El testimonio de Henri Berthet revive la erupción del Santa María en 1902, una tragedia que cubrió de ceniza a Quetzaltenango y transformó la región.
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Más de un siglo después de la erupción del volcán Santa María, ocurrida el 24 de octubre de 1902, el relato de Henri Berthet continúa siendo uno de los testimonios más valiosos para comprender la magnitud de la tragedia que transformó para siempre el occidente de Guatemala.
El ciudadano suizo, residente en Quetzaltenango, dejó plasmadas sus vivencias en una extensa carta enviada a su familia pocas semanas después del desastre, documento que fue publicado por un periódico de Suiza en 1903 y que hoy vuelve a cobrar vida gracias a la traducción realizada por su descendiente, Allez Ale.

En sus escritos, Berthet describe con precisión el ambiente previo a la catástrofe. Desde el 23 de octubre escuchó estruendos semejantes a cañonazos mientras el cielo permanecía cubierto por una inquietante oscuridad.
Al día siguiente comenzó a caer arena sobre la ciudad, provocando escenas de desesperación colectiva. Comercios cerraron de inmediato y cientos de personas salieron a las calles entre rezos, convencidas de que enfrentaban el fin de sus vidas.

La mañana del 25 de octubre marcó el momento más dramático. La lluvia de ceniza cubrió edificios, árboles y caminos, mientras el olor a azufre, la oscuridad permanente y los constantes sismos obligaron a miles de habitantes a abandonar Quetzaltenango rumbo a Salcajá y otros poblados. Berthet relata la conmovedora imagen de ancianos, enfermos e inválidos huyendo entre una lluvia de arena y piedra pómez, sin conocer aún el origen del desastre.

Horas después, una gigantesca columna de humo confirmó lo que muchos temían: el volcán Santa María había entrado en erupción tras siglos de aparente inactividad. En los días siguientes, el cronista documentó la destrucción de comunidades como El Palmar, San Martín y numerosas fincas cafetaleras sepultadas bajo metros de arena.
También cuestionó las versiones oficiales que atribuían el fenómeno a un volcán en México, señalando que la información buscaba evitar la suspensión de las festividades de Minerva promovidas por el gobierno.

La carta también recoge testimonios sobre saqueos, rescates, hambre, enfermedades y el sufrimiento de familias enteras que lo perdieron todo. Berthet describe cómo el paisaje quedó transformado por montañas de arena, lluvia de lodo negro y una constante actividad volcánica que mantuvo a la población en incertidumbre durante varias semanas.
El manuscrito concluye el 15 de noviembre de 1902 con una reflexión que combina admiración y dolor. Berthet reconoce que la fuerza y belleza de una nueva erupción eran tan impresionantes que resultaban imposibles de describir, aunque jamás lograban borrar el recuerdo de las vidas perdidas.

Más de 120 años después, su relato permanece como un documento histórico de enorme valor para comprender, desde la mirada de un testigo directo, una de las mayores tragedias naturales registradas en Guatemala.




