Todos los años, el mandatario estadounidense atraviesa las calles que separan la Casa Blanca del Capitolio y se presenta ante legisladores, su gabinete, prensa e invitados especiales, para pronunciar el discurso del Estado de la Unión. El equivalente a nuestros Informes de Gobierno, sin cambios de sede, harinazos ni megáfonos. Republicanos y demócratas podrán estar sacándose los ojos en materia política, pero mientras el presidente pronuncia su discurso, solo gestos y movimientos denotan inconformidad (no aplaudir, no levantarse de su silla o simplemente, hacer mohines, como John Boehner.
Ayer, por sexta vez, Barack Obama cumplió con esta cita. Lo hizo con la mirada puesta en los libros de Historia, según varios analistas. Se concentró en temas que pueden llegar a integrarse a su legado, como la reforma sanitaria, por ejemplo. Dijo: “Creamos protecciones para los trabajadores, el Seguro Social, Medicare y Medicaid, para protegernos de la peor adversidad.”. O enfocándose en la recuperación económica, al pedir apoyo para contribuir a mejorar las condiciones de la clase media: “Si realmente creen que ustedes serían capaces de trabajar a tiempo completo y mantener una familia con un sueldo anual inferior a US$15 mil, inténtenlo. Si no, voten para darles a millones de las personas más trabajadoras en Estados Unidos un aumento”, le manifestó a los legisladores.
A pesar de que su partido sufrió una terrible derrota en las elecciones de noviembre, y perdió tanto el control de la Cámara Baja como del Senado, Obama lució confiado, seguro de sí mismo, dueño del escenario. En dos platos, firme. “Este Congreso aún tiene que aprobar una ley que garantice que la mujer reciba el mismo salario que el hombre cuando hace el mismo trabajo. En serio. Es el año 2015”. No pidió favores ni extendió la mano para hacer concesiones. Todo lo contrario. Y la Casa Blanca está consciente de ello, pues como dijo Dan Pffeifer, un asesor, a The Washington Post, "en el tiempo que resta de este período no nos limitaremos a lo que apruebe el Congreso, porque serían dos años muy aburridos”.
Sin embargo, la alianza con los republicanos es vital para los temas que más interesan a los guatemaltecos: la reforma migratoria, en primera instancia, y en un segundo plano, pero no menos importante, la reducción de emisión de gases de efecto invernadero. No hay que olvidar que el nuestro es uno de los 10 países más vulnerables al cambio climático.

Según el análisis posterior al discurso hecho por The New York Times, muchas de las propuestas lanzadas tienen poca o ninguna posibilidad de ser tomadas en serio por los republicanos, como elevar los impuestos a los más ricos u ofrecer dos años de educación gratuita para quienes se inscriban en universidades comunitarias y un bono adicional de US$2 mil 500 para ayudarlos a pagar los costos del resto de la educación.
Pero como Obama les recordó a sus opositores, no tiene mucho que perder. La frase más evocada y comentada, la tuiteada más veces, hace referencia a su carrera política. “Ya no tengo que realizar ninguna campaña” dijo. Y luego de ser interrumpido por aplausos de muchos republicanos, prosiguió: “Lo sé porque gané ambas”. Un final de película, sin duda. De la suya. Porque para los casi dos millones de guatemaltecos que viven en Estados Unidos sin documentos, ese final de película sería que las medidas ejecutivas no solo se mantengan, sino que se traduzcan en una reforma migratoria integral. Eso no solo sería un final feliz. También, a su modo, sería el principio de muchas cosas.




