los derechos de la niñez. Le pregunté si tenía alguna estadística sobre el número de niños que trabajan vendiendo chicles, limpiando vidrios, lustrando zapatos o cortando café en una finca. Respondió que no. Sólo podía ofrecerme verdades de Perogrullo como: “Es lamentable que en Guatemala existan altos índices de violencia…bla, bla, bla, niñez violentada, bla bla bla”. Escribí dos mil caracteres narrando mi búsqueda infructuosa y rematé el texto con las palabras insulsas de la directora de la ONG. 

Mientras escribía, dibujaba en mi mente el rostro de la niña. La imaginé de cabello negro y tez acanelada, con ojos grandes y ligeramente achinados. Nunca pude averiguar si alguna vez fue a la escuela, dónde vivía, cuántos hermanos tenía, ni qué quería ser de grande.

Pocos días después, los vidrios destrozados por la balacera habían sido reparados, la sangre había sido lavada del suelo y los comensales de la taquería reían y conversaban alegremente. La vida se había detenido, momentáneamente, en esa esquina de la ciudad, pero ahora continuaba su marcha inexorable como si nada hubiera sucedido. 

Siempre que doblo la esquina de la 2ª avenida y 14 calle de la zona 10 pienso en Patricia Velásquez Morales, la vendedora de dulces de 15 años que murió aquella noche. Recuerdo su nombre y mi mente recorre las facciones del rostro imaginario que le di. Hay que nombrar a los innombrados para rescatarlos de la fosa común del olvido.