Cuando el amor se acaba

Una despedida al atardecer. (Foto cortesía Ricardo Mora/Instagram @esepulpo)

Una despedida al atardecer. (Foto cortesía Ricardo Mora/Instagram @esepulpo)

Era sábado en la madrugada. Vivíamos en el noveno nivel de un edificio en el Centro Histórico y desde una casa ubicada del otro lado de la calle, se escuchaban gritos.

Una pareja discutía. Ya los había escuchado, en noches como esta, mientras trabajaba sentada a la mesa con mi computadora. Las voces subían de volumen, perforando el silencio de la noche. No se escuchaba lo que decían, sólo el murmullo de voces que se incrementaba hasta convertirse en un intercambio de gritos.

Pensaba en ellos, sin tener idea de quienes eran, y me preguntaba si alguna vez se amaron y fueron felices, si algún día caminaron por la calle tomados de la mano, y qué había fallado en esa relación para que cada fin de semana terminaran gritándose de esa manera. 

Hay amores que terminan así, entre gritos, insultos, y recriminaciones, y otros, como el nuestro, que sufren una muerte silenciosa. Entre nosotros nunca hubo gritos ni peleas, pero con el paso de los años los innumerables reproches que callamos se fueron acumulando hasta convertirse en un muro que nos separaba.

Con o sin gritos en medio de la noche, el amor se acaba.

Retrato entre sombras. (Foto cortesía Ricardo Mora/ @esepulpo)
Retrato entre sombras. (Foto cortesía Ricardo Mora/ @esepulpo)

Las últimas semanas que pasamos en ese apartamento me sabían a despedida. En cada rincón de la zona uno había recuerdos: el restaurante chino donde solíamos almorzar los sábados, nuestra cafetería preferida sobre la sexta avenida, lugares y calles donde dejamos parte de nuestras vidas y donde fuimos felices.

En esos días trabajaba febrilmente. Redactaba notas hasta altas horas de la noche hasta que me vencía el sueño y caía, exhausta, sobre la cama. En el trabajo buscaba un escape, una anestesia, como el yonqui que se inyecta heroína en las venas. 

Cuando no estaba escribiendo había mandados que hacer, platos que lavar, comida que preparar, y suelos que trapear: una lista interminable de tareas que hacía a destajo como la operadora de una maquila. Y así, concentrada en cada tarea, evitaba pensar y sentir.

Pero los gritos de esa pareja me hicieron perder la concentración y en ese instante de la madrugada, sola, sentada frente a la computadora, tuve que enfrentarme a mi misma y a mi angustia.

De mis ojos brotaron lágrimas silenciosas que cayeron sobre el teclado. Veía borroso y ya no podía leer mi texto en la pantalla. Por absurdo que pueda sonar, lloraba por dos personas que vivían en la casa de enfrente y que ni conocía. Y lloraba por nosotros, porque esa noche tuve la certeza de que lo nuestro había llegado a su fin.

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Las columnas de opinión son responsabilidad exclusiva del autor, no de Soy502. 

26 de abril de 2017, 13:04

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