El avistamiento de las ballenas en Guatemala se da entre los meses de marzo y abril.
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Bajo el azul profundo de los 402 kilómetros de litoral que abrazan a Guatemala, se observa cada año uno de los espectáculos más imponentes de la naturaleza.
Entre el Pacífico y el Atlántico, el país no solo es un puente de tierra, sino una autopista marítima vital para la supervivencia de las ballenas jorobadas (Megaptera novaeangliae).
El Consejo Nacional de Áreas Protegidas (Conap) ha puesto en relieve la importancia de esta zona costero-marina, que se convierte de enero a junio en un santuario de reproducción y crianza.

Si bien, el avistamiento es posible durante todo el semestre, los meses de marzo y abril marcan el clímax de esta migración, ofreciendo la mayor probabilidad de presenciar los monumentales saltos de estos cetáceos.
El ecosistema nacional no solo hospeda a la jorobada. En un domingo de suerte, el observador puede encontrarse con el delfín tornillo, el manchado tropical o incluso la majestuosa orca; reafirmando la biodiversidad privilegiada de nuestras aguas.

El "oro azul"
La observación de ballenas no es solo un deleite visual; es una industria global de $1,000 millones de dólares.
Para Guatemala, representa una oportunidad de reconversión económica para las comunidades pesqueras, ofreciendo una alternativa sostenible que genera ingresos sin extraer recursos del mar.
"Es una actividad compatible con las labores tradicionales de las comunidades costeras, como la pesca y los tours en manglares", señala el Conap.

Las leyes del océano
Para proteger este patrimonio, ha entrado en vigor un estricto reglamento que dicta la etiqueta de convivencia entre humanos y cetáceos.
Destaca la distancia, ya que las embarcaciones deben mantener un radio de espera de 100 metros. El acercamiento debe ser lateral o trasero, con una velocidad máxima de 9 km/h (5 nodos).
Para evitar el estrés de la fauna, los grupos tienen un límite de 25 minutos de observación. Guatemala se consolida así no solo como un destino de cultura y arqueología, sino como un guardián del océano.





