Dieciséis años después de conquistar su primera Copa del Mundo en Sudáfrica, España volvió a tocar el cielo en Nueva Jersey. Una segunda estrella que representa mucho más que un nuevo título: simboliza su regreso al Olimpo del futbol.
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El éxito no fue producto de la casualidad. La Roja volvió a encontrar su estilo y llegó a Norteamérica como vigente campeona de Europa y con la etiqueta de favorita, respaldada por un proyecto que había recuperado protagonismo en los últimos años de la mano de Luis de la Fuente.

Sin embargo, el camino hacia la gloria no comenzó de la mejor manera. El empate en su debut frente a Cabo Verde, que terminaría siendo la sorpresa de United 2026, sembró dudas en el equipo y les recordó que en el Mundial ninguna selección regala algo.
Lejos de tambalearse, la Roja ajustó piezas, recuperó confianza y cerró la fase de grupos con autoridad venciendo a Arabia Saudita en Atlanta y luego a Uruguay en Guadalajara, para instalarse en la ronda de eliminación directa como líder del H.

De menos a más
A partir de ahí fue creciendo partido a partido: le ganó con solvencia a Austria en los dieciseisavos de final, dejó en el camino a Portugal en el último baile de Cristiano Ronaldo en los octavos y confirmó su condición de aspirante al eliminar a Bélgica en cuartos y anular a la Francia de Mbappé en las semis.
La final ante la Argentina de Lionel Messi coronó un proyecto construido con paciencia y convicción. En el escenario de mayor exigencia, el cuadro español volvió a demostrar que el trabajo colectivo sigue siendo su principal fortaleza.

El tanto de Ferran Torres en el tiempo extra (106), héroe inesperado pues no había anotado en el torneo, desató una celebración esperada durante 16 años, cuando Andrés Iniesta también marcó en la prórroga (116) para hacerlos campeones.
La segunda estrella coloca nuevamente a España entre las grandes selecciones de la historia y abre un nuevo capítulo para una generación llamada a dejar huella.



