La película mexicana de Netflix basada en hechos reales que cambia el punto de vista: esta vez, el centro de la historia no es el narcotraficante.
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Hay historias tan repetidas que parece difícil encontrar algo nuevo en ellas. El narcotráfico, sus figuras más conocidas, sus fugas, sus lujos y su violencia han alimentado durante años películas y series que, incluso cuando pretenden criticarlos, terminan construyendo alrededor de sus protagonistas una imagen de poder difícil de separar de cierta fascinación.
La Captura, dirigida por Chava Cartas y estrenada en Netflix el 21 de agosto de 2026, toma un camino distinto. En lugar de volver a colocar al narcotraficante en el centro del relato, desplaza la mirada hacia quienes se encuentran frente a él: dos agentes federales que, durante las últimas horas de su turno, se cruzan con uno de los criminales más peligrosos y buscados del mundo. La película está protagonizada por Alfonso Herrera, Noé Hernández y Héctor Kotsifakis.
La premisa está inspirada libremente en la captura de Joaquín Guzmán Loera, ocurrida en Los Mochis, Sinaloa, en enero de 2016. Sin embargo, conviene establecerlo desde el inicio: La Captura no es un documental ni pretende reconstruir cada detalle con precisión histórica. La película dramatiza los acontecimientos, modifica personajes y situaciones y utiliza diversas licencias narrativas para construir su thriller. Su fuerza, precisamente, no está en la reconstrucción exacta de la operación, sino en preguntarse qué ocurre cuando dos personas ordinarias quedan atrapadas, durante unas horas, frente a una de las estructuras criminales más poderosas de su tiempo.
La verdadera captura: cuando detener al criminal es apenas el comienzo
La película entiende rápidamente cuál es su mejor recurso. La captura del narcotraficante no funciona como el clímax de la historia, sino como el detonante. A partir de ese momento comienza una situación mucho más incómoda: ¿qué hacer con un hombre cuya influencia puede alcanzar, aparentemente, a cualquiera?
El dilema de los protagonistas no se reduce a decidir entre el bien y el mal. Esa habría sido una solución demasiado sencilla. La propuesta se vuelve más interesante porque el dinero, el miedo, la posibilidad de la muerte y la desconfianza hacia las propias instituciones comienzan a presionar cada decisión. La amenaza no proviene únicamente del detenido, sino de no saber en quién se puede confiar.
Es ahí donde la obra encuentra su identidad como thriller. La tensión no depende exclusivamente de persecuciones o tiroteos. Importan las conversaciones, las miradas y los silencios. Incluso la espera adquiere un peso dramático: cada minuto puede representar la llegada del apoyo esperado o la confirmación de que nadie llegará.
Diversas críticas han destacado precisamente esta apuesta por la tensión psicológica y la supervivencia, alejándose de una narración que, de forma consciente o no, termine enalteciendo la figura del capo.
Alfonso Herrera y Noé Hernández: dos policías frente a una decisión imposible
Una de las mayores virtudes de la película está en comprender que sus protagonistas no necesitan convertirse en héroes perfectos para resultar interesantes.
Alfonso Herrera, conocido internacionalmente por producciones como Sense8, The Exorcist y Ozark, interpreta a uno de los agentes desde una mezcla efectiva de profesionalismo, miedo y agotamiento. Su personaje comprende la dimensión de lo que acaba de ocurrir, pero eso no significa que sepa inmediatamente cómo enfrentarlo.
A su lado, Noé Hernández aporta un registro distinto. El actor mexicano, reconocido por trabajos como Miss Bala, La tirisia y Narcos: México, ayuda a construir una relación en la que la diferencia entre ambos personajes se convierte en una herramienta narrativa. Hernández suele interpretar personajes de gran intensidad y, en numerosas ocasiones, vinculados con la violencia o el crimen. Aquí, esa imagen previa puede jugar a favor de la película: su presencia mantiene la suspicacia del espectador y hace que su lealtad permanezca bajo cuestionamiento durante buena parte del relato.
No son simples arquetipos del policía bueno y el policía malo. Son dos hombres obligados a enfrentar el mismo problema desde experiencias, temperamentos y temores diferentes.
La presencia de Héctor Kotsifakis completa el triángulo dramático central y contribuye a que la película no dependa únicamente del enfrentamiento directo con la figura criminal. El resultado es un relato donde cada personaje llega con una forma distinta de comprender la autoridad, la supervivencia y las consecuencias de una decisión.
Quizá el mayor acierto sea que la película no presenta la incorruptibilidad como una condición sobrenatural. La convierte en una elección. Y una elección, para ser significativa, necesita tener alternativas reales.
Incluso dentro de un sistema que parece cerrar todas las posibilidades de hacer lo correcto, cumplir con el trabajo y actuar conforme a los propios principios puede ser suficiente para demostrar que las instituciones todavía pueden funcionar. No necesariamente de manera perfecta, pero sí un poco mejor.
Todos vimos la noticia, no todos conocíamos la historia. 'La Captura', ya disponible solo en Netflix. pic.twitter.com/rHGJIv8W2F
La Captura contra la narcocultura: contar el fenómeno sin glorificarlo
Aquí reside uno de los aspectos más interesantes de la propuesta. Durante décadas, la narcocultura ha construido una narrativa reconocible alrededor del poder criminal: dinero, propiedades, armas, fama, música, romances y una aparente capacidad para desafiar al Estado. El problema no está únicamente en representar estas realidades. Ignorarlas tampoco las haría desaparecer. La dificultad aparece cuando la representación comienza a adoptar el punto de vista del poder criminal y convierte sus símbolos en objetos de admiración.
La Captura apuesta por una estrategia diferente: entender el fenómeno sin convertirlo en una apología de quienes lo protagonizan.
El narcotraficante existe en la historia y su presencia resulta indispensable. Su poder se siente constantemente, incluso cuando no ocupa la pantalla. Pero la película se niega a permitir que absorba todo el relato. El foco permanece sobre las consecuencias que su mundo produce: miedo, corrupción, incertidumbre y una presión constante sobre personas que, en teoría, deberían poder confiar en las instituciones encargadas de protegerlas.
No es una diferencia cualquiera. Cambiar el punto de vista significa cambiar la pregunta.
Ya no se trata de cómo alguien llegó a convertirse en un hombre tan poderoso, una estructura narrativa que puede terminar generando fascinación por su ascenso. La pregunta pasa a ser otra: ¿qué ocurre con una sociedad cuando el poder de una organización criminal comienza a alterar las decisiones cotidianas de quienes viven dentro de ella?
Quizá ahí pueda encontrarse una explicación de por qué la narcocultura ha adquirido tanta presencia. Cuando una sociedad vive permanentemente preocupada por la inseguridad, comienza a tomar decisiones basadas en el miedo. Y cuando ese miedo se vuelve cotidiano, aparece un mecanismo peligroso: naturalizar aquello que antes parecía intolerable simplemente para hacer soportable la vida dentro de esa realidad.
El problema es que aquello que se normaliza también termina transformando los límites de lo aceptable. Esa es la herida que la película intenta explorar.
Es de mi agrado contarles que ‘La Captura’, dirigida por Chava Cartas y protagonizada por Alfonso Herrera, Noé Hernández y Héctor Kotsifakis, se convierte en la película de habla no inglesa más vista del año en Netflix. pic.twitter.com/rxszLwiqa9
El narcotráfico no solo produce violencia: rompe el tejido social
El mayor daño de estas estructuras no siempre puede medirse en enfrentamientos, asesinatos o detenciones. También aparece cuando la violencia modifica aquello que una sociedad considera normal.
Cuando la riqueza obtenida mediante actividades criminales se convierte en símbolo de éxito. Cuando la corrupción parece inevitable. Cuando el miedo se vuelve parte de la rutina. Cuando la pregunta deja de ser "¿qué es lo correcto?" para convertirse en "¿qué me permite sobrevivir?", el daño ha comenzado a extenderse mucho más allá del crimen organizado.
La Captura trabaja sobre esa tensión. El poder del narcotráfico no se presenta únicamente como la capacidad de matar o comprar voluntades, sino como una fuerza capaz de poner en duda las relaciones sociales más básicas: la confianza en los demás, en la policía, en las autoridades y, finalmente, en la posibilidad de que actuar correctamente sirva para algo.
Por eso la decisión de los protagonistas adquiere una dimensión mayor. No están salvando al mundo. Están intentando cumplir con su trabajo dentro de un sistema vulnerable. Y esa perspectiva resulta más incómoda que cualquier glorificación.
Porque si el criminal puede comprarlo todo, el verdadero acto de resistencia comienza cuando alguien demuestra que no todo tiene un precio.
Basada en hechos reales, pero dramatizada: la historia detrás de la película
La película toma como inspiración la captura de Joaquín Guzmán Loera durante los acontecimientos relacionados con la Operación Cisne Negro, en 2016. Sin embargo, varios aspectos fueron modificados para la ficción. Entre las diferencias señaladas por las reconstrucciones periodísticas se encuentran el número de agentes implicados, la identidad de los policías y diversas situaciones creadas o alteradas para aumentar la tensión dramática.
La producción se inspira en hechos y crónicas periodísticas, pero no debe entenderse como una reconstrucción histórica literal. La Captura utiliza un hecho real como punto de partida para construir una reflexión dramática, no para sustituir la investigación histórica. La realidad aporta el contexto. La ficción construye el conflicto.
Chava Cartas y una historia que conoce la fuerza de la contención
Chava Cartas dirige la película evitando que la escala del acontecimiento se convierta automáticamente en una necesidad de espectacularidad. La captura de una figura tan conocida podía haber derivado fácilmente en una película obsesionada con helicópteros, operativos y reconstrucciones de gran escala.
La apuesta es otra. El thriller se vuelve más efectivo cuando reduce el espacio y obliga a los personajes a convivir con aquello que acaban de desencadenar. El resultado es una película de aproximadamente 91 minutos que aprovecha la urgencia de su premisa sin extender innecesariamente el conflicto.
Esta decisión también permite que el narcotráfico sea representado desde una perspectiva menos habitual. No como un universo aspiracional ni como un catálogo de excesos, sino como una presencia capaz de invadir espacios cotidianos y transformar una jornada de trabajo en una cuestión de vida o muerte.

¿Vale la pena ver La Captura en Netflix?
Sí, especialmente para quienes buscan un thriller que utiliza un hecho conocido para contar algo distinto. La Captura no pretende reinventar por completo el cine policial ni escapar de todos los códigos del thriller. Pero encuentra una perspectiva lo suficientemente clara para diferenciarse de otras historias sobre narcotráfico. Su mayor virtud consiste en desplazar el protagonismo hacia quienes normalmente quedan en los márgenes de estas narraciones.
Al hacerlo, la película recupera una pregunta que el género narco suele dejar en segundo plano: ¿Qué pasa con quienes deben continuar viviendo después de que las grandes figuras criminales se convierten en noticia?
Veredicto: cuando el criminal deja de ser el protagonista, la historia cambia.
La Captura demuestra que todavía existen formas de abordar el narcotráfico sin convertirlo en una celebración de su poder. No necesita negar su influencia ni reducir la complejidad del fenómeno. Al contrario, su decisión más interesante consiste en mostrar que el verdadero alcance de estas estructuras se encuentra en la manera en que afectan a quienes no eligieron formar parte de ellas.
La película recuerda que el crimen organizado no es únicamente una historia de grandes capos, fortunas imposibles y operativos espectaculares. Es también una historia sobre instituciones debilitadas, familias amenazadas, comunidades que aprenden a convivir con el miedo y personas obligadas a decidir cuánto están dispuestas a sacrificar para conservar sus principios.
Una sociedad no comienza a romperse únicamente cuando acepta la violencia como inevitable. También comienza a hacerlo cuando convierte los principios en una moneda de cambio y normaliza su transgresión cada vez que resulta conveniente.
La captura de un criminal puede convertirse en noticia. Recuperar la confianza, en cambio, es una tarea mucho más difícil. Porque detener a una persona puede poner fin a una operación, pero reparar el tejido social exige enfrentarse a todo aquello que permitió que su poder se volviera posible.
Y quizá esa sea la verdadera captura que plantea la película: no la de un hombre, sino la de una sociedad que debe decidir cuánto de sus principios está dispuesta a perder para sobrevivir.



