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Una batalla tras otra: Paul Thomas Anderson y el arte de filmar el conflicto humano

  • Con información de Erick Espino / Colaborador
23 de febrero de 2026, 10:58
En una batalla tras otra, Leonardo DiCaprio encarna a Bob Ferguson. 

En una batalla tras otra, Leonardo DiCaprio encarna a Bob Ferguson. 

Una batalla tras otra, la película de Paul Thomas Anderson, se consolidó como favorita en el camino de los premios al llevarse seis de las catorce nominaciones en los BAFTA, incluidos los de mejor película y dirección. 

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El filme explora la confrontación ideológica y emocional entre personajes marcados por el poder, la ambición y la necesidad de imponerse al otro, consolidando una vez más la voz autoral de uno de los cineastas más influyentes del cine contemporáneo.

Confrontación como lenguaje cinematográfico

Vivir la vida en fuga es una sensación ajena para la mayoría de nosotros, una experiencia que solo podría sentirse a través de una gran película. Hablar de Una batalla tras otra implica, antes que nada, hablar de Paul Thomas Anderson, uno de los autores más influyentes del cine contemporáneo y, para muchos, el mejor director de la última década.

A lo largo de su filmografía, Anderson ha construido una obra donde el conflicto —interno, social, moral o familiar— no es un elemento narrativo más, sino el verdadero motor de sus historias. Esta nueva película se inscribe con claridad en esa tradición autoral.

Desde Boogie Nights (1997), donde retrató el ascenso y caída de una familia disfuncional dentro de la industria pornográfica, hasta There Will Be Blood (2007), una disección brutal del capitalismo salvaje, la ambición y la soledad, Paul Thomas Anderson ha demostrado una obsesión constante: observar cómo sus personajes chocan entre sí y consigo mismos, una y otra vez, sin posibilidad de tregua.

Filma personajes, no tramas

A diferencia de otros cineastas contemporáneos, Paul Thomas Anderson nunca ha privilegiado la historia por encima de los personajes. Películas como Magnolia (1999), señalada por la crítica como su obra maestra, incluyen escenas delirantes y memorables. La secuencia musical de "Wise Up", de Aimee Mann, donde el elenco canta al unísono sin romper la cuarta pared, es quizá el mejor ejemplo: una escena orgánica que traslada el sentimiento fuera de la pantalla sin convertir la película en un musical.

En Punch-Drunk Love (2002), el director reafirma su interés por las emociones desbordadas, los silencios incómodos y las relaciones fracturadas. Allí también consigue que Adam Sandler entregue una de las actuaciones más sorprendentes de su carrera.

En Una batalla tras otra, ese enfoque vuelve a hacerse evidente. La película se siente como una extensión del cine más maduro del director, consolidado con The Master (2012), donde el enfrentamiento entre carisma, fe y manipulación dio lugar a uno de los duelos actorales más recordados del siglo XXI entre Joaquin Phoenix y Philip Seymour Hoffman. Aquí, la confrontación no es solo física o verbal: es ideológica, emocional y profundamente humana.

Dirección y puesta en escena

La cámara no se limita a registrar acciones: acompaña sin juzgar, presiona y, en ocasiones, confronta a los personajes. Los planos largos, el uso expresivo del sonido y la ausencia de subrayados innecesarios refuerzan la sensación de que cada escena es una arena de combate emocional.

Actuaciones

La actuación de Leonardo DiCaprio se distancia de los registros explosivos que marcaron otras etapas de su carrera. Aquí apuesta por la contención, construyendo un personaje atravesado por el desgaste emocional y la contradicción interna. Su interpretación no busca simpatía inmediata; se apoya en la incomodidad y en una fractura constante.

Frente a él, Sean Penn aporta una actuación de gran densidad dramática. Con una carrera marcada por interpretaciones intensas en Mystic River y Milk —por la que obtuvo el Oscar—, encarna aquí a un personaje que fácilmente podría caer en la caricatura, pero que se sostiene en una tensión contenida y permanente.

Lo que funciona y lo que no tanto

Fortalezas

  • Actuaciones de alto nivel, sostenidas en la contención y el conflicto.
  • Dirección precisa, sin concesiones al espectáculo fácil.
  • Coherencia temática con la filmografía del director.
  • Escenas de confrontación cargadas de tensión dramática.

Aspectos discutibles

  • Ritmo exigente, que puede resultar distante para algunos espectadores.
  • Ausencia de resoluciones claras o catárticas.
  • Narrativa que privilegia el clima emocional por encima de la trama convencional.

Veredicto

Una batalla tras otra confirma a Paul Thomas Anderson como uno de los pocos cineastas contemporáneos capaces de sostener una voz autoral clara y reconocible. La película encuentra su fuerza en las actuaciones de Leonardo DiCaprio y Sean Penn, dos intérpretes que entienden el cine de Anderson como un espacio de confrontación más que de lucimiento individual.
No es una obra diseñada para el consenso ni para el consumo rápido. Es una película que incomoda, que exige y que permanece. Y justamente por eso, se integra con naturalidad a una de las filmografías más coherentes y desafiantes del cine moderno.

Una batalla tras otra no propone héroes ni derrotas definitivas. Lo que muestra es una forma de existencia marcada por el conflicto continuo, donde los personajes parecen condenados a vivir la vida en fuga, no siempre de un enemigo externo, sino de sí mismos, de sus decisiones pasadas y de las consecuencias que nunca terminan de alcanzarlos del todo.

 Chase Infiniti es Willa Ferguson.
Chase Infiniti es Willa Ferguson.

Paul Thomas Anderson vuelve a insistir en una idea que atraviesa gran parte de su filmografía: el enfrentamiento no es un episodio aislado, sino un estado permanente. Aquí, la huida no implica movimiento físico constante, sino una resistencia interna a detenerse, a mirar de frente aquello que se ha construido —o destruido— a lo largo del camino. Los personajes avanzan, retroceden, se enfrentan y se repliegan, pero nunca encuentran reposo.

En ese sentido, la película dialoga con una inquietud profundamente contemporánea: la imposibilidad de escapar del propio conflicto en un mundo que exige seguir adelante sin pausa. Una batalla tras otra no ofrece consuelo ni cierre tranquilizador. Deja, en cambio, una sensación persistente: la de haber asistido a un combate que no termina cuando caen los créditos, porque continúa en la conciencia del espectador.

Y es ahí donde la obra encuentra su mayor fuerza. No en la espectacularidad del enfrentamiento, sino en la pregunta que deja flotando: ¿qué ocurre cuando vivir se convierte, inevitablemente, en una forma de huida constante?

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