Voluntario por Samuel, Flory, don Joel, con El Cambray en el corazón

¿Cómo imaginar el dolor de él y decenas de familiares que recorrían la zona de la tragedia con fotos en mano? La mostraban a los rescatistas con la esperanza de que si los veíamos, pudiéramos reconocerlos. (Foto: Mike Girón)

¿Cómo imaginar el dolor de él y decenas de familiares que recorrían la zona de la tragedia con fotos en mano? La mostraban a los rescatistas con la esperanza de que si los veíamos, pudiéramos reconocerlos. (Foto: Mike Girón)

Mi día en la tragedia de El Cambray II comenzó una noche antes, el viernes 2 de octubre, cuando leí la historia de Samuel, la de Flory, la de don Joel, y la de decenas de familias que buscaban con fe, y cada vez con más desesperación, recuperar a sus familiares que quedaron soterrados en la comunidad tras el alud.

No puedo imaginar la angustia y el dolor que puede sentir una persona intentando llegar con una pala hasta donde sabe que está su familia. Esas historias y la impotencia no me dejaron pegar un ojo. Por eso decidí no ser un lector más, de los que le damos Me Gusta en Facebook, por ilógico que eso parezca.

Nunca antes había ido a El Cambray, no conocía más allá del casco urbano de Santa Catarina Pinula, porque un compañero del trabajo vive allí. Bajé por esas pronunciadas pendientes que llevan a la comunidad que está en medio de dos montañas, en un cañón.

El sábado a primera hora estaba ya haciendo la fila con una cuadrilla de 30 o 40 personas, mujeres y hombres con pala, piocha, azadón y bote en mano.  Con el mismo sentimiento de esperanza de los rescatistas y las ganas de sentirnos útiles y de encontrar vida bajo las toneladas de tierra y escombros.

Cientos de manos trabajamos en equipo. No nos conocíamos, pero nuestra causa era la misma. (Foto: Mike Girón)
Cientos de manos trabajamos en equipo. No nos conocíamos, pero nuestra causa era la misma. (Foto: Mike Girón)

Sin embargo, el comienzo no fue nada alentador... ya estando en mi lugar asignado, escuché a los socorristas pedir la pirigüela (camilla de metal que usan para trasladar los cuerpos) y esa misma escena se repitió dos veces más.

No puedo borrar de mi mente la imagen del cuerpo diminuto y frágil cubierto con una colchita...Era una niña que a lo mejor no supo nunca qué pasó. Quisiera creer que ya estaba dormidita cuando la muerte la sorprendió... Duele tanto, porque piensas que ella pudo ser tu hija, mi hija, mi sobrina, tu sobrina, y su vida se apagó antes de que pudiera comenzar a vivirla. Estas tragedias nunca deberían ocurrir, esto no debió pasar....

Ese momento, en el que colocan a la nenita en la camilla de metal, nos dejó paralizados y desubicados a mí y a varios voluntarios más... pero me decía que yo estaba allí para excavar, y seguí metiendo la pala con esperanza, horas y más horas. No hay cansancio cuando ves que tu vecino no se detiene, cuando ves que los bomberos y rescatistas que llevan dos días allí no se detienen.  

Pero al levantar la mirada y ver la inmensidad de la tragedia, al dimensionar las toneladas de tierra que hay donde antes hubo casas y vida, es inevitable sentir que no se hace nada... que excavar y palear no es suficiente.

Es como si estuviéramos cavando en arenas movedizas, sacas cubeta tras cubeta y parece que nunca se avanza y todo es una batalla contra el tiempo, contra el clima.

El cerro que cayó sobre El Cambray.  (Foto: Mike Girón)
El cerro que cayó sobre El Cambray. (Foto: Mike Girón)

Cada cierto tiempo se escuchaba un silbato que luego venía acompañado de un silencio esperanzador que todos guardaban celosamente. Los rescatistas se tiran al suelo y ponen el oído en la tierra. Todos esperando esa buena noticia. No sé si era ese mismo anhelo de encontrar esperanza la que nos hacía escuchar voces... no lo sé.

Hubo momentos de angustia, cuando vimos salir cuerpos de entre los escombros. (Foto: Mike Girón)
Hubo momentos de angustia, cuando vimos salir cuerpos de entre los escombros. (Foto: Mike Girón)

La maquinaria y las miles de manos regresaban al trabajo luego de la voz de alarma. Entre ese sentimiento de impotencia y la desoladora tragedia, siempre hay instantes de esperanza que erizan la piel y conmueven: el pueblo se une sin importar de dónde vengas o quien seas. Allí todos éramos dos brazos y una pala en busca del mismo objetivo: unirnos por El Cambray, en una misma fuerza, cavando duro sin importar el cansancio, dolor y con la esperanza puesta en cada cubeta que salía del agujero y era llevada por una línea de manos hermanas que, como hormigas hacían equipo.

De nuevo El Cambray II no me dejará pegar un ojo hoy y mañana y por mucho tiempo. Me matendrá pegado a las redes sociales y los noticieros, esperando un milagro. Quisiera creer que mi jornada de 8 horas no fue en vano al igual que la de los que de alguna manera estamos pendientes y colaborando para que esta tragedia duela menos.  

Sé que este domingo las tareas de rescate entraron en otra etapa, con más maquinaria y menos brazos en el terreno que cada vez se percibe más inestable.

Solo me queda elevar una plegaria junto a una vela por cada una de las personas del Cambray II, por Samuel, por Flory, por don Joel... por todas esas historias de dolor ante las que no podemos permanecer indiferentes.

Cada cubeta que salía llena, era la esperanza de poder llevar consuelo a una familia de El Cambray. (Foto: Mike Girón)
Cada cubeta que salía llena, era la esperanza de poder llevar consuelo a una familia de El Cambray. (Foto: Mike Girón)

* Este es el relato escrito y compartido por Mike Girón, rescatista voluntario en El Cambray II.

 

04 de octubre de 2015, 10:10

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