El depravado de la 101

Las mujeres viven expuestas a constantes abusos en el transporte público. (Foto ilustrativa: Alejandro Balán/Soy502)

Las mujeres viven expuestas a constantes abusos en el transporte público. (Foto ilustrativa: Alejandro Balán/Soy502)

Era temprano en la mañana y me dirigía al trabajo. “Caminen, caminen, sigan por la fila de en medio”, exhortaba el ayudante del bus a los pasajeros que se subían.

Me preguntaba a cuál fila de en medio se refería cuando el bus iba tan lleno que varios jóvenes iban colgando precariamente de la puerta trasera, como un racimo de uvas.

Iba de pie, en la inexistente fila de en medio, con los brazos levantados para agarrar el tubo con ambas manos.

Al llegar al semáforo, el bus se detuvo. Varias personas bajaron, pidiendo permiso y abriéndose paso a empujones, y otras subieron, arreadas como reses con el taxativo “caminen, caminen”.

Empujada por la marea humana que subía, con el roce de cada cuerpo sobre mi espalda sentía que corría el riesgo de caer sobre el regazo de la señora que se encontraba sentada junto a mí y aplastarla.

De repente sentí una punzada de dolor bajo la cintura. Estuve a punto de gritar. Pensé que seguramente alguien se había subido con un canasto o algún otro objeto y al abrirse paso a la fuerza me había arañado con una esquina filosa.

Con los brazos alzados y atrapada por tantos cuerpos zambutidos en un espacio demasiado pequeño, era imposible darme la vuelta para ver qué había sucedido e increpar a quien me había hecho semejante arañazo.

Cuando finalmente llegué a mi destino y me bajé pude comprobar, horrorizada, que tenía un corte horizontal, de unos diez centímetros, que me atravesaba el pantalón y la ropa interior. Un corte recto que solo pudo hacerse con una navaja o una lámina de afeitar.

Me quedé ahí, parada, en shock, tratando de asimilar lo que había sucedido, cuando un hombre pasó junto a mí y dijo: “Seño, lleva roto el pantalón”.

No llevaba suéter ni saco ni nada con qué cubrirme. Con las mejillas enrojecidas por la vergüenza y la humillación, paré un taxi, regresé a mi casa y me cambié de ropa apresuradamente. Llegué tarde al debate que tenía que cubrir ese día en el Congreso.

Unos seis meses después, mientras almorzaba con las compañeras del diario sentí un escalofrío cuando una de ellas narró el mismo incidente. “¿En qué ruta fue?”, le pregunté. “La 101, en la avenida Reforma”, respondió. No lo podía creer. Era la misma ruta y lugar en que yo había protagonizado el bochornoso incidente.

En la ciudad andaba suelto un ser tan depravado que recorría esa ruta cada mañana, armado con una navaja, y acechaba a sus víctimas, incitado por el gozo morboso de atisbar diez centímetros de piel.

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13 de julio de 2017, 05:07

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