En el cementerio de Santa Cruz del Quiché nació una de las leyendas más escalofriantes. Conoce el relato de dos albañiles con los espectros de la familia De León en los años 80.
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Cuenta la tradición oral quichelense que a comienzos de los años 80, cuando el trabajo de los albañiles era muy requerido en los cementerios del país, una pareja de compadres expertos en el oficio vivió la experiencia que recordarían por el resto de sus días.
Casi al anochecer, mientras bajaban del cementerio de Santa Cruz del Quiché, se detuvieron en una venta de atol a la entrada del camposanto.
Allí encontraron a una pareja elegantemente vestida: él con traje negro y cachucha antigua, y ella, muy guapa, con traje que también evocaba épocas pasadas, quien se presentó como Abigail de León.

Se saludaron con cortesía, y don Francisco, como se identificó el hombre, les explicó: “Estamos buscando un albañil que pueda ayudarnos a arreglar el panteón familiar”.
Los compadres, complacidos ante la perspectiva de un trabajo bien remunerado, no dudaron en ofrecer sus servicios. La pareja los acompañó hasta el lugar donde estaba la tumba, indicando que necesitaban la limpieza, pintura y chapeo de todo el monte acumulado en los alrededores.

Tras acordar el precio con un apretón de manos, don Francisco les pidió volverse a encontrar el 31 de octubre, después de las 6:00 de la tarde, para pagar por el trabajo y, junto a Abigail, se fue caminando entre las tumbas.
Durante varios días, los compadres trabajaron arduamente, poniendo lo mejor de sí y dejando el panteón impecable, según las instrucciones recibidas.

Sin embargo, el 31 de octubre, al llegar la hora pactada, la pareja no apareció. Preocupados, fueron a la casa de los De León, ubicada en el centro del municipio, para cobrar su pago.
Al tocar la puerta, un hombre respondió y, al preguntar por don Francisco y doña Abigail, les sorprendió: “No, señores. Ellos son mis padres y fallecieron hace muchos años”.

El desconcierto los invadió. Insistieron en que habían contratado sus servicios, por lo que el hijo menor los acompañó hasta la tumba trabajada.
Al llegar, constataron con asombro que se trataba de la sepultura de los esposos, y la descripción de la ropa coincidía exactamente con la de los fallecidos.

Los nombres grabados en la lápida confirmaron la terrible realidad: sus clientes habían sido espectros.
Un frío estremecedor recorrió sus cuerpos, ante la certeza de que habían tenido un contacto cercano con lo sobrenatural.
A pesar de la insistencia del hijo por pagarles, los albañiles se negaron a aceptarlo, prometiendo regresar cada año para cuidar el panteón, convencidos de que las almas de don Francisco y Abigail velarían por ellos siempre.



