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#TrágicoGT

  • Por Vic García
Movilizarse en la ciudad de Guatemala es un desafío. (Foto: Archivo Soy502)

Movilizarse en la ciudad de Guatemala es un desafío. (Foto: Archivo Soy502)

Arterias congestionadas por el colesterol de las ciudades. Cuatro ríos de acero, plástico y caucho estancados hasta donde llega la vista y hacia los cuatro puntos cardinales. 

Hacia el sur, la Aguilar Batres socada; hacia Occidente, La Rúsvel hasta atrás. Hacia el norte, la Martí colapsada y hacia Oriente, Carretera a El Salvador intratable. ¡Ay, Carretera a El Salvador! Cuánta vida se está quedando allí…  

Nuestra ciudad, un corazón a punto del infarto. Siempre he pensado que en caso de la inminente caída de un meteorito, lo mejor será quedarse sentadito en casa viéndolo por la TV, en paz y en HD. Mejor esperar el fin el mundo en el sofá que en el asiento del carro, a media Martí.

Les soy honesto, yo renuncié a mi estatus de conductor. Tengo la licencia como un recuerdo de aquellos dorados tiempos en que la Diagonal 6 era un atajo. Ahora es Uber o a pata. Hasta pisto de parqueo me ahorro en ambas opciones. Con los dos o tres trastornos de la personalidad que padezco no me podía someter a la cruel tortura de pasar cuatro horas del día encerrado en esa celda de manicomio portátil que conocemos como carro. Me mato, ¡les juro que me mato!

Drama, desesperación, demencia. Imágenes surrealistas. La ya icónica de aquel hombre en pelota encaramado en el carro a medio periférico. La de la niña que se bajó del vehículo a media Diagonal con su cachorrito en brazos, partida en llanto, tratando de correr entre los carriles para llegar a la veterinaria antes de que fuera demasiado tarde. Las cuatro doñitas montoneras que vi salir de una camioneta a vapulear a carterazo limpio a un poli de tránsito que les impedía el paso frente al Oakland.

El tráfico es como el guaro, puede sacar lo peor del ser humano. 

Angustia, desesperación, sopor, aburrimiento y agonía, que fácilmente se transforman en ira, prepotencia y hasta violencia. “Defina guatemalteco en una frase: prefiere chocar que dar vía”, leí alguna vez en el Twitter. En el tráfico también se quedan las buenas maneras, las normas básicas de educación respeto y cualquier rasgo de solidaridad humana. Por las almas de aquellos que aceleran cuando uno pide vía, por esos te rogamos Señor.

El tráfico es la goma de la borrachera laboral. Atorazón, trabazón, trancón, presa, embotellamiento, taco, taponamiento, atolladero, atasco, caravana, pifostio. Como el demonio, el tráfico tiene muchos nombres. Congestionamiento vial, neumonía mental. El tráfico nos separa de la ansiada cama, del sofá y de Neflis, del plato humeante de frijolitos, de nuestros hijos y nuestras parejas. Es un maldito corrosivo que rompe el tejido social.

Yo tengo un sueño, una visión quizá. Nos veo a los cientos de miles de resignados apagar el carro a media calle, subir los vidrios, bajarnos, cerrar la puerta, irnos a chupar a la cantina o bar más cercano y volver al otro día por el cacharrito. Sería bonito y estaría bien. 

Es mejor tomarse ciertas desgracias con humor, pero esto de ser rehenes de la calle no está bien. Nos está enfermando. ¿Qué pasó hoy en Carretera/La Rúsvel/La Diagonal/La Séptima/Etc? Es una pregunta que se escucha a diario. Pues más que lo pasó es lo que dejó de pasar y lo de siempre. Es verdaderamente trágico.

*Post scriptum del autor:

Esta columna debió estar atorada de las más vulgares maldiciones y las expresiones más soeces de la lengua española, de esas que nos mandamos cuando estamos enclaustrados en el tráfico, pero debí reservármelas para guardar la línea editorial de este noble medio. Sírvase el lector usar su imaginación a placer.

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06 de julio de 2018, 19:07

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