El borracho superlativo de la cevichería

En las cevicherías todos andan relajados y a veces, algo borrachos también. (Foto: Servicios)

En las cevicherías todos andan relajados y a veces, algo borrachos también. (Foto: Servicios)

Las cevicherías son de los centros de reunión más comunes del fin de semana.

Guatemala tiene ese extraño tipo de privilegio: por encima de los 1500 metros sobre el nivel del mar, solemos consumir mariscos frescos, asumo que de la cercanía de la costa del Pacífico, y pues, de donde quiera que vengan, benditos sean los frutos del mar.

Estos centros de encuentro familiar son, hay que decirlo, la versión mejor tolerada de las cantinas, y lo digo con pleno amor por las últimas. Música rocolera, carcajadas y vozarrones entre mesa y mesa, todo el mundo anda relajado y luego de un par de horas, también algo bolos, y algo es un decir.

Un sábado se acerca a la mesa en la que compartíamos con unos amigos después de una jornada de trabajo, un joven sonriente y amigable que había llegado solo al lugar y, como suele suceder, las cervezas le habían dado valor para preguntar si podía unirse a nuestra mesa.

Quince minutos después estábamos ya todos risa y risa con el visitante que resultó ser un tipo bastante simpático, cuando menos esos primeros quince minutos.

Entrado en confianza el personaje, de cuyo nombre no quiero recordarme, cambió su actitud de simpático desconocido a un pesadísimo conocedor de todo. Su primera característica era interrumpir compulsivamente a cada uno de los que estábamos ahí, a cualquiera de nuestros comentarios.

“El Superlativo” siempre era mejor: si alguien decía yo me desperté a las seis, él decía yo a las cuatro, si otro “aprendí a nadar en un río a los nueve años”, “el Superlativo” había aprendido en el mar a los cinco años rodeado de tiburones. 

Con la política era el peor, tenía algo que decir sobre todos y cada uno de los personajes de la conversación, pero estaba obsesionado con “la Baldetti”. Empezó pues con los chistes machistas, clasistas, con las comparaciones baratas, y con su análisis político de cinco pesos. Para entonces “el Superlativo” ya no era más que otro borracho insoportable.

En principio la estrategia era simplemente ignorarlo. Pero el todólogo vociferaba aún más fuerte y más estúpido. Una amiga en la mesa le paró el carro en seco y le sugirió que se fuera, a lo que el politólogo de cevichería respondió ofendidísimo que lo estábamos excluyendo, que le censurábamos su opinión, y subió el tono a la vez que otro amigo, ahí sí, lo mandó a joder a otro lado, para decirlo así bonito.

La historia terminó con un sabor amargo. Nuestro encuentro se convirtió en la pesadilla del monólogo de un borracho que insistía en imponer su opinión a todas luces ebria y violenta.

Y no sé por qué, este borracho me hizo pensar en la manera en que discutimos en las redes sociales, en esa virtual cevichería. Y en ese espacio, ebrios de atención, a mucha gente se le sale lo peorcito, como eructo de bolo.

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24 de julio de 2017, 05:07

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