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60 años de Star Trek, la serie que imaginó un futuro mejor y ayudó a construirlo

  • Con información de Erick Espino / Colaborador
08 de septiembre de 2026, 13:03
Star Trek ha tenido 13 películas oficiales durante los 60 años de la franquicia. Foto: Paramount Pictures / Material promocional de «Star Trek: The Motion Picture» (1979)

Star Trek ha tenido 13 películas oficiales durante los 60 años de la franquicia. Foto: Paramount Pictures / Material promocional de «Star Trek: The Motion Picture» (1979)

Seis décadas después de su estreno, Star Trek sigue demostrando que la mejor ciencia ficción no siempre consiste en advertir sobre el futuro, sino en preguntarnos qué clase de sociedad queremos construir cuando finalmente lleguemos a él.

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Hay obras que envejecen. Hay otras que se convierten en historia. Y existen unas pocas que consiguen algo todavía más difícil: cambiar la manera en que imaginamos el futuro. Star Trek pertenece a esa última categoría.

El 8 de septiembre de 1966, la audiencia estadounidense conoció por primera vez al capitán James T. Kirk, al señor Spock, al doctor Leonard McCoy y a la tripulación del USS Enterprise. La serie creada por Gene Roddenberry apenas sobrevivió tres temporadas antes de ser cancelada, pero las repeticiones permitieron que encontrara una audiencia cada vez mayor y terminara convirtiéndose en uno de los fenómenos culturales más importantes de la ciencia ficción.

Hoy, 60 años después, Star Trek no es solamente una franquicia de películas, series, novelas, videojuegos y productos derivados. Es una forma particular de mirar el mundo. Quizá ahí esté la razón por la que sigue funcionando.

El futuro como espejo del presente

Todo comienza, con una nave espacial viajando por el universo en busca de nuevos mundos y nuevas civilizaciones. Intentando llegar, hasta donde nadie ha llegado antes.

Pero Star Trek nunca estuvo realmente interesada solamente en los planetas. Cada nuevo mundo era una excusa para hablar de la Tierra.

La guerra, el racismo, la desigualdad, el colonialismo, la inteligencia artificial, la religión, el poder, la libertad, la identidad, la discriminación y los límites de la ciencia aparecieron una y otra vez detrás de alienígenas, civilizaciones desconocidas y conflictos interplanetarios.

Roddenberry utilizó la ciencia ficción para plantear preguntas que probablemente habrían sido mucho más difíciles de discutir de manera directa en la televisión estadounidense de los años sesenta. La genialidad estaba precisamente ahí: hablar del presente fingiendo que se hablaba del futuro.

La Federación Unida de Planetas no representa únicamente una alianza política ficticia. También funciona como una aspiración. La idea de que distintas especies, culturas y formas de pensamiento pueden compartir un proyecto común resulta especialmente poderosa porque no parte de la eliminación de las diferencias, sino de su convivencia. Ese planteamiento sigue siendo sorprendentemente actual.

Una tripulación que rompió los estereotipos

Parte de la importancia de Star Trek está en algo que hoy puede parecer normal, pero que en 1966 estaba lejos de serlo.

En el Enterprise convivían personas de diferentes nacionalidades, culturas y especies. Sulu era japonés-estadounidense. Uhura era una mujer afroamericana ocupando un puesto de responsabilidad. Scotty era escocés. Spock era mitad humano y mitad vulcano. Más adelante aparecería incluso Chekov, un oficial ruso, en plena Guerra Fría. No era una casualidad.

La tripulación representaba una idea radical para su época: el futuro no pertenecía a una raza, una nación o una cultura determinada. Pertenecía a todos.

El caso de Nichelle Nichols resulta particularmente significativo. Como la teniente Nyota Uhura, Nichols interpretó a una mujer afroamericana como oficial de comunicaciones en una de las series más importantes de la televisión estadounidense. Su personaje no estaba construido alrededor de los estereotipos que normalmente limitaban la representación de las mujeres afroamericanas en pantalla. Era una profesional, una integrante indispensable de la tripulación y una autoridad dentro de su campo.

Nichols llegó incluso a considerar abandonar la serie. Martin Luther King Jr., admirador de Star Trek, la convenció de permanecer en ella por el significado que tenía su presencia para la representación de la comunidad en televisión.

Mismo caso y mención especial, para el Dr. Joseph M'Benga, quien es un médico de la Flota Estelar en el universo de Star Trek. Su personaje normalizó que una persona afroamericana sea doctor y posea una posición de poder, cuestión que rompió barreras para su época, además, de ser una de las figuras más interesantes de la franquicia, ya que conecta la era clásica de los años 60 con las producciones modernas. Debido a que, en los últimos años la franquicia ha profundizado en el personaje.

Dos años después, de su estreno, los personajes de Uhura y Kirk protagonizarían uno de los momentos más recordados de la televisión estadounidense: un beso interracial en pantalla. Más allá de la escena en sí, lo importante era lo que representaba. Star Trek estaba mostrando un futuro en el que aquello que todavía dividía a la sociedad estadounidense podía dejar de hacerlo.

Spock y la gran contradicción de ser humano

Pero si existe un personaje que resume buena parte de la filosofía de Star Trek, ese es Spock. El personaje de Leonard Nimoy es uno de los grandes ejemplos de cómo la franquicia consiguió convertir la ciencia ficción en un estudio sobre identidad.

Spock es mitad humano y mitad vulcano. Defiende la lógica, controla sus emociones y trata de mantener distancia respecto de aquello que considera irracional. Sin embargo, la contradicción es precisamente lo que lo vuelve interesante. Mientras más intenta negar su lado humano, más evidente resulta que su conflicto no consiste en escoger entre humanidad y lógica. Consiste en aprender que ambas pueden coexistir.

Lo mismo ocurre con Kirk y McCoy. Kirk representa la intuición, la voluntad y el liderazgo. McCoy, la empatía y la preocupación por la vida. Spock, la fortaleza científica y la lógica. El funcionamiento de la Enterprise depende de que ninguno tenga siempre la razón. Es ahí donde aparece una de las mayores fortalezas de la franquicia: los personajes no están diseñados para pensar igual, sino para complementarse.

La amistad entre los tres funciona porque existe desacuerdo. Y esa idea se convertiría en uno de los pilares de las distintas generaciones de Star Trek.

La evolución de los personajes también cambió la franquicia

Uno de los mayores errores sería pensar que Star Trek es simplemente Kirk, Spock y una nave espacial. La franquicia consiguió sobrevivir porque logro evolucionar.

The Next Generation sustituyó a Kirk por Jean-Luc Picard, interpretado por Patrick Stewart, un actor británico de enorme prestigio teatral que posteriormente sería reconocido también por interpretar al profesor Charles Xavier en la saga cinematográfica de X-Men.

Picard era diferente a Kirk. No necesitaba demostrar constantemente que era el hombre más fuerte de la habitación. Su autoridad estaba basada en el conocimiento, la diplomacia y la capacidad de escuchar.

La serie llevó todavía más lejos la idea de que el conflicto no siempre debe resolverse disparando primero. Sus personajes evolucionaron durante siete temporadas: Data exploró qué significa ser un humano consciente, siendo el un androide; Worf tuvo que reconciliar su identidad klingon con su pertenencia a la Federación; Beverly Crusher enfrentó dilemas médicos y familiares; Deanna Troi exploró los límites de la empatía; Riker tuvo que decidir qué clase de oficial quería ser. La Enterprise dejó de ser simplemente una nave. Se convirtió en una comunidad.

Deep Space Nine fue todavía más lejos y cuestionó directamente el optimismo de sus antecesoras. En lugar de viajar constantemente hacia nuevos mundos, puso a sus personajes en una estación espacial marcada por conflictos políticos, religiosos y militares.

Su gran pregunta fue incómoda: ¿Qué ocurre cuando defender nuestros principios se vuelve mucho más difícil?

La serie exploró precisamente esa tensión entre ideales y realidad, hasta convertir a personajes como Benjamin Sisko, Kira Nerys, Odo, Quark y Garak en figuras mucho más ambiguas de lo que el modelo clásico de héroe y villano permitía.

Voyager volvió a poner el viaje en el centro, pero desde otra perspectiva: una tripulación aislada a miles de años luz de casa. Enterprise retrocedió hasta los primeros pasos de la exploración interestelar. Y las producciones más recientes, desde Discovery hasta Picard y Strange New Worlds, han utilizado distintas épocas y estilos para volver a discutir las mismas preguntas.

Eso explica algo importante: Star Trek no se mantiene vigente porque repita siempre la misma fórmula. Se mantiene vigente porque cambia mientras conserva sus principios.

La franquicia que convirtió el cliché en una pregunta

Hay otro elemento que explica su longevidad. Star Trek siempre ha sabido jugar con las expectativas del género. Cuando parecía que una historia espacial necesitaba un villano, podía convertir el conflicto en un dilema moral. Cuando parecía necesario resolver un problema mediante una batalla, podía plantear una negociación. Cuando aparecía una civilización alienígena, no necesariamente era una amenaza, a veces era un espejo.

Y cuando presentaba una tecnología imposible, la historia no siempre estaba interesada en explicar cómo funcionaba, sino en preguntarse qué haríamos los seres humanos si realmente existiera.
Esa última pregunta ha sido especialmente poderosa.

Tecnologías inspiradas por Star Trek, cuando la ciencia ficción inspira a la ciencia

El comunicador de Kirk anticipó conceptualmente los teléfonos móviles. Las tabletas recuerdan inevitablemente a los dispositivos utilizados por distintas tripulaciones. Las videollamadas, los traductores automáticos, las interfaces de voz, la realidad virtual y otras tecnologías asociadas a la franquicia han encontrado equivalentes en el mundo real. La propia página oficial de Star Trek ha documentado varias de estas conexiones.

No significa que Star Trek haya inventado cada una de esas tecnologías. El impacto es más interesante que eso. Ayudó a convertirlas en posibilidades imaginables.

La relación entre Star Trek y la ciencia tampoco terminó en la pantalla. La NASA (National Aeronautics and Space Administration) mantiene desde hace décadas una relación simbólica y cultural con la franquicia. El primer transbordador espacial construido para pruebas de vuelo fue bautizado Enterprise después de que miles de fanáticos escribieran para solicitar ese nombre. Astronautas y tripulaciones de misiones espaciales también han utilizado referencias a Star Trek en fotografías, uniformes y materiales oficiales. La influencia llegó incluso a quienes terminaron trabajando en la exploración espacial.

NASA ha documentado testimonios de científicos e ingenieros que reconocen haber encontrado inspiración en la serie. Entre ellos se encuentra la astrofísica Sara Seager, cuyos trabajos estudian las atmósferas de planetas fuera del Sistema Solar. Otros científicos vinculados con la búsqueda de exoplanetas han señalado el papel de la ficción en despertar su interés por explorar otros mundos.

Desde las ecuaciones del científico mexicano, Miguel Alcubierre, físico teórico quien postuló en 1994 un modelo matemático revolucionario conocido como la Métrica de Alcubierre o burbuja warp (propulsión por distorsión). Publicado en la revista científica, Classical and Quantum Gravity, que materializaría de alguna manera, la forma en que viajan a velocidades super lumínicas las naves en Star Trek. Hasta el fallecido Stephen Hawking quien, a día de hoy, mantiene el récord de ser la única persona real en toda la franquicia de Star Trek que se ha interpretado a sí misma en pantalla, compartiendo una mesa de poker con Data, Albert Einstein y Sir Isaac Newton.

Aquí aparece una de las ideas más poderosas de toda la franquicia: antes de construir algo, hay que ser capaces de imaginarlo. La ciencia necesita ecuaciones, experimentos y evidencia. Pero también necesita personas capaces de preguntarse qué podría existir más allá de lo conocido. Star Trek ayudó a hacer esa pregunta culturalmente posible.

Más que tecnología, una filosofía del progreso

Sin embargo, reducir Star Trek a sus predicciones tecnológicas sería quedarse en la superficie. La verdadera revolución de la franquicia no fue imaginar teléfonos sin cables. Fue imaginar una civilización que había superado buena parte de sus conflictos internos. La Federación no está obsesionada con acumular riqueza. La exploración no se presenta como una carrera por conquistar territorios. El conocimiento tiene valor por sí mismo.

Y eso es particularmente interesante porque contradice uno de los principios habituales de la ciencia ficción. Muchas historias imaginan el futuro como una versión más tecnológica de nuestros problemas actuales. Star Trek se atrevió a imaginar otra posibilidad: que la humanidad también pudiera evolucionar moralmente.

No significa que sus personajes sean perfectos. De hecho, la franquicia funciona precisamente porque no lo son. Kirk se equivoca. Picard duda. Sisko toma decisiones difíciles. Janeway carga con las consecuencias de sus órdenes. Michael Burnham comete errores. Spock se contradice. La diferencia está en que el universo de Star Trek no considera el error como una sentencia definitiva.

Existe la posibilidad de aprender. Y quizá esa sea una de las ideas más optimistas que haya permeado dentro de la cultura popular.

La conexión entre los personajes es el verdadero motor

En última instancia, Star Trek nunca ha sido realmente sobre viajes espaciales. Ha sido sobre personas que tienen que aprender a convivir dentro de ellas.
Por eso funcionan tanto las relaciones entre Kirk, Spock y McCoy como la amistad entre Picard y Riker, la compleja relación entre Data y su tripulación, el vínculo entre Sisko y su familia, la relación entre Janeway y Chakotay o las conexiones que aparecen entre las nuevas generaciones de oficiales.

Incluso los conflictos con especies como los klingon, romulanos, cardassianos o borg terminan funcionando como extensiones de preguntas sobre nosotros mismos.

¿Qué ocurre cuando el otro piensa diferente? ¿Hasta dónde puede llegar una sociedad para protegerse? ¿Cuándo la seguridad comienza a convertirse en control? ¿Es posible defender la paz sin renunciar a los propios principios? ¿Puede una máquina desarrollar conciencia? ¿Una inteligencia superior necesariamente debe tener derechos? Son preguntas que siguen vigentes porque no pertenecen al siglo XXIII.
Pertenecen al presente.

Sesenta años después, el mensaje sigue siendo incómodamente actual

Quizá el mayor legado de Star Trek sea haber defendido una idea que hoy puede resultar más radical que cuando fue creada: el futuro puede ser mejor. No necesariamente perfecto. Mejor.

Un futuro en el que diferentes culturas puedan colaborar. En el que la ciencia sea una herramienta para comprender y no solamente para controlar. En el que explorar no signifique conquistar. En el que la diversidad no sea una amenaza, sino una fuente de conocimiento. El aniversario oficial de 2026 ha resumido esa aspiración bajo una idea sencilla: "Space for Everybody", un futuro asociado con esperanza, exploración e inclusión.

Pero más allá de campañas y celebraciones, la pregunta sigue siendo la misma que la franquicia ha planteado durante seis décadas.

¿Qué clase de humanidad queremos llevar hacia las estrellas?

Porque imaginar una nave capaz de viajar más rápido que la luz es relativamente sencillo. Lo verdaderamente difícil es imaginar una sociedad capaz de hacerlo sin llevar consigo los mismos prejuicios, miedos y conflictos que todavía arrastra en la Tierra.

¿Por dónde empezar a ver Star Trek?

La enorme cantidad de series puede intimidar a quien nunca se ha acercado a la franquicia. No hace falta comenzar siguiendo la cronología interna.

Una buena puerta de entrada puede ser:

  • Star Trek: The Original Series: para conocer a Kirk, Spock, McCoy y la esencia fundacional de Roddenberry.
  • Star Trek: The Next Generation: probablemente el mejor punto de entrada para descubrir el lado filosófico y social de la franquicia.
  • Star Trek: Deep Space Nine: ideal para quienes prefieren conflictos políticos, dilemas morales y personajes que cambian con el tiempo.
  • Star Trek: Voyager: para quienes disfrutan de una historia de exploración y supervivencia.
  • Star Trek: Strange New Worlds: una de las alternativas más accesibles para el público actual, con una estructura episódica que recupera el espíritu de exploración de la serie original. La producción sigue al capitán Christopher Pike, Spock y Number One antes de la llegada de Kirk al Enterprise.

Y sí, se puede empezar por cualquiera de ellas. No es necesario conocer cada planeta, especie, capitán o conflicto ocurrido durante los últimos 60 años. Lo importante es entrar con curiosidad. Después de todo, esa siempre fue la invitación.

El veredicto: una franquicia que decidió creer en nosotros
Sesenta años después de aquel primer viaje del Enterprise, Star Trek continúa siendo una de las grandes obras de la ciencia ficción porque nunca estuvo realmente obsesionada con el futuro. Estaba obsesionada con nosotros.

Con nuestras contradicciones. Con nuestros prejuicios. Con nuestra capacidad de destruir y también de aprender. Con la posibilidad de que una sociedad pueda crecer sin perder la curiosidad que la llevó a explorar.
Su mayor acierto fue subvertir una idea muy arraigada en la ciencia ficción: que avanzar significa tener más poder. En Star Trek, avanzar significa comprender más.

Por eso sus mejores episodios no son necesariamente aquellos con las batallas más grandes, sino los que terminan con una pregunta rondando la cabeza mucho después de que aparecen los créditos. La franquicia ha imaginado comunicadores, computadores, naves, androides, hologramas y mundos que todavía pertenecen a la ficción. Pero su legado más importante no está en ninguna de esas tecnologías.

Está en haber enseñado a varias generaciones que explorar lo desconocido no debería servir para demostrar que somos superiores, sino para descubrir que todavía tenemos mucho que aprender. Por eso, seis décadas después, la última frontera sigue estando exactamente donde Star Trek siempre la colocó: no en el espacio, sino en aquello que todavía podemos explorar dentro de nosotros mismos.

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