26/07/2021

La hermosa carta de una madre italiana a su hijo recién nacido

  • Por Soy502
24 de marzo de 2020, 18:16
El periódico italiano Corriere della Sera publica la carta que Lorenza Daduzzio le escribe a su bebé de cuatro meses, en medio de la pandemia de COVID-19. (Foto: Shutterstock)

El periódico italiano Corriere della Sera publica la carta que Lorenza Daduzzio le escribe a su bebé de cuatro meses, en medio de la pandemia de COVID-19. (Foto: Shutterstock)

El prestigioso periódico italiano Corriere della Sera ha abierto una sección para que los lectores puedan expresarse desde el confinamiento, mientras el país lucha contra la nueva neumonía que ha convertido a Italia en el epicentro europeo de la pandemia.

En esta sección, titulada "Nosotros Nos Quedamos En Casa" se publicó una hermosa carta de una madre italiana que le escribe a su hijo de cuatro meses, nacido al inicio de esta pandemia.

Hemos traducido las palabras de la autora, Lorenza Daduzzio, que describe así "el miedo al fin del mundo, las nuevas palabras y el adiós a lo superfluo". Las compartimos aquí:

"Querido piccolo mío,

 Algún día te contaré una historia que comenzó con el sol de finales de noviembre y la luz de tus ojos que calentó nuestros corazones. Una historia que en algún momento, como en las mejores películas, se desordenó para convertirse en surrealista, y luego volvió más bella y auténtica que antes. La historia del regreso a lo esencial.

En la última semana, todo lo que sabíamos sobre el mundo y la vida cotidiana ha cambiado a la velocidad de la luz. Como una gran explosión en reversa. Un universo que implosiona hasta convertirse en un punto minúsculo, una lombriz que se mira al ombligo.

Las malas noticias llegaron de lejos, de cientos de miles de kilómetros, y los oídos y las mentes permanecieron cerradas a ellas. La sombra amenazante de esos nubarrones comenzó a correr cada vez más rápido hacia el huerto de cada uno de nosotros.

Esta noche, mientras Giorgio leía que tal vez incluso los supermercados cerrarían a las seis, que las panaderías dejarían de vender dulces o pizzas, y mientras seguían llegando nuevas listas de víctimas de esta guerra universal en la televisión, pensé que lentamente esto se lo puede llevar todo.

Parece que estoy en una de esas películas donde los soldados malos están a punto de llegar para llevarte mientras estás escondido en el ático y tiemblas con cada ruido que escuchas cada vez más cerca. Temo que pronto puedan pedir que las fábricas cierren y que no haya más comida en las tiendas. Y dije, a boca de jarro: "¿crees que este es el fin del mundo?" Con una sonrisa petrificada y asombrada. Como si esas palabras no fueran mías. Como si yo tampoco quisiera creer lo que dije. "Piénsalo, ¿es el fin del mundo?"

Si no es el fin del mundo, si no morimos exterminados por la enfermedad o el hambre, seguirá siendo el fin del mundo como lo conocíamos antes.

Tal vez volveremos a la tierra, para hacer pan en casa, para cultivar esas muy pocas relaciones humanas reales, basadas en la confianza. Esa confianza en los demás, entendida como la confianza en quien respira a nuestro lado, que ahora estamos perdiendo día tras día, asustados de que cualquiera de nosotros pueda ser un portador asintomático de “positividad”. Positividad. Otra palabra, como corona, que nunca tendrá el mismo significado hermoso de antes. Ahora habrá que llamarla optimismo. Esperanza. O tal vez inconsciencia.

Echo de menos la ligereza despreocupada de una carrera junto al mar. Y sobre todo extraño los abrazos. Darlos desde el inicio a los que amo, recibirlos y pedirlos descaradamente. Extraño la humanidad. 

No me importa no salir de casa. Echo de menos no poder abrazar a los míos  o permanecer acurrucada sobre las piernas de mi pareja como durante el embarazo. Me entristece quitarle a mi hijo de tres meses el derecho a jugar sin preocupaciones en los brazos de sus abuelos. Me aterra pensar en mi padre y mi hermano, médicos que combaten valientemente en las trincheras, sin dispositivos de protección. Traté de comprarlos en línea para ayudarlos, pero no vienen. No vienen ¡joder!.

Cuando termine la tormenta, nos habremos despojado de toda esa superfluidad cotidiana que vestíamos hasta el mes pasado. Nos abrazaremos desnudos en nuestra fragilidad, llevando solo el asombro agradecido por un nuevo día que ilumina nuestra cara, por la sonrisa de un hijo que recién despierta, la caricia de un hombre que cuida a su familia con coraje".

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