El Mundial es el Mundial y cada partido tiene lo suyo. Este viernes nos tocó ver la clasificación de los apasionados egipcios y la tristeza australiana.
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Partido no con los focos del de otras selecciones, pero que tuvo estadio casi lleno (66 mil personas), en Dallas.
La gente se goza el día que juegan los suyos; llegan a los alrededores del recinto al menos cuatro horas antes. Los africanos, bastante más animados, cantan, bailan y hacen sonar los tambores.

Mientras tanto, los australianos más llamativos tenían o la cara pintada o canguros inflables. Pero toda armonía entre ambas fanaticadas.
En la cancha, parejo, uno pegó primero y el otro respondió. Los dos goles, de cabeza, algo que le preguntaron el día anterior al estratega egipcio Hossam Hassan, y que le restó importancia.
Gusto aparte, ver jugar a Mohamed Salah, la estrella del Liverpool, que no estaba pleno, se notaba, pero aun así demuestra su clase porque parece pensar un segundo antes de ejecutar. Resuelve todo con un toque.

Tras los 120 minutos, más las reposiciones, llegaron los penales. Australia falló dos veces y Egipto fue certero, incluido un remate a lo "Panenka" del propio Mo, que lo celebró con sonrisa socarrona.
En la sala de prensa desde donde presenciamos el duelo, unos celebraron, casi como que fueran aficionados, y otros se quedaron en silencio. Mientras se oía de fondo música árabe que tenía de pie a los ganadores de la jornada.



