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El maldito calorcito

  • Por Vic García
Calor y reguetón: el combo del verano en Guatemala. (Foto: Servicios)

Calor y reguetón: el combo del verano en Guatemala. (Foto: Servicios)

Cada vez que escucho a alguien decir “ala, ya se siente el calorcito de Semana Santa, qué rico, ¿verá?", me debo contener las ganas de zamparle un periodicazo en el hocico.

Vamos a ser así de enfáticos para empezar. Para mí lo de “la calor” es un tema serio, uno de esos malestares disfrazados de bienestares. Como la guerra, saca lo peor del ser humano y como el guaro, lo peor de mí. Pero a la gente le gusta el jodido calor, le encanta el maldito calorcito.

A más de 28 grados no se suda, se llora por los poros. A más de 32, el lóbulo frontal se apaga automáticamente para proteger al cerebro de un sobre calentamiento. Quedamos reducidos a poco más que reptiles bípedos de sangre caliente. El calor embrutece al hombre, nubla el juicio, adultera la capacidad de razonamiento.

Cuando hace ese maldito calorcito la gente sirve solo para una cosa: aparearse. De ahí el montón de muchachitos que viene al mundo en diciembre y enero. Los Hijos de Semana Santa les digo yo. Concebidos entre sudor, latas de cerveza y arena, los pobres patojitos.

Y claro, lo peor, el mal mayor: tún, takú tatún, tatú katún, tatú katún. El vecino semidesnudo lavando su carrito todos los días, en plena vía pública, al ritmo del tún, takú tatún, tatú katún, tatú katún. Y sigue. “¡Sale churrascón pérez en mi casa muchá!”, el mismo vecino armando un gran despije en el patio desde el medio día hasta la madrugada. Humo, tufo a cerveza seca, vómito, gritos, alaridos, pencazos y claro, más tún, takú tatún, tatú katún, tatú katún.

Tres meses de tún, takú tatún, tatú katún, tatú katún ininterrumpido. Se escucha a lo lejos, a lo cerca, entre el tráfico, en los elevadores, en el dentista, en los backtones, hasta en las canciones de cuna. Esa tormentosa forma en que el maldito calorcito se nos mete hasta por los oídos: el soundtrack del verano, tún, takú tatún, tatú katún, tatú katún, el pinche reguetón.

Un estudio reciente de la prestigiosa Universidad de la Vida en colaboración con Spotify reveló que durante los meses que la temperatura sobrepasa los 26 grados la reproducción de temas de este infame género aumenta hasta en un 800%, con todo lo que conlleva: libertinaje, anarquía, transmisión de ETSs y demás pestes sociales.

El calor hace salir a la gente de sus casas y le exprime la estridencia, fenómeno que no se da en época de frío o lluvia, cuando el ser humano se refugia en el calor de su hogar a ver su “Neflis”, a tomar chocolatito con “marshmelos” y todos calladitos más bonitos. 

El calor aletarga, ahueva, achoya, aguamba, reduce los niveles de productividad de un país. Lo primero que arrastra una ola de calor es nuestra ya endeble economía.

El calor es ansiedad externa, abrasa no abraza. Cuando hace calor el Demonio se siente más cómodo de salir del infierno para tentar al hombre. Está comprobado que existe una relación directa y proporcional entre el nivel de temperatura y el índice de criminalidad. “El calor incita a vivir al extremo, como si fuera el último día. Consiguientemente, provoca desinterés por el futuro a mediano y largo plazo, lo que propicia un estado de descontrol que en muchos casos lleva a la violencia y el aumento de la agresividad.” Cito para que vean que no hablo pajas. 

Al calor, pues, no le encuentro nada de rico, ni de sabroso ni de calorcito. Lo encuentro un espejismo que nos atrae a la barbarie y a la ruina social que vivimos en esos tres meses al horno.

Rescatemos algo: el florecimiento de la jacaranda y el brote del matilisguate. Saquemos de ese infierno algo positivo, las alfombras lila que cubren las calles de la ciudad. Alfombras que desafortunadamente se extienden para recibir la visita del maldito calorcito.

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10 de marzo de 2018, 12:03

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