El futbol dejó de ser una postal lejana para los canadienses. Tras generaciones soñando con ver la máxima competición en casa, la espera terminó este viernes en el Toronto Stadium.
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Con el pitazo inicial del Canadá-Bosnia, las calles de la ciudad vibraron con una energía inédita: el país ya no observa la fiesta desde afuera, ahora es el anfitrión.

El torneo se despliega entre dos sedes clave. Toronto, con un BMO Field transformado y ampliado, marca el pulso financiero y cultural, mientras que Vancouver aporta el sello distintivo del BC Place, un coloso que une la pasión del juego con la majestuosidad de sus montañas.

Fuera de la cancha, el Mundial es una celebración de identidad. Familias de todo el país y comunidades de origen diverso se han volcado a las gradas para vivir una catarsis colectiva.

Para muchos, el simple hecho de caminar hacia el estadio y formar parte de este escaparate global supera cualquier resultado; ser parte del evento es, en sí mismo, la victoria que tanto esperaron.

Canadá se inscribe ahora en la historia como una de las sedes más septentrionales del planeta. Ya no importa la distancia ni la espera de décadas; la Copa del Mundo llegó para transformar el día a día nacional. Con 13 partidos por delante, el país ha dejado de ser espectador para convertirse, finalmente, en protagonista del mayor escenario del futbol mundial.



