La feria de Jocotenango y las vidas ambulantes

Tras las ventas de la feria hay una comunidad que brinda alegría a los guatemaltecos. (Foto: Alejandro Balán/Soy502)

Tras las ventas de la feria hay una comunidad que brinda alegría a los guatemaltecos. (Foto: Alejandro Balán/Soy502)

La calle es una escuela. La calle es bastante más que un lugar de paso. Tiene su espíritu, sonríe, muerde, abraza, asusta.

Y se le respeta a la calle, y se respeta a quienes saben moverse en ella, y a quienes, por tantas dolorosas razones viven en ella.

Me viene a la mente la calle ahora que la feria ha comenzado. Los puestos de comida, los juegos, la tradición que se toma el Hipódromo del norte y un pequeño pero importante sector de la zona 2. La gente camina por la calle, sonríe, hace cola, se amontona, se da la gran comilona y vuelve a reír.

Y entre todo el gentío, detrás de los mostradores, en el lado oculto de las ventas hay toda una comunidad que está ahora en esta feria pero que en unos cuantos días tendrá que desarmar todo y moverse de nuevo, algunos siguiendo la ruta de las ferias: el camino inagotable de la calle.

Hace varios años tuve la suerte de trabajar con mis amigos del colectivo Cuatrocaminos un documental sobre músicos ambulantes en Guatemala. De aquella experiencia nació un documental silvestre y espontáneo como los músicos con los que trabajamos. La experiencia nos permitió conocer a doña Marisol, una señora que vende tostadas y chuchitos en una carreta en la zona 3 y 8, a don Mario Rafael que cuida carros vestido de soldado de Cristo, y a un inmenso grupo de músicos que todas las noches recorren las calles de Guatemala amenizando mesas, romances, fiestas, qué sé yo, el soundrack del gozo, afortunadamente.

Y quise volver sobre estos personajes que dedican su vida a tomar las calles con sus platos exquisitos, con sus canciones melancólicas, con los juegos, con los pequeños productos necesarios por innecesarios, los vendedores de esquina, los chicleros que cargan con su cajita, don Miguel, el señor de Totonicapán que vende panes en la sexta pasadas las 11 de la noche empujando su carreta artesanal.

El sector informal se le llama en la academia y los medios, en este caso la informalidad viene de un obsceno desamparo de la estructura labora que implica pagar impuestos, por supuesto, pero “merecer” los derechos laborales que el sistema debería garantizar. En fin. Ahí van estas personas armando y desarmando sus negocios, durmiendo a la par de la venta mientras llega de nuevo la gente a la feria.

Empujar la carreta es un término bastante común en nuestra cultura, se refiere a la lucha de todos los días en esto de ser guatemaltecos. Gracias infinitas a quienes llenan la calle de su lucha cotidiana. Las tostadas y los atoles de la melancolía vienen de esas manos. De nuevo, gracias. 

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14 de agosto de 2017, 21:08

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