En la ciudad de Filadelfia había que visitar sí o sí el monumento de Rocky Balboa, el protagonista de una de las sagas de películas más famosas en todo el mundo.
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El actor Sylvester Stallone encarnó al personaje en seis películas, desde 1976 a 2006. En todas cautivó a los espectadores con su papel de boxeador sufrido, que se preparaba en condiciones adversas y que en todos sus combates luchó desde atrás y se levantó de la lona para vencer con dramatismo a sus oponentes.

Una de las escenas más épicas es cuando Rocky corre precisamente en la ciudad de Filadelfia, desafiando el cansancio y el frío. Avanza por la ancha avenida de Benjamin Franklin Parkway, hasta llegar al Museo de Arte, que para alcanzar su cima, primero hay que subir 60 gradas.
Lo consiguió con expresión de coraje y, al llegar a su objetivo, saltó y elevó los brazos en señal de victoria. ¡Emocionante! Pues lo mismo hicimos nosotros, junto a miles de turistas, que estuvimos en la ciudad en la que Brasil goleó a Haití.
Había que respetar la cola para llegar al monumento de Rocky, y ahí, nos acordamos de Léster Martínez, nuestro boxeador guatemalteco que no se cansa de representarnos con mucha gallardía arriba del cuadrilátero, dando y recibiendo golpes.

Nos sentimos Rocky, nos sentimos Léster, nos sentimos vivos... porque después de imitar esa corrida (en menos segundos que el actor y que lo haría el petenero), levantamos los brazos para decir: Gracias, gracias por esta experiencia mundial, con el corazón latiendo a tambor batiente.



