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Una madre a tiempo completo

  • Por Soy502
09 de mayo de 2014, 12:37
Doña Ana, la mamá de Armando. La mejor maestra, la mejor costurera, la mejor cocinera...simplemente, la mejor. (Foto: Archivo Armando Quiacaín).

Doña Ana, la mamá de Armando. La mejor maestra, la mejor costurera, la mejor cocinera...simplemente, la mejor. (Foto: Archivo Armando Quiacaín).

Casi no hay un solo día en que no te vea ni te hable, ni cuando salgo de viaje por varios días, porque aún así me llamas y yo siempre espero tu llamada como un pequeño niño.  Que feliz me siento al vivir a sólo 1,350 pasos de ti, porque así puedo seguir visitándote todos los días y todas las noches.  ¿Será que puedo vivir sin tí? No lo sé ni me lo quiero imaginar.  Solo quiero seguir disfrutándote cada momento de mi vida. Te amo. Te adoro. Te necesito.

Recuerdo todas las maravillas que has hecho por mí, mis hermanos y tus nietos.  Mi cabeza me manda ahora mismo cientos de miles de imágenes tuyas. Recuerdo cuando casi enloqueces por mi hermanito que murió en tus brazos a media noche camino a la casa del único médico que había en ese entonces. Ya no maldices ese camino pero veo que tus labios tiemblan aún cuando nos cuentas la historia. Todos los días nos cuentas tus mejores momentos con mi padre que hace ya casi 16 años murió, pero hablas de él como si en cualquier rato pudiera regresar o tú ir a su encuentro. La vida te ha dado muy duro pero sigues tan sonriente entre nosotros.

Con tu maquinita de coser nos diste de comer. Eras la costurera más famosa del pueblo: bultos y bultos de blusas de mujeres que terminar en los días festivos como semana santa, la feria en junio, en navidad y año nuevo.
Armando Quiacaín
, sociolingüista

Les he contado a mis hijos no sé cuántas veces lo de tu maestría para enseñar números.  El profesor nos pidió que escribiéramos los números del 1 al 10, eso fue en primero primaria y yo tenía 6 años. Me escapé de la escuela para preguntarte qué era eso. Tú me enseñaste en menos de 5 minutos la fórmula de repetir los números hasta llegar a 100. Y recuerdo cuando una vez me ayudaste a dibujar un quetzal en una hoja de cartulina. Aún nos hace reír mucho porque no quedó espacio para la cola del ave nacional, se miraba como un colibrí.  Me enseñaste a leer, dibujar, contar y tú apenas fuiste a la escuela.  ¿Sabes una cosa?  Es por ti que me gustan los números.

Con tu maquinita de coser nos diste de comer.  Eras la costurera más famosa del pueblo: bultos y bultos de blusas de mujeres que terminar en los días festivos como semana santa, la feria en junio, en navidad y año nuevo.  Mientras la gente salía a pasear y a divertirse, tú movías la rueda y el pedal de tu máquina a velocidad de jet hasta el amanecer.  No querías fallarle a ninguna de tus clientes.  Entregabas a tiempo hasta la última blusa con el estilo encargado. Con eso me compraste mi primer triciclo de metal, mi pequeña silla que la llevaba conmigo a todos lados.  Con eso me di diste para mis refacciones mientras yo estudiaba para graduarme de maestro.   Gracias.

Eres mi cocinera favorita.  De pequeño nunca me faltó aquella incaparina oscura, que siempre me la dabas con pan de Santa Clara puntualmente a las 6 de la mañana.  Qué decir de tus sopas con fideos maripositas, o de las costillas de cerdo, o del frijol blanco con pata de cerdo.  Y querías que yo siempre fuera saludable, por eso me obligabas a comer hierbas y verduras. Y hasta la fecha me sigues llamando a mi teléfono para pasar a comer contigo o a tomar arroz en leche, ponche de frutas o atol blanco. Que tremenda fiesta armamos cuando comemos juntos.  Hablamos de todo, desde las travesuras de la abuelita, pasando por cosas que no te gustan de la religión, de tus programas de Discovery Channel, de la secuencia de tu telenovela y la mía, de los cremas y rojos, del Madrid y el Barça y hasta de política internacional, como si fuésemos expertos. Eres mi gran amiga, pero sobre todo eres mi madre, mi súper madre.  Qué suerte haberte tenido doña Ana.

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