Arrancó lo bueno del Mundial, dicen muchos, aunque nosotros nos lo hemos gozado desde el día uno. Sin embargo, es verdad que la intensidad y la presión de los partidos cambió. Se juega a todo o nada, pues un error puede mandarte a casa.
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La demanda de lugares en los estadios también crece y no solo de aficionados, sino también de periodistas. Los espacios privilegiados que lucimos en las primeras jornadas empiezan a quedar atrás. Acá le dan prioridad a los comunicadores de las naciones que están jugando, a los anfitriones y también a las agencias internacionales.
Así que la experiencia del triunfo brasileño 2-1 sobre Japón, la vivimos en la tribuna de medios, que es prácticamente compartida con los aficionados. En las mismas butacas, sentados a centímetros.
Nos tocó vibrar con los apasionados "torcedores", como son conocidos en todo el mundo. Futboleros hasta la entraña, gritan, se lamentan, cantan, se ponen las manos en el rostro, sufren, piden cambios al entrenador, imploran por ayuda divina y celebran los goles con el alma.

Buena experiencia
En algunos pasajes fue tan cómodo estar entre los fanáticos, pero estamos aquí y eso ya es un privilegio. Y como nos gusta contar historias, observamos el juego y también la reacción de los brasileños.
Tuvimos que hacer varias veces la "ola" y no porque el estadio completo lo hiciera, sino porque había que levantarse cada cierto tiempo cuando alguien, en pleno juego, nos pedía permiso para ir al baño, ir por comida o por bebida. Pero todo bien.
Quizá la mejor parte fue vibrar, literal, con los aficionados. Recibir un fuerte abrazo de un desconocido que quiso compartir su alegría con el 2-1 agónico.

Ahí está la esencia, en los apasionados, los que juegan su partido con el corazón en los graderíos y se emocionan hasta las lágrimas. Nos contagiaron y gracias por eso.



