El testimonio de Takashi Teramoto, sobreviviente de la bomba atómica

Un sobreviviente de la bomba atómica de Hiroshima, contempla la devastación. (Foto: Pinterest)

Un sobreviviente de la bomba atómica de Hiroshima, contempla la devastación. (Foto: Pinterest)

El señor Takashi Teramoto tiene 82 años.  Es un hombre de cara redonda y ojos sonrientes. El poco pelo que le queda es blanco.

Al verlo, como un abuelo feliz, con su saco de pana y su corbata dorada, cuesta creer que es un sobreviviente de la peor catástrofe que la humanidad haya provocado sobre sí misma en la historia.

El señor Takashi Teramoto, sobreviviente de la bomba atómica de Hiroshima. (Foto: Cortesía Wendy Ramos)
El señor Takashi Teramoto, sobreviviente de la bomba atómica de Hiroshima. (Foto: Cortesía Wendy Ramos)

Hoy hace 72 años, el 6 de agosto de 1945, el señor Teramoto era un niño de 10 años y estaba escribiéndole una postal a un amigo, sentado en un escritorio de madera, a un kilómetro del centro de Hiroshima.

No tenía que estar ahí, sino en las montañas, en un templo que servía de refugio para los niños japoneses durante la guerra. Pero se enfermó y su mamá, que vivía en Hiroshima, tuvo que ir a buscarlo al refugio dos días antes para llevarlo al médico.

“Mis recuerdos del día 6 son muy claros”,  afirma el anciano. Era lunes y amaneció con el cielo despejado y un sol punzante.

A las 8 y 15 de la mañana, mientras le escribía una postal a su compañero, a unos cuatro metros de donde estaba su mamá, sintió un retumbo muy fuerte y alcanzó a ver un resplandor enorme a sus espaldas.

“La casa se derrumbó y un montón de objetos me cayeron encima, pero no recuerdo el dolor”, indica. Estuvo agachado un rato, tratando de recuperar el sentido de la ubicación. Luego se levantó y empezó a caminar sin rumbo. 

Vista lateral del domo de Hiroshima. (Foto: Dina Fernández)
Vista lateral del domo de Hiroshima. (Foto: Dina Fernández)

Teramoto había sobrevivido al impacto de la bomba atómica que marcó el fin de la segunda guerra mundial.  Él estaba vivo, pero otras 70 mil personas murieron en ese instante, cuando la bomba atómica llamada “Little John” estalló a 600 metros sobre el suelo de Hiroshima, destruyendo un radio de dos kilómetros y provocando un incendio que arrasó más de doce kilómetros cuadrados.

El día se oscureció y la ciudad se cubrió de polvo y ceniza. Mientras deambulaba, el pequeño Teramoto se encontró a una vecina. “Ella me cargó en su espalda y me sacó de ahí. Sentí algo raro en la cabeza y la cara. Me toqué y vi que mi mano estaba mojada. Era sangre y entonces me asusté mucho”, recuerda.

Años más tarde,  Teramoto dibujó lo que vio en ese recorrido. Sus pinturas provocan horror. La ciudad de Hiroshima está en un delta y siete ríos atraviesan sus calles. Hoy, esos listones de agua refrescan la urbe, llena de árboles y unida por puentes, pero el día que estalló la bomba, esos mismos ríos estaban repletos de cadáveres y de gente que se lanzaba al agua, desesperada, esperando calmar el dolor de las quemaduras de la radiación nuclear. 

La explosión en Hiroshima marcó el fin de la Segunda Guerra Mundial. (Foto: ibtimes.co.uk)
La explosión en Hiroshima marcó el fin de la Segunda Guerra Mundial. (Foto: ibtimes.co.uk)

“Me acuerdo sobre todo de una mujer”, dice el señor Teramoto. “Solo su rostro salía del agua. Estaba sola y nadie podía ayudarla”.

Caminaron por horas, hasta llegar a un puesto de socorro. 

“Ahí me encontré a un niño de mi vecindario, con quien había estado jugando esa mañana, antes de la bomba”, indica. “Estaba todo quemado, con la piel desprendida. Murió dos o tres días después”. 

Poco después, una tía que vivía en las afueras de Hiroshima llegó a buscarlo y se lo llevó a su casa. Durante los meses que siguieron, Teramoto sufrió las consecuencias de la bomba. Se le gangrenó un dedo. Se le cayó el pelo. Pero a diferencia de otras 70 mil personas que murieron de los efectos de la radiación después de la bomba, se recuperó.

Al año siguiente, regresó a la ciudad y al lugar donde había estado su vecindario. “Mi mamá quedó aplastada bajo la casa”, cuenta. “La lograron sacar con vida, pero murió 10 días después de la explosión”. 

En ese punto del relato, al señor Teramoto se le quiebra la voz. “Desde ese momento en que ví esa luz fuerte, hace más de 70 años, no he vuelto a ver a mi madre”, dice.

Una compañera de viaje, nicaragüense, pide la palabra entonces, en el Museo de la Paz en Hiroshima, y dice, ahogando con dificultad sus propios sollozos, que Centroamérica también fue víctima de los Estados Unidos en la guerra fría.

El señor Teramoto escucha con serenidad los lamentos de la centroamericana y responde de esta manera:

“Constantemente pienso que mi vida se debe a la generosidad de las personas que me rodearon desde que estalló la bomba y a la amistad y el amor de esta comunidad. He visitado los Estados Unidos varias veces y no  tengo ningún sentimiento de odio. Lo supera mi fuerte deseo por contar lo que viví, con la esperanza de que nunca jamás esa experiencia tan horrorosa la tengan que sufrir nuestros hijos o nietos.  Yo, como testigo de la bomba atómica, puedo decir lo cruel que fue. Cuando vino a Hiroshima el presidente Obama, dijo que llegará el día en que no haya un testigo que pueda contar la realidad que yo viví. Dijo que la memoria aumenta nuestra imaginación moral. Yo creo que es verdad, que sobreviví a la bomba para poder contar esto, para que más personas sepan lo que pasó en Hiroshima y reconozcan la oportunidad maravillosa que es vivir en un mundo en paz”.

Hoy se cumple un aniversario más de la explosión de la bomba  atómica. Y a diferencia  de décadas anteriores, muy poca gente hablará de ello, ignorando el peligro que representa el arsenal nuclear en el mundo, que no solo se ha expandido en las últimas décadas, sino que está mal resguardado.

Yo estuve en Hiroshima este año y siento el compromiso de recordar aquí el testimonio del señor Teramoto. 

La llama de la paz en Hiroshima, arde entre dos planchas de cemento que simbolizan manos en oración. (Foto: Dina Fernández)
La llama de la paz en Hiroshima, arde entre dos planchas de cemento que simbolizan manos en oración. (Foto: Dina Fernández)

En el Parque de la Paz Hiroshima hay un estanque donde brilla una llama, que recuerda a las más de 300 mil víctimas de las bombas atómicas que devastaron a Japón en 1945. La apagarán el día en que la Humanidad tenga la sensatez de destruir las armas nucleares con las que hoy puede aniquilar el planeta. No sé si el señor Teramoto llegará a celebrar ese momento, pero yo espero que mis hijos, sí.

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06 de agosto de 2017, 00:08

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