Ismael Pinzón, atleta originario de Tecpán Guatemala, enfrentó una de las ultramaratones más duras del mundo al recorrer 160 kilómetros en el desierto de Marruecos, demostrando resistencia mental y física en condiciones extremas de frío y soledad.
LEE TAMBIÉN: El legado inmortal de Efraín Recinos en el arte y la arquitectura nacional
El desierto no perdona. No hay sombras, no hay árboles, no hay ruido. Solo arena, frío, silencio... y la mente. Ahí, en medio de esa inmensidad hostil, Ismael Antonio Pinzón Santizo entendió que su historia no se mide en kilómetros, sino en resistencia, sacrificio y corazón.
Hace diez años, Isma dio un giro definitivo a su vida. Dejó atrás los zapatos de futbol, los balones que marcaron su infancia y juventud, incluso la bicicleta que lo ayudó a sanar una lesión que lo sacó de las canchas. Sin saberlo, estaba por empezar un camino mucho más largo, uno que lo llevaría a cruzar montañas, países y desiertos.

Orígenes
Como muchos, creció jugando futbol. A los 17 años se integró a equipos de papifutbol, hasta que una lesión lo obligó a detenerse.
La bicicleta apareció como refugio y terapia, y más adelante, casi por casualidad, el atletismo. A los 27 años comenzó a correr en carreras de barrio, sin imaginar que ese primer impulso se convertiría en una pasión de vida.

En 2016 enfrentó su primera ultramaratón: 77 kilómetros que cambiaron su forma de ver el deporte... y la vida.
Desde entonces, ha participado en alrededor de 50 competencias, representando a Tecpán Guatemala en escenarios nacionales e internacionales.
El Salvador, México, Colombia, Argentina y España fueron testigos de su crecimiento, pero Marruecos marcaría su alma.
Sol y arena
En el desierto marroquí, Ismael enfrentó el reto más grande de su carrera: 160 kilómetros bajo condiciones extremas. La competencia empezó a las 8:30 de la mañana para terminar 25 horas y 20 minutos después: todo un día corriendo contra el cansancio, el dolor y los pensamientos.
"Fueron horas de soledad absoluta", recuerda. "No había nada más que arena, algunos competidores y el silencio".

Al caer la noche, la prueba se volvió aún más cruel: visibilidad casi nula, temperaturas de hasta 6 grados y un frío que calaba hasta los huesos. Sin árboles, sin referencias, sin más compañía que la propia respiración. Aun así, siguió adelante. Paso a paso. Kilómetro a kilómetro.
"La arena estaba en todos lados, adelante, atrás y a los lados. Apenas pude ver un par de camellos y unas cabras", contó con una sonrisa serena, de esas que solo nacen después de haber vencido al miedo.

El esfuerzo tuvo recompensa. Ismael llegó en quinto lugar en la categoría masculina y sexto en la clasificación general, un logro enorme en una de las ultramaratones más exigentes del mundo.
Para él, las ultramaratones no son solo carreras que superan los 42 kilómetros de un maratón tradicional. Son batallas mentales. Pruebas que se corren en montaña, desiertos y terrenos extremos, donde el cuerpo se rinde primero y la mente decide si se continúa o se abandona.
"Hay momentos en los que el cuerpo ya no da", confiesa. "Pero es la fuerza mental la que me empuja a seguir".

Para llegar a la meta, Ismael entrena entre 10 y 15 horas, preparando músculos, pulmones y, sobre todo, la cabeza.
Hoy, a diez años de aquella primera ultramaratón, Ismael Pinzón sigue corriendo. No solo por competir, sino por demostrar que los límites se rompen cuando el corazón decide no detenerse.
En cada paso lleva a Tecpán Guatemala y, en cada meta, deja claro que incluso en el desierto más duro la voluntad puede florecer.




