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Las decisiones de fin de año

  • Por Julio Serrano Echeverría
La llegada del Año Nuevo, el fin de un ciclo, obliga a reflexionar. (Foto: Hipertextual.com)

La llegada del Año Nuevo, el fin de un ciclo, obliga a reflexionar. (Foto: Hipertextual.com)

Pasa con el final del año que es el la frontera final de la agenda. Con la euforia de las fiestas viene el bajón del tiempo.

No vamos a negar que estos días tienen tanto de alegría como de reflexión. Pasa. Nos quedamos con la mirada perdida por ratitos en medio del jolgorio, pensando en todo lo que pasó, en lo que pasará, en lo que quisimos pero no pudimos, en lo que pudimos pero no pensamos, en fin.

Siempre he pensado que los hombres urbanos del trópico no tenemos ni idea de ciclos. No lo llevamos en el cuerpo, no trabajamos la tierra, no miramos la luna ni tenemos cuatro estaciones. Solo está el fin de año, el único ciclo evidente –porque no es que no haya, ahí están, todo el tiempo, es que no los vemos- y no me atrevería a decir que sea consciente. Sabemos poco de empezar y terminar los hombres, o lo sabemos de otra manera, muchas veces bastante torpe. 

Y bueno, muchas personas sacan raja de este fin de ciclo. En términos más amigables la economía tienen un subidón entre el consumo, la venta, los cada vez más escasos aguinaldos, etcétera. Pero es un remolino poco dadivoso. No quiero ser el aguafiestas que señale las deudas, las tarjetas de crédito y la poca visión a futuro que tenemos, pero es que pues, enero, febrero, marzo, son meses jodidos y  padecemos de esa felicidad y amor perecedero que se acaba más rápido que los tamales. Muy mal saque eso de ser amorosos por temporadas específicas, luego, la indiferencia y la distancia.

Hay que decir que estas fechas traen mucha reflexión también por contraste, como sociedad –de consumo- somos improvisados, incautos, poco previsores, digamos que el bajón que viene en enero nos recuerda también un poco que la administración pública se parece a la manera en que como sociedad nos conducimos.

El despilfarre y la precariedad suelen venir de la mano, y pasa lo miso con lo emocional, cómo le hacemos para redistribuir el amorcito más allá de las fechas, para juntarnos con más frecuencia, para intercambiar mensajes hermosos, darnos pequeños regalos, preocuparnos por el otro, compartir un plato de comida, menos banquete y más cenitas digamos.

Qué sé yo, suena a aguafiestas pero no es verdad, que estas fechas nos cuestionen también las maneras en que convivimos todos los días, no puede ser que dejemos nuestros corazones en manos de la tarjeta de crédito y los bonos laborales.

Queda claro que amar es parte de transformar esta realidad canija, y ese es un bien nuestro que ni el más incompetente sistema debería de quitarnos, digamos que en una versión bastante tropimarxista, veamos cómo redistribuir el amor.

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27 de diciembre de 2017, 09:12

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